Crónica del encuentro con el P. Johnny Go, SJ. Jornada Pedagógica “El profesor debe ser un diseñador del aprendizaje” ACODESI 30 años.

Compartir:
Hay días en los que la labor de enseñar se parece a un camino que recorremos casi sin darnos cuenta: clases, evaluaciones, reuniones, listas de asistencia, planeaciones de la enseñanza... nos sobreabundan y nos hacen desviar la mirada de aquello a lo que nos hemos comprometido como fin. Sin embargo, también existen días distintos, días que nos detienen y nos obligan a mirar de nuevo aquello que orienta nuestra opción de vida como maestros. El pasado 7 de octubre fue uno de esos días. Nos reunimos 475 maestros de los colegios jesuitas de Bogotá —Santa Luisa, Mayor de San Bartolomé y San Bartolomé La Merced— en el coliseo Carlos Ortiz Restrepo, SJ, de La Merced, no para cumplir una agenda ni asistir a una capacitación más, nos encontramos como instituciones hermanas para preguntarnos juntos: ¿qué significa ser maestro en este tiempo? ¿qué sentido tiene diseñar aprendizajes y no solo enseñar contenidos? Desde el comienzo, el espacio tuvo algo de peregrinación educativa. Caminar hasta el coliseo del colegio, reconocernos entre colegas de otras instituciones, escuchar los saludos, orar juntos, sentir la fuerza simbólica de ACODESI celebrando 30 años... todo eso creó una atmósfera distin- ta. No estábamos solos en nuestra misión. Éramos cuerpo, red, comunidad educativa ignaciana. La presencia del padre Johnny Go, SJ, dio al encuentro un tono de profundidad y lucidez. No vino a ofrecernos respuestas rápidas ni recetas metodológicas: su invitación era clara y con- tundente: volver al origen de nuestro acto docente a través de tres verbos que podrían parecer sencillos, pero que contienen una exigencia espiritual y pedagógica enorme: definir, diseñar y perfeccionar. Definir, nos recordó, no es solo clarificar un objetivo de clase. Es un acto de discernimiento: ¿qué queremos provocar realmente en nuestros estudiantes? ¿se trata solo de desarrollar competencias?o de tocar la vida, abrir horizontes, formar conciencia? Definir es nombrar con honestidad lo que pretendemos despertar, y reconocer que, sin esa intención consciente, la educación se diluye en tareas sin alma. Luego habló de diseñar, y la palabra comenzó a resonar distinta en el recinto que nos acogía. Muchos de nosotros nos descubrimos pensando: ¿diseñamos o simplemente repetimos? El diseño del aprendizaje, en clave ignaciana, no es solo planificación técnica. Es imaginar experiencias que conmuevan, que provoquen preguntas, que abran espacio a la libertad interior. Diseñar es un acto creativo y, por eso, profundamente espiritual. Cada maestro, desde su aula, es un “peque- ño arquitecto de sentido”. Finalmente llegó el verbo que más atención despertó: perfeccionar. En un mundo educativo marcado por el cansancio, la sobrecarga y la exigencia constante, perfeccionar no significa exigir más sino buscar el magis con humildad. No se trata de ser impecables, sino de estar siempre abiertos a ajustar, revisar, escuchar, aprender de nuevo. El padre Johnny lo dijo con claridad: “El maestro ignaciano no se conforma con lo que funciona. Se pregunta qué puede servir mejor.” Hubo momentos de risa compartida, de conversación espontánea, de silencios profundos que invitan a tomar aire y pensar. Algunos comentaban durante las pausas o los momentos para compartir: “Nos hacía falta esto... reconocernos de nuevo en lo que somos: educadores que acompa- ñan procesos humanos.” ACODESI, más que una red, se sintió como una casa simbólica donde caben nuestras búsquedas, nuestras certezas y nuestras dudas. El encuentro no nos devolvió a las aulas con soluciones mágicas, pero sí con una certeza: definir, diseñar y perfeccionar no son solo verbos de la pedagogía ignaciana actual, sino un modo de vivir nuestra vocación. Quizás esa sea la mayor enseñanza del día: la educación, cuando es au- téntica, también es una forma de oración, un acto de ofrecer lo mejor de nosotros para que otros puedan desplegar lo mejor de sí. Al salir del coliseo, mientras muchos compartían el almuerzo o recorrían el campus, quedó una sensación serena y poderosa: seguimos llamados a aprender por refracción, es decir, a dejar que la luz de la experiencia nos atraviese, se descomponga en nuevos matices y vuelva a nosotros transformada. Tal vez eso es educar: dejar que el encuentro con los otros nos cambie. Como en todo camino ignaciano, lo vivido no termina en el evento, se convierte en materia de discernimiento. El Paradigma Pedagógico Ignaciano —Contexto, Experiencia, Reflexión, Acción y Evaluación— y la mirada del padre Johnny acompañó con toda su fuerza cada instante del encuentro. Hubo contexto al reconocer nuestras realidades escolares; hubo experiencia al escu- char y dialogar; hubo reflexión al preguntarnos con honestidad quiénes somos como educadores; hubo acción interior al renovar nuestra disposición a crear experiencias significativas; habrá evaluación, no solo en informes institucionales, sino en el examen personal de cada docente al volver a su aula. Lo más profundo fue comprender que la tradición ignaciana no es un legado estático, sino una tradición-creativa, siempre en búsqueda de nuevas formas de encarnar el espíritu del magis. Quizás por eso, al despedirnos, una oración silenciosa pareció compartirse entre todos, aun sin decirla en voz alta: Señor, enséñanos a seguir definiendo con claridad, diseñando con audacia y perfeccionando con amor aquello que entregamos cada día a nuestros estudiantes.