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Portada / Publicaciones / Varios / Renovación Ignaciana. 1980 - 1995

La espiritualidad ignaciana es esencialmente humanizadora. El padre maestro Ignacio concibe el proceso de santificación vinculado al proceso simultáneo de perfeccionamiento humano.
El P. Peter Hans Kolvenbach, hablando del humanismo cristiano y de la tradición de la educación jesuÃtica desde el siglo XVI, dice: "Esta forma de entender la relación De Dios con el mundo implica que fe en en Dios y afirmación de todo lo que es verdaderamente humano son inseparables una de otra (...) Fe y promoción de lo humano van de la mano.
El proceso de conversión - santificación y el proceso pedagógico van asà unidos.
El paradigma (camino) de la PedagogÃa Ignaciana es la estrategia que eligen los educadores y educandos.
Es una mediación entre los "sujetos" y el "mundo".
Es un instrumento para la mejor interpretación de la realidad y par a el cambio.
Es un proceso (psicosocial) que inspirado en la espiritualidad Ignaciana la encarna en nuestra pedagogÃa.
El Paradigma Pedagógico Ignaciano es un proceso, consciente y dinámico, que se realiza en cinco etapas, sucesivas y simultáneas, porque cada una de ellas se integra con las demás, de tal manera que se afectan e interactúan durante todo su desarrollo.
La aplicación de este proceso pedagógico no se refiere exclusivamente al proceso educativo a nivel del aula y de la relación educador - educando, es necesario aplicarlo también a todo el entorno institucional que lo soporta ya que, de lo contrario, podrÃa darse el peligro de contradecir institucionalmente lo que se pretende lograr. Toda la institución educa.
Las cinco etapas o pasos del Paradigma son:

El Paradigma Ignaciano.
Es poner el tema, el hecho y sus protagonistas en su realidad, en sus circunstancias.
La contextualización consiste en situar en su circunstancia al sujeto y aquel aspecto de la realidad que se quiere experimentar, conocer, apropiar y transformar. Precisamente, el punto de arranque para San Ignacio es situarse en la "vera historia" es decir, enfrentar la realidad. Tal contexto supone ver los condicionamientos sociales, económicos polÃticos y culturales, que pueden distorsionar la percepción y comprensión de la realidad, el dinamismo de la fe y la situación personal del individuo.
La contextualización puede hacerse en el sitio (in situ) o a distancia.
No cabe duda de que la mejor manera de contextualizar es hacerlo en el lugar, recomponiendo allà los hechos, viendo allà a los protagonistas y circunstanciando allà el tema.
Asà hacen los jueces cuando reconstruyen un accidente o un delito, presunto o real. Esto es lo que hizo San Ignacio cuando viajó a Tierra Santa, y allà en su lugar, contemplaba los hechos y las palabras de Jesús, observando hasta los más mÃnimos detalles, por ejemplo, cómo eran y en qué dirección dirección estaban las huellas de los pies de Jesús.
Pero no siempre ni todo se puede contextualizar en el mismo sitio donde se produjeron o producen los hechos, donde actuaron o actúan los protagonistas.
Por eso, San Ignacio propone y pide al ejercitarte la otra alternativa: contextualizar la distancia.
La distancia fÃsica, incluso el cambio de ambiente y lugar para hacer los Ejercicios (cuando estos no son en la vida diaria) no eximen al ejercitante de contextualizar. San Ignacio le pide como primer paso de la contemplación que haga "la composición de lugar" y en él ubique a los protagonistas, los hechos (lo que hace), sus palabras (lo que hablan), etcétera.
El maestro, si no lleva a los alumnos a los barrios marginales, a las fábricas, a las instituciones y lugares cuyos protagonistas y hechos nos interesan, puede hacerlo alternativamente en el aula.
La composición de lugar: la contextualización será, entonces un ejercicio intencional y consciente que dará realismo e iluminará el sentido original de los hechos, sus protagonistas y sus temas.
Se trata, por tanto, de un ejercicio en el que priman los lenguajes: activan la imaginación y la capacidad de reconstruir y visualizar el lugar, las circunstancias, donde se produjeron o producen los hechos y actuaron o actúan sus protagonistas.
Desde un principio la comunidad cristiana vivió este dinamismo de asumir e interpretar su propio contexto y sólo asà pudieron prestar su servicio. Este es el significado siempre nuevo de la encarnación: "y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". Asà el seguimiento de Jesús es histórico y ocurre en una situación concreta.
El contexto latinoamericano, en que la comunidad vive actualmente, puede describirse, por ejemplo, de la siguiente manera: Nuestras sociedades se enfrentan en la actualidad a un proceso pluriforme, complejo, antagónico, pluricultural y secularizante. Ante grupos humanos extraordinariamente ricos, millones de hombres padecen el hambre, la miseria, la violencia. A pesar de la búsqueda por salvaguardar el derecho y la paz, la vida se ve amenazada porque el hombre parece haberse convertido en el mayor depredador del hombre y del planeta.
También se constata, cada vez más, un fuerte despersonalización, en que el hombre ya no es él en sà mismo sino un número más de estas grandes sociedades. La Iglesia, por siglos centro de inspiración dominante, es actualmente mirada como una institución marginal cuya voz es una más entre otras y, por lo tanto, ya no es la única y la definitiva.
Ignacio visualizó un mundo semejante, pero su mirada a la realidad no lo llevó a la desesperanza, sino al descubrimiento de cómo Dios actúa en la historia de los hombres y de los pueblos. El proceso pedagógico de San Ignacio comienza por enfrentar la realidad, descubrir las causas del mal y de la injusticia y dejarse llevar por la fuerza del "EspÃritu de vida".
Asà también al nivel del individuo, Ignacio antes de empezar a acompañar a una persona en los Ejercicios Espirituales, se dio cuenta de lo importante que era para ella estar abierta a los movimientos del EspÃritu, si habÃa de obtener algún fruto del proceso que se disponÃa a iniciar. Basado en este conocimiento previo, Ignacio se formaba una idea sobre la aptitud del ejercitarte para comenzar la experiencia; sobre sà esa persona sacarÃa provecho de los Ejercicios completos o serÃa preferible una experiencia abreviada.
De la misma manera, la atención personal, que es una caracterÃstica distintiva de la educación jesuita, requiere que el profesor conozca la vida, los sentimientos, las inquietudes, los intereses de sus alumnos, conozca el contexto concreto en el que tiene lugar el enseñar y el aprender. Para esto último, el docente debe ser capaz de renacer los diferentes ritmos y los diversos estilos de sus diversos tipos de inteligencias. Debe ser capaz de clasificar los tipos de nociones propuestos en el programa de su materia o disciplina, sea por su grado de complejidad o abstracción, sea por su ubicación dentro de una determinada taxonomÃa, sea por su naturaleza en sÃ: nociones que pueden ser descubiertas por el alumno o reveladas o que se precisan a ser enseñadas por el docente. Ubicar el aprender el enseñar en su contexto también significa que el profesor atienda y aproveche las diferentes vÃas de acceso al aprendizaje: la sensación, la emoción, el sentimiento, la intuición y la razón. Con estos datos, el docente sabrá que experiencias diseñar para obtener un mayor provecho académico, tanto cuantitativo como cualitativo.
Al nivel de la institución es preciso contextualizarla de manera similar para llegar en un momento dado a descubrir, por un lado, las posibles influencias de los condicionamientos sociales en ella, en su estructuración, en los estilos de gestión y en el tipo y calidad de las relaciones interpersonales de todos los miembros de la comunidad educativa y, por otro lado, de qué manera la institución educativa incide o puede incidir en la realidad más social más amplia.
Aunque esta expresión es muy rica y en el uso común encierra múltiples significados?, dentro del Paradigma sume un sentido preciso que es necesario explicar.
Enfrentando el propio contexto, "La vera historia", San Ignacio invita a quien se ejercita (en nuestro caso, alumnos, profesores, la comunidad educativa toda) a que sienta internamente" lo que ve, mira, contempla. Esto lleva a experimentar, a sentir tristeza, verguenza, confusión ante el mal; gozo, impulso para entender dónde y por qué se experimenta eso; deseo de seguir adelante; anhelo de encontrar cómo salir de tal situación o cómo responder ante tanto bien recibido.
La experiencia, en el sentido que le damos en el Paradigma, es la apertura radical del sujeto a toda la realidad. Es toda forma de percepción tanto interna como externa. La experiencia es la noticia informe y previa, carente aún de cualquier significado que pueda emerger.
Deja de ser experiencia en el momento en que es entendida, cuando la persona se responde a la pregunta que le impulsa a sentir, a imaginar, a inquirir, a buscar. En este nivel del Paradigma, el sujeto está presente a sà mismo en cuanto mero receptor de datos, de sus propias operaciones sensibles y afectuosas.
En este nivel, la persona estrictamente hablando, no sabe de qué se trata lo que está sintiendo, percibiendo, registrando.
La experiencia es conditio sine qua non de todo conocimiento humano.
Los cauces de esta experiencia son los que comúnmente llamamos "sentidos": ver, oÃr, oler, gustar y tocar, ademas del propio sentir interno de sà mismo, surgido de esas mismas sensaciones externas, de la memoria, la imaginación, la afectividad.
Por lo tanto, la tarea educativa fundamental en este nivel de conciencia consiste en desarrollar en la persona, la capacidad de atender, de estar atento a percibir la realidad y los fenómenos que están ocurriendo.
3. REFLEXIONAR
Este tercer elemento del Paradigma es el que más propiamente recoge la actividad intelectual. Es el lugar en que se da la apropiación del mundo y y por ende su humanización.
En los Ejercicios, este paso se designa como "reflector". Con este ejercicio o paso se impulsa el preguntarse qué es lo que se ha vivido en la experiencia, cuál es su significado, qué relación tiene con cada una de las dimensiones de nuestra vida y de la propia situación.
La psicologÃa del pensamiento y/o de la inteligencia ofrece actualmente muchas teorÃas sobre la reflexión. El tema está cada dÃa más desarrollado y sigue siendo debatido e investigado.
La pedagogÃa, sirviéndose de la psicologÃa como ciencia auxiliar, ha incorporado ya algunas de ellas con diferentes resultados.
Siendo conscientes de ello y teniendo en cuenta que San Ignacio hace pasar al ejercicio por diversos modos y clases de reflexión, hemos decidido referirnos solamente a dos manifestaciones básicas de la reflexión ignaciana, para facilitar la comprensión del Paradigma y evitar entrar en debates de teorÃas y corrientes psicológicas.
Entre los procesos de reflexión, distinguimos dos operaciones fundamentales: entender y juzgar.
Entender es descubrir el significado de la experiencia. Es establecer las relaciones entre los datos vistos, oÃdos, tocados, olfateados, etc. Es el chispazo que ilumina lo que se presentaba en penumbras en la percepción sensible.
Entender es lo que permite al sujeto conceptualizar, formular hipótesis, conjeturas, elaborar teorÃas, definiciones, suposiciones.
Partiendo de la experiencia como requisito indispensable e impulsado por el dinamismo intencional de su conciencia, el sujeto accede a un nivel superior en el proceso del conocimiento: el de la intelección.
Entender es lo que permite al sujeto conceptualizar, formular hipótesis, conjeturas, elaborar teorÃas, definiciones, suposiciones.
Partiendo de la experiencia como requisito indispensable e impulsado por el dinamismo intencional de su conciencia, el sujeto accede aun nivel superior en el proceso del conocimiento: el de la intelección.
Entender es un punto de llegada para las preguntas que surgen dela experiencia, pero es un punto de partida para la reflexión que busca la verificación, la certificación, de que se ha entendido correctamente.
La persona entiende cuando puede responder a las preguntas: ¿Qué es esto? ¿Por qué es as�
La inteligencia humana le sale al paso activamente a todo contenido de la experiencia, con la perplejidad, la admiración, el Ãmpetu, la intención de descifrarlo, de codificarlo, de entenderlo.
Para tener un chispazo inteligente sobre qué es "entender", se tiene que estar dentro del proceso de aprender o, al menos, se tienen que actualizar en uno mismo procesos previos de aprender.
Entender el propio entender requiere: a) la autenticidad para reconocer que la persona está ante algo que no entiende; b) una atención cuidadosa a las ocasiones en que uno mismo ha entendido o no ha podido entender y; c) el uso repetido de experimentos personales en los que, al principio, uno está genuinamente intrigado y luego comprende.
La tarea educativa fundamental para utilizar este nivel de conciencia consiste en asumir los dinamismos de nuestro proceso intelectivo: se aprende a ser inteligente.
3.2. Juzgar (Verificar)
La segunda operación de la mente flexionar del Paradigma, es la de juzgar. Emitir un juicio es verificar la adecuación entre lo entendido y lo experimentado; entre la hipótesis formulada y los datos presentados por los sentidos.
Asà como la experiencia estimula el inquirir, y el inquirir es la inteligencia que se pone a sà misma en acto, el concepto en que se formula el significado estimula la reflexión que es la exigencia consciente de la racionalidad; ella ordena y sopesa proceso, ya sea para juzgar y completar el proceso, o para dudar y asà renovar el inquirir.
Mediante el juicio, la persona accede al ámbito de la verdad, de la objetividad, de la realidad. Un juicio verdadero ofrece a la verificación de los otros el contenido de lo que afirma o niega independientemente del sujeto en el que se gestó ese conocimiento.
Con el juicio se completa el proceso del conocer humano, porque no basta la combinación de las operaciones de los sentidos (experimentar) y del entender.
Por el juicio puede descubrirse y explicitarse la distinción entre el hecho y la ficción, la lógica y el sofisma; el juicio permite distinguir lo que aportan al conocimiento de la realidad, la filosofÃa y el mito, la historia y la leyenda, la quÃmica y la alquimia, la medicina profesional y la popular.
Con el juicio emerge un nivel de conciencia superior al del entender, el de la reflexión crÃtica.
El sujeto accede a él cuando puede responder a la pregunta, es realmente as� La respuesta, el juicio, se expresa en su forma más lacónica por la expresión: sà o no.
Sin embargo, el conocer humano no se puede poner en el juzgar excluyendo el experimentar y el entender. Hacer juicios independientemente de toda experiencias es hacer a un lado los hechos y olvidarse del contexto y de la realidad.
La formación crÃtica en la educación consiste, por tanto, en aprender a respetar las exigencias de la verificación: cuidar que se cumplan las condiciones para que una intelección pueda constituirse en realidad afirmada.
El proceso que vamos describiendo quedarÃa truncado si termina en el entendimiento, la verificación y el juicio crÃtico sobre la materia o experiencia estudiada. El aporte decisivo de la PedagogÃa Ignaciana consiste en desafiar a la persona a dar un paso más: asumir un postura personal frente la verdad descubierta, revelada o construida y actuar en coherencia con ella.
La acción es entendida como la manifestación operativa de una decisión libremente asumida para la transformación de la persona y de la realidad institucional y social en que vive.
Dentro del paradigma, esta definición de la acción, como su cuarta etapa, se operacionaliza en dos momentos:
Aunque el proceso del conocer humano, ingrediente substancial y constitutivo del paradigma ignaciano, quede cabalmente realizado con el juicio, el dinamismo de la conciencia no termina ahÃ. La afirmación o negación que constituye el juicio como expresión de la reflexión crÃtica, es el soporte de un ulterior nivel de conciencia: ante la verdad el sujeto se manifiesta, emerge, como persona responsable y libre. Se revela como una creación original.
Por el dinamismo de su propia intencionalidad consciente, la persona se siente impulsada a decidir, a definir la orientación de su vida, ejercer su libertad. Es aquà donde el ideal, la verdad amada, se percibe, se descubre, se explicita, se elige como valor.
Ignacianamente para decidir con rectitud se requiere deliberar, es decir, ponderar las razones en pro o en contra de cada una de las alternativas y los movimientos o mociones que se experimentan en cada una de ellas. Tras esta deliberación, quien se ejercita debe elegir y someter luego su elección a la confirmación. Las meditaciones de dos banderas (Ejercicios nn. 135 ss) y las reglas de elección en los diversos tiempos espirituales (nn. 169 ss) son la referencia necesaria para comprender la riqueza de este paso del Paradigma.
Libremente el sujeto hace de sà mismo lo que es él; nunca en esta vida estará terminada su obra, siempre se halla en proceso, siempre se trata de un logro precario, del que puede resbalarse, caer, despedazarse.
En este nivel, el dinamismo de la conciencia se manifiesta ya no por el deseo de conocer y de conocer correctamente, sino como el eros del espÃritu que abraza la realidad para transformarla porque la ama.
Este es el nivel de la decisión auténtica, objetivo (escojo) y fin de los ejercicios ignacianos.
Desde una perspectiva humana, el nivel de elección explicita los imperativos éticos de la persona, su dimensión axiológica.
Desde una perspectiva cristiana, nos encontramos ante la tarea de buscar y hallar la voluntad de Dios.
En ambos casos se trata de liberar nuestra libertad para elegir auténticamente; para el cristiano, es la vida en el EspÃritu. El discernimiento es la metodologÃa elaborada por Ignacio para realizar este proyecto.
Decidir es trascender la reflexión crÃtica, la verdad descubierta, por el bien amado, por el valor. Decidir es operativizar el auténtico ser del hombre: "ser para los demás""". Decidir es asumir la visión del mundo que resulta del experimentarnos amados por Dios-fe para transformar la realidad con criterios de justicia, hacia la implantación del Reino.
En este nivel, la tarea educativa fundamental es del desarrollo de la libertad de la responsabilidad.
Después, el sujeto pasa a la puesta en práctica de dicha elección discurriendo y procurando los medios, modos y tiempos que le permitan efectivamente actuar, asumiendo valores, actitudes y conductas consistentes y consecuentes con su elección ya que """el amor se muestra más en las obras que en las palabras".
Para eso, todas las experiencias de aprendizaje propuestas por la escuela, en la sala de clases o fuera de ella, deben ser diseñadas de tal modo que posibiliten, además del gusto por aprender activa y reflexivamente, canalizar las fuerzas motivacionales que surgen frente a la conquista del aprendizaje (la conquista de la verdad), elementos básicos que mueven al hombre hacia el compromiso y hacia la acción. Ignacianamente hablando, el compromiso y la acción deseada, libremente elegida por el individuo, deben estar orientados por el magis, el mayor servicio a Dios y a nuestros hermanos.
Por evaluación se entiende una revisión de la totalidad del proceso pedagógico seguido a lo largo de cada uno de los pasos del paradigma, para verificar y ponderar en qué medida se ha realizado fiel y eficientemente, y por otra parte en qué grado se han obtenido los objetivos perseguidos, en términos de cambio y transformación personal, institucional y social.
La evaluación, por lo tanto, toma en consideración necesariamente dos aspectos 1) Revisión de procesos y 2) Ponderación y pertinencia de resultados.
Revisar los procesos es volver a prestar atención y enfocar el pensamiento sobre los procesos mismos en los que se ha estado involucrado, asà como también sobre los contenidos manejados, actividades realizadas y los medios utilizados en cada uno de los pasos del paradigma, para constatar su idoneidad, su articulación y su eficiencia, para consecuentemente, reforzarlos, mejorarlos o cambiarlos.
Esta revisión de procesos puede y deberÃa darse de dos formas complementarias entre sÃ:
5.1.1. Una es la evaluación que se realiza al final de un proceso, unidad o sub unidad de trabajo, para ver retrospectivamente y ponderar la interrelación dinámica de procesos, contenidos, actividades en cada uno de los participantes en relación a la eficiencia y eficacia para conseguir los fines y buscar elementos que mejoren esos procesos.
5.1.2. Otra es esa misma evaluación realizada no en momentos terminales o cuasiterminales, sino diacrónicamente a lo largo de su desarrollo, con el fin de poder mejorarlo y readaptarlo a su mismo desenvolvimiento a las condiciones del sujeto. Esta evaluación formativa resume asà vario aspectos:
Además de la dinámica continua que tiene que promoverse en la revisión - evaluación de los procesos, es necesario también, periódicamente yen determinados momentos, hacer cortes para analizar lo que va quedando como pasado, ponderar los objetivos conseguidos en el perÃodo culmina. do y examinar la pertinencia de los resultados.
5.2.1. Ponderación de los objetivos conseguidos
Todo el proceso de la pedagogÃa ignaciana está orientado a conseguir determinados objetivos, concretados y manifestados de alguna manera en el documento de las caracterÃsticas. Por lo tanto, es importante examinar detenidamente si los procesos promueven y consiguen esos objetivos que, en último término, tienen que configurar a la persona comprometida en su fe con la justicia y el ser para los demás.
Además de confirmar la consecución de los objetivos, se han de analizar todos los elementos que han contribuido a ello, para detectar las causas y factores que lo han impedido o limitado, en caso de que no se hayan conseguido. En el caso de que todo parezca positivo, la evaluación reconfirmará y reforzará los procesos y elementos que más hayan contribuido a conseguir el fin; en el caso negativo, crea la ocasión de cambios para corregir todo lo que se vea necesario para tal efecto e introducir nuevos elementos encaminados a superar los resultados anteriores.
5.2.2. Pertinencia de los resultados
La evaluación tiene que analizar y examinar sà los objetivos conseguidos responden o están dentro de las orientaciones hacia los fines últimos que se pretenden. AsÃ, la pertinencia no hace referencia solamente a la posibilidad de haber conseguido o no los objetivos buscados, sino también puede cuestionar la validez de los mismos, teniendo como punto de referencia los fines últimos.
En una sociedad presionada por el dinamismo del constante cambio, el tiempo transcurrido entre la planificación y su realización puede darse tanto a nivel personal como a nivel institucional o social. Los cambios de contexto, por ejemplo, pueden afectar muy profundamente cualquier planificación, proceso o estrategia. Acciones y recursos que pueden ser útiles en un determinado contexto, puede no serlo en otro distinto.
Como se puede comprender, la evaluación cuestiona todas las etapas del paradigma; pero no se queda en el mero cuestionamiento. La evaluación examina los resultados del proceso, busca las causas y las posibles superaciones o remedios y, por lo tanto, reabre el camino para seguir avanzando.
Hoy en dÃa la tecnologÃa educativa ha dado valiosos aportes a los enfoques de la evaluación. Hay mucho que se pueda aprovechar, con tal de que se haga uso de ella con sentido crÃtico.
Indicadores de que el proceso y sus resultados van en lÃnea de lo que fundamenta y orienta la propia vida y de la institución educativa son, por ejemplo, la paz y la alegrÃa, la audacia y la creatividad, el aumento de la esperanza, el consenso con que toda la comunidad asume una decisión.
En los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, como en su pedagogÃa, todos aprenden: ejercitantes y director, alumnos y maestro.
Pero para que ese aprendizaje sea posible se le exigen ciertas condiciones a cada uno.
En primer lugar, se les piden actitudes fundamentales como:
El maestro debe partir de la realidad concreta de cada alumno (educación personalizada, Ignacio recomienda al director de Ejercicios Espirituales - anotaciones 6 a 10; 18, 19 y 20- que considere la situación en que al empezar se puede encontrar el ejercitante). Y en cada Caso debe plantear el proceso pedagógico según su realidad, según sus necesidades y según sus potencialidades (EE.EE., 76).
El educador ignaciano, inspirado en el modo como Dios mira y apuesta por los hombres (Meditación de la Encarnación), tiene fe en el hombre (Efecto Pygmalion) y sabe que, no obstante las limitaciones de cada alumna y alumno, todos podrán llegar a niveles progresivos de madurez y plenitud. Desde la fe en los alumnos y en su potencial de cambio ,se hace profesional de la esperanza.
El alumno es actor y sujeto de la educación. El maestro es facilitador y compañÃa que respeta el proceso de cada uno. La PedagogÃa Ignaciana es activa y participativa, Ignacio no da contenidos que el ejercitante tenga que aprender; el ejercitante aprende lo que descubre y experimenta en sus ejercicios. La PedagogÃa Ignaciana considera que la acción es constitutiva del conocimiento. En la espiritualidad ignaciana, los sujetos de la educación no son sólo el alumno y el maestro, son también sujetos todos los miembros de la comunidad.
La parte décima de las Constituciones aporta pautas inspiradoras para la pedagogÃa cuando describe cómo la comunidad asume la corresponsabilidad de la vida y el crecimiento de todos y el modo cómo el superior debe animarlos y gobernarlos.
El presupuesto fundamental de Ignacio, la convicción central de toda su vida y de su proyecto apostólico es que Dios actúa directamente en su criatura, en la persona; y que, por lo tanto, el ser humano es capaz de experimentar directamente en sà mismo la acción De Dios (Cfr. Rahner, K., Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuita de hoy y la anotación 14 de los EE.EE.i).
Desde esta convicción, los EE.EE., son un instrumento para propiciar, facilitar, conducir ese encuentro de la persona con Dios (Cfr. IbÃdem).
La educación para Ignacio es un instrumento apostólico en la medida que sirva para que el hombre se libere y se entregue a la acción del EspÃritu. No en el sentido de instrumento de manipulación con el que se somete a los educandos a un determinado proyecto de dominación.Es la experiencia de Dios, del Deus siempre mayor lo que da origen al magis como caracterÃstica de la espiritualidad ignaciana. Magis como la calidad de la respuesta de un hombre libre a un Dios que se descubre progresivamente como el que nos amó primero y se nos entrega cada vez más. No como criterio de competencia ni de exaltación personal entre compañeros.
Finalmente, la imitación, el seguimiento de Cristo en este proceso educativo, es vista como el proceso de liberación del mismo Jesús, en cuanto hombre y de su auténtico desarrollo humano (Cfr. CaracterÃsticas, Nos. 21,37,39).
Todo esquema tiene el riesgo de que al simplificar excesivamente la realidad y presentarla estática la distorsione y la prive de su riqueza existencial.
Sin embargo tiene la ventaja de ayudarnos a entender esa misma realidad, de ponernos en el camino de la apropiación de la misma e incluso de su dinamismo intrÃnseco.
Con este propósito se ofrecen las reflexiones siguientes sobre la ubicación y el papel que tiene el Paradigma en la redefinición que de su propio fin propone la CompañÃa de Jesús a partir de la C. General XXXII:el servicio de la fe y la promoción de la justicia que esta fe implica.
La fe, antes de plasmarse en contenidos, verdades afirmables y afirmadas, se presenta como un impulso en la persona.
Ese dinamismo se desencadena a partir de la experiencia religiosa fundamental: sentir internamente que somos amados por Dios. Esta es la gracia, el regalo de Dios a todo ser humano.
De esta experiencia, de esta forma inicial de enamoramiento resulta una determinada manera de ver, de contemplar el mundo, a la manera De Dios: "y vio Dios que todo era bueno". O como lo expresa el principio y fundamento: "y todas las otras cosas sobre el haz de la tierra para ayudarlo a conseguir su último fin".
La justicia como consecuencia de la fe, entendida asÃ, es la voluntad de transformar la realidad para que realmente sea lo que Dios quiere: para restituir a cada persona y a cada cosa lo que es propio suyo, su función salvÃfica, su condición de ser medio adecuado para que el hombre viva y viva en plenitud; vistas asà las cosas, se entiende por qué la justicia es el mÃnimo de caridad que puede ser exigido en las relaciones entre personas; menos que eso es pecado. Pero por encima de la justicia hay mucho más por construir.
Asà también adquiere su justa dimensión la forma en que Ignacio entiende el amor: está más en las obras que en las palabras.
Ahora bien, el nexo entre la fe, (experiencia De Dios que ama) y la justicia, mi respuesta a la pregunta ante el crucificado "qué debo hacer por Cristo"), pasa por una mediación que en palabras de Ignacio es el discernimiento espiritual. Es el quehacer de la persona que quiere vivir en el EspÃritu: el trabajo permanente de escudriñar en sus mociones (movimientos de los espÃritus) qué es lo que Dios quiere de él.
Es una tarea de reflexión en la fe para elegir la acción que más conduce a la justicia, a la implantación del Reino.

Sin tÃtulo.
Asà pues, sin querer reducir indebidamente el dinamismo de estos términos, podemos afirmar que, en el paradigma ignaciano, el lugar privilegia. do de la fe es el de la experiencia; el de la justicia es, por excelencia, la acción; y el lugar propio del discernimiento es la reflexión.
Entendemos por antropologÃa filosófica la reflexión seria y sistemática, conforme al método transcendental, sobre todo aquello que está implÃcito al hablar de persona humana, de ser humano, como estructuras constitutivas de su actuar en cuanto hombre. Y puesto que en la perspectiva ignaciana el foco de atención es el Hombre Cristo Jesús, de quien pedimos en cada meditación "conocimiento interno (...) para que más le ame y siga" (EE.EE., 104), la antropologÃa a que nos referimos aquà es una antropologÃa filosófica cristiana.
Conforme a esta antropologÃa, la formulación tradicional de la filosofÃa aristotélico-tomista del ser humano como animal racional se substituye por un nueva manera de entender al hombre, dinámica, sistemática y existencial.
El ser humano está constituido por un conjunto dinámico de operaciones intencionales y conscientes, estructurales en cuatro niveles: el de la experiencia, el de la intelección, el del juicio, y el de la decisión interrelacionados y recurrentes que producen resultados acumulativos y progresivos.
Esta concepción nos permite explicar y delimitar técnicamente los elementos centrales del paradigma ignaciano.
Desde la antropologÃa filosófica cristiana fundamental, podemos sustentar, en su cabal significado y en su sentido de trascendencia plena, la finalidad de la educación ignaciana. En paralelo con la formulación del propósito fundamental del fin de los ejercicios ("Ejercicios Espirituales para vencer a sà mismo y ordenar su vida sin determinarse por afección a alguna que desordenada sea"), expresamos la finalidad última de la educación ignaciana en su máxima sencillez: la educación ignaciana busca liberar a la persona de toda atadura (al tener, al poder, al saber, al honor, etc.) que coarte su auténtico ser-en-el-mundo, para que pueda expresar en el EspÃritu su propia palabra única e irrepetible como proyecto personal para el servicio de los otros.
En palabras de Pedro Arrupe: "Formar hombres y mujeres para los demás".
? Usamos la palabra "experiencia" para expresar sabidurÃa, familiaridad con un determinado campo de la vida, años de quehacer acumulado en un oficio; asà decimos: la experiencia es madre de la ciencia, la voz de la experiencia, a la luz de la experiencia, después de una larga experiencia, con 50 años de experiencia, etcétera.

La espiritualidad ignaciana es esencialmente humanizadora. El padre maestro Ignacio concibe el proceso de santificación vinculado al proceso simultáneo de perfeccionamiento humano.
El P. Peter Hans Kolvenbach, hablando del humanismo cristiano y de la tradición de la educación jesuÃtica desde el siglo XVI, dice: "Esta forma de entender la relación De Dios con el mundo implica que fe en en Dios y afirmación de todo lo que es verdaderamente humano son inseparables una de otra (...) Fe y promoción de lo humano van de la mano.
El proceso de conversión - santificación y el proceso pedagógico van asà unidos.
El paradigma (camino) de la PedagogÃa Ignaciana es la estrategia que eligen los educadores y educandos.
Es una mediación entre los "sujetos" y el "mundo".
Es un instrumento para la mejor interpretación de la realidad y par a el cambio.
Es un proceso (psicosocial) que inspirado en la espiritualidad Ignaciana la encarna en nuestra pedagogÃa.
El Paradigma Pedagógico Ignaciano es un proceso, consciente y dinámico, que se realiza en cinco etapas, sucesivas y simultáneas, porque cada una de ellas se integra con las demás, de tal manera que se afectan e interactúan durante todo su desarrollo.
La aplicación de este proceso pedagógico no se refiere exclusivamente al proceso educativo a nivel del aula y de la relación educador - educando, es necesario aplicarlo también a todo el entorno institucional que lo soporta ya que, de lo contrario, podrÃa darse el peligro de contradecir institucionalmente lo que se pretende lograr. Toda la institución educa.
Las cinco etapas o pasos del Paradigma son:

El Paradigma Ignaciano.
Es poner el tema, el hecho y sus protagonistas en su realidad, en sus circunstancias.
La contextualización consiste en situar en su circunstancia al sujeto y aquel aspecto de la realidad que se quiere experimentar, conocer, apropiar y transformar. Precisamente, el punto de arranque para San Ignacio es situarse en la "vera historia" es decir, enfrentar la realidad. Tal contexto supone ver los condicionamientos sociales, económicos polÃticos y culturales, que pueden distorsionar la percepción y comprensión de la realidad, el dinamismo de la fe y la situación personal del individuo.
La contextualización puede hacerse en el sitio (in situ) o a distancia.
No cabe duda de que la mejor manera de contextualizar es hacerlo en el lugar, recomponiendo allà los hechos, viendo allà a los protagonistas y circunstanciando allà el tema.
Asà hacen los jueces cuando reconstruyen un accidente o un delito, presunto o real. Esto es lo que hizo San Ignacio cuando viajó a Tierra Santa, y allà en su lugar, contemplaba los hechos y las palabras de Jesús, observando hasta los más mÃnimos detalles, por ejemplo, cómo eran y en qué dirección dirección estaban las huellas de los pies de Jesús.
Pero no siempre ni todo se puede contextualizar en el mismo sitio donde se produjeron o producen los hechos, donde actuaron o actúan los protagonistas.
Por eso, San Ignacio propone y pide al ejercitarte la otra alternativa: contextualizar la distancia.
La distancia fÃsica, incluso el cambio de ambiente y lugar para hacer los Ejercicios (cuando estos no son en la vida diaria) no eximen al ejercitante de contextualizar. San Ignacio le pide como primer paso de la contemplación que haga "la composición de lugar" y en él ubique a los protagonistas, los hechos (lo que hace), sus palabras (lo que hablan), etcétera.
El maestro, si no lleva a los alumnos a los barrios marginales, a las fábricas, a las instituciones y lugares cuyos protagonistas y hechos nos interesan, puede hacerlo alternativamente en el aula.
La composición de lugar: la contextualización será, entonces un ejercicio intencional y consciente que dará realismo e iluminará el sentido original de los hechos, sus protagonistas y sus temas.
Se trata, por tanto, de un ejercicio en el que priman los lenguajes: activan la imaginación y la capacidad de reconstruir y visualizar el lugar, las circunstancias, donde se produjeron o producen los hechos y actuaron o actúan sus protagonistas.
Desde un principio la comunidad cristiana vivió este dinamismo de asumir e interpretar su propio contexto y sólo asà pudieron prestar su servicio. Este es el significado siempre nuevo de la encarnación: "y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". Asà el seguimiento de Jesús es histórico y ocurre en una situación concreta.
El contexto latinoamericano, en que la comunidad vive actualmente, puede describirse, por ejemplo, de la siguiente manera: Nuestras sociedades se enfrentan en la actualidad a un proceso pluriforme, complejo, antagónico, pluricultural y secularizante. Ante grupos humanos extraordinariamente ricos, millones de hombres padecen el hambre, la miseria, la violencia. A pesar de la búsqueda por salvaguardar el derecho y la paz, la vida se ve amenazada porque el hombre parece haberse convertido en el mayor depredador del hombre y del planeta.
También se constata, cada vez más, un fuerte despersonalización, en que el hombre ya no es él en sà mismo sino un número más de estas grandes sociedades. La Iglesia, por siglos centro de inspiración dominante, es actualmente mirada como una institución marginal cuya voz es una más entre otras y, por lo tanto, ya no es la única y la definitiva.
Ignacio visualizó un mundo semejante, pero su mirada a la realidad no lo llevó a la desesperanza, sino al descubrimiento de cómo Dios actúa en la historia de los hombres y de los pueblos. El proceso pedagógico de San Ignacio comienza por enfrentar la realidad, descubrir las causas del mal y de la injusticia y dejarse llevar por la fuerza del "EspÃritu de vida".
Asà también al nivel del individuo, Ignacio antes de empezar a acompañar a una persona en los Ejercicios Espirituales, se dio cuenta de lo importante que era para ella estar abierta a los movimientos del EspÃritu, si habÃa de obtener algún fruto del proceso que se disponÃa a iniciar. Basado en este conocimiento previo, Ignacio se formaba una idea sobre la aptitud del ejercitarte para comenzar la experiencia; sobre sà esa persona sacarÃa provecho de los Ejercicios completos o serÃa preferible una experiencia abreviada.
De la misma manera, la atención personal, que es una caracterÃstica distintiva de la educación jesuita, requiere que el profesor conozca la vida, los sentimientos, las inquietudes, los intereses de sus alumnos, conozca el contexto concreto en el que tiene lugar el enseñar y el aprender. Para esto último, el docente debe ser capaz de renacer los diferentes ritmos y los diversos estilos de sus diversos tipos de inteligencias. Debe ser capaz de clasificar los tipos de nociones propuestos en el programa de su materia o disciplina, sea por su grado de complejidad o abstracción, sea por su ubicación dentro de una determinada taxonomÃa, sea por su naturaleza en sÃ: nociones que pueden ser descubiertas por el alumno o reveladas o que se precisan a ser enseñadas por el docente. Ubicar el aprender el enseñar en su contexto también significa que el profesor atienda y aproveche las diferentes vÃas de acceso al aprendizaje: la sensación, la emoción, el sentimiento, la intuición y la razón. Con estos datos, el docente sabrá que experiencias diseñar para obtener un mayor provecho académico, tanto cuantitativo como cualitativo.
Al nivel de la institución es preciso contextualizarla de manera similar para llegar en un momento dado a descubrir, por un lado, las posibles influencias de los condicionamientos sociales en ella, en su estructuración, en los estilos de gestión y en el tipo y calidad de las relaciones interpersonales de todos los miembros de la comunidad educativa y, por otro lado, de qué manera la institución educativa incide o puede incidir en la realidad más social más amplia.
Aunque esta expresión es muy rica y en el uso común encierra múltiples significados?, dentro del Paradigma sume un sentido preciso que es necesario explicar.
Enfrentando el propio contexto, "La vera historia", San Ignacio invita a quien se ejercita (en nuestro caso, alumnos, profesores, la comunidad educativa toda) a que sienta internamente" lo que ve, mira, contempla. Esto lleva a experimentar, a sentir tristeza, verguenza, confusión ante el mal; gozo, impulso para entender dónde y por qué se experimenta eso; deseo de seguir adelante; anhelo de encontrar cómo salir de tal situación o cómo responder ante tanto bien recibido.
La experiencia, en el sentido que le damos en el Paradigma, es la apertura radical del sujeto a toda la realidad. Es toda forma de percepción tanto interna como externa. La experiencia es la noticia informe y previa, carente aún de cualquier significado que pueda emerger.
Deja de ser experiencia en el momento en que es entendida, cuando la persona se responde a la pregunta que le impulsa a sentir, a imaginar, a inquirir, a buscar. En este nivel del Paradigma, el sujeto está presente a sà mismo en cuanto mero receptor de datos, de sus propias operaciones sensibles y afectuosas.
En este nivel, la persona estrictamente hablando, no sabe de qué se trata lo que está sintiendo, percibiendo, registrando.
La experiencia es conditio sine qua non de todo conocimiento humano.
Los cauces de esta experiencia son los que comúnmente llamamos "sentidos": ver, oÃr, oler, gustar y tocar, ademas del propio sentir interno de sà mismo, surgido de esas mismas sensaciones externas, de la memoria, la imaginación, la afectividad.
Por lo tanto, la tarea educativa fundamental en este nivel de conciencia consiste en desarrollar en la persona, la capacidad de atender, de estar atento a percibir la realidad y los fenómenos que están ocurriendo.
3. REFLEXIONAR
Este tercer elemento del Paradigma es el que más propiamente recoge la actividad intelectual. Es el lugar en que se da la apropiación del mundo y y por ende su humanización.
En los Ejercicios, este paso se designa como "reflector". Con este ejercicio o paso se impulsa el preguntarse qué es lo que se ha vivido en la experiencia, cuál es su significado, qué relación tiene con cada una de las dimensiones de nuestra vida y de la propia situación.
La psicologÃa del pensamiento y/o de la inteligencia ofrece actualmente muchas teorÃas sobre la reflexión. El tema está cada dÃa más desarrollado y sigue siendo debatido e investigado.
La pedagogÃa, sirviéndose de la psicologÃa como ciencia auxiliar, ha incorporado ya algunas de ellas con diferentes resultados.
Siendo conscientes de ello y teniendo en cuenta que San Ignacio hace pasar al ejercicio por diversos modos y clases de reflexión, hemos decidido referirnos solamente a dos manifestaciones básicas de la reflexión ignaciana, para facilitar la comprensión del Paradigma y evitar entrar en debates de teorÃas y corrientes psicológicas.
Entre los procesos de reflexión, distinguimos dos operaciones fundamentales: entender y juzgar.
Entender es descubrir el significado de la experiencia. Es establecer las relaciones entre los datos vistos, oÃdos, tocados, olfateados, etc. Es el chispazo que ilumina lo que se presentaba en penumbras en la percepción sensible.
Entender es lo que permite al sujeto conceptualizar, formular hipótesis, conjeturas, elaborar teorÃas, definiciones, suposiciones.
Partiendo de la experiencia como requisito indispensable e impulsado por el dinamismo intencional de su conciencia, el sujeto accede a un nivel superior en el proceso del conocimiento: el de la intelección.
Entender es lo que permite al sujeto conceptualizar, formular hipótesis, conjeturas, elaborar teorÃas, definiciones, suposiciones.
Partiendo de la experiencia como requisito indispensable e impulsado por el dinamismo intencional de su conciencia, el sujeto accede aun nivel superior en el proceso del conocimiento: el de la intelección.
Entender es un punto de llegada para las preguntas que surgen dela experiencia, pero es un punto de partida para la reflexión que busca la verificación, la certificación, de que se ha entendido correctamente.
La persona entiende cuando puede responder a las preguntas: ¿Qué es esto? ¿Por qué es as�
La inteligencia humana le sale al paso activamente a todo contenido de la experiencia, con la perplejidad, la admiración, el Ãmpetu, la intención de descifrarlo, de codificarlo, de entenderlo.
Para tener un chispazo inteligente sobre qué es "entender", se tiene que estar dentro del proceso de aprender o, al menos, se tienen que actualizar en uno mismo procesos previos de aprender.
Entender el propio entender requiere: a) la autenticidad para reconocer que la persona está ante algo que no entiende; b) una atención cuidadosa a las ocasiones en que uno mismo ha entendido o no ha podido entender y; c) el uso repetido de experimentos personales en los que, al principio, uno está genuinamente intrigado y luego comprende.
La tarea educativa fundamental para utilizar este nivel de conciencia consiste en asumir los dinamismos de nuestro proceso intelectivo: se aprende a ser inteligente.
3.2. Juzgar (Verificar)
La segunda operación de la mente flexionar del Paradigma, es la de juzgar. Emitir un juicio es verificar la adecuación entre lo entendido y lo experimentado; entre la hipótesis formulada y los datos presentados por los sentidos.
Asà como la experiencia estimula el inquirir, y el inquirir es la inteligencia que se pone a sà misma en acto, el concepto en que se formula el significado estimula la reflexión que es la exigencia consciente de la racionalidad; ella ordena y sopesa proceso, ya sea para juzgar y completar el proceso, o para dudar y asà renovar el inquirir.
Mediante el juicio, la persona accede al ámbito de la verdad, de la objetividad, de la realidad. Un juicio verdadero ofrece a la verificación de los otros el contenido de lo que afirma o niega independientemente del sujeto en el que se gestó ese conocimiento.
Con el juicio se completa el proceso del conocer humano, porque no basta la combinación de las operaciones de los sentidos (experimentar) y del entender.
Por el juicio puede descubrirse y explicitarse la distinción entre el hecho y la ficción, la lógica y el sofisma; el juicio permite distinguir lo que aportan al conocimiento de la realidad, la filosofÃa y el mito, la historia y la leyenda, la quÃmica y la alquimia, la medicina profesional y la popular.
Con el juicio emerge un nivel de conciencia superior al del entender, el de la reflexión crÃtica.
El sujeto accede a él cuando puede responder a la pregunta, es realmente as� La respuesta, el juicio, se expresa en su forma más lacónica por la expresión: sà o no.
Sin embargo, el conocer humano no se puede poner en el juzgar excluyendo el experimentar y el entender. Hacer juicios independientemente de toda experiencias es hacer a un lado los hechos y olvidarse del contexto y de la realidad.
La formación crÃtica en la educación consiste, por tanto, en aprender a respetar las exigencias de la verificación: cuidar que se cumplan las condiciones para que una intelección pueda constituirse en realidad afirmada.
El proceso que vamos describiendo quedarÃa truncado si termina en el entendimiento, la verificación y el juicio crÃtico sobre la materia o experiencia estudiada. El aporte decisivo de la PedagogÃa Ignaciana consiste en desafiar a la persona a dar un paso más: asumir un postura personal frente la verdad descubierta, revelada o construida y actuar en coherencia con ella.
La acción es entendida como la manifestación operativa de una decisión libremente asumida para la transformación de la persona y de la realidad institucional y social en que vive.
Dentro del paradigma, esta definición de la acción, como su cuarta etapa, se operacionaliza en dos momentos:
Aunque el proceso del conocer humano, ingrediente substancial y constitutivo del paradigma ignaciano, quede cabalmente realizado con el juicio, el dinamismo de la conciencia no termina ahÃ. La afirmación o negación que constituye el juicio como expresión de la reflexión crÃtica, es el soporte de un ulterior nivel de conciencia: ante la verdad el sujeto se manifiesta, emerge, como persona responsable y libre. Se revela como una creación original.
Por el dinamismo de su propia intencionalidad consciente, la persona se siente impulsada a decidir, a definir la orientación de su vida, ejercer su libertad. Es aquà donde el ideal, la verdad amada, se percibe, se descubre, se explicita, se elige como valor.
Ignacianamente para decidir con rectitud se requiere deliberar, es decir, ponderar las razones en pro o en contra de cada una de las alternativas y los movimientos o mociones que se experimentan en cada una de ellas. Tras esta deliberación, quien se ejercita debe elegir y someter luego su elección a la confirmación. Las meditaciones de dos banderas (Ejercicios nn. 135 ss) y las reglas de elección en los diversos tiempos espirituales (nn. 169 ss) son la referencia necesaria para comprender la riqueza de este paso del Paradigma.
Libremente el sujeto hace de sà mismo lo que es él; nunca en esta vida estará terminada su obra, siempre se halla en proceso, siempre se trata de un logro precario, del que puede resbalarse, caer, despedazarse.
En este nivel, el dinamismo de la conciencia se manifiesta ya no por el deseo de conocer y de conocer correctamente, sino como el eros del espÃritu que abraza la realidad para transformarla porque la ama.
Este es el nivel de la decisión auténtica, objetivo (escojo) y fin de los ejercicios ignacianos.
Desde una perspectiva humana, el nivel de elección explicita los imperativos éticos de la persona, su dimensión axiológica.
Desde una perspectiva cristiana, nos encontramos ante la tarea de buscar y hallar la voluntad de Dios.
En ambos casos se trata de liberar nuestra libertad para elegir auténticamente; para el cristiano, es la vida en el EspÃritu. El discernimiento es la metodologÃa elaborada por Ignacio para realizar este proyecto.
Decidir es trascender la reflexión crÃtica, la verdad descubierta, por el bien amado, por el valor. Decidir es operativizar el auténtico ser del hombre: "ser para los demás""". Decidir es asumir la visión del mundo que resulta del experimentarnos amados por Dios-fe para transformar la realidad con criterios de justicia, hacia la implantación del Reino.
En este nivel, la tarea educativa fundamental es del desarrollo de la libertad de la responsabilidad.
Después, el sujeto pasa a la puesta en práctica de dicha elección discurriendo y procurando los medios, modos y tiempos que le permitan efectivamente actuar, asumiendo valores, actitudes y conductas consistentes y consecuentes con su elección ya que """el amor se muestra más en las obras que en las palabras".
Para eso, todas las experiencias de aprendizaje propuestas por la escuela, en la sala de clases o fuera de ella, deben ser diseñadas de tal modo que posibiliten, además del gusto por aprender activa y reflexivamente, canalizar las fuerzas motivacionales que surgen frente a la conquista del aprendizaje (la conquista de la verdad), elementos básicos que mueven al hombre hacia el compromiso y hacia la acción. Ignacianamente hablando, el compromiso y la acción deseada, libremente elegida por el individuo, deben estar orientados por el magis, el mayor servicio a Dios y a nuestros hermanos.
Por evaluación se entiende una revisión de la totalidad del proceso pedagógico seguido a lo largo de cada uno de los pasos del paradigma, para verificar y ponderar en qué medida se ha realizado fiel y eficientemente, y por otra parte en qué grado se han obtenido los objetivos perseguidos, en términos de cambio y transformación personal, institucional y social.
La evaluación, por lo tanto, toma en consideración necesariamente dos aspectos 1) Revisión de procesos y 2) Ponderación y pertinencia de resultados.
Revisar los procesos es volver a prestar atención y enfocar el pensamiento sobre los procesos mismos en los que se ha estado involucrado, asà como también sobre los contenidos manejados, actividades realizadas y los medios utilizados en cada uno de los pasos del paradigma, para constatar su idoneidad, su articulación y su eficiencia, para consecuentemente, reforzarlos, mejorarlos o cambiarlos.
Esta revisión de procesos puede y deberÃa darse de dos formas complementarias entre sÃ:
5.1.1. Una es la evaluación que se realiza al final de un proceso, unidad o sub unidad de trabajo, para ver retrospectivamente y ponderar la interrelación dinámica de procesos, contenidos, actividades en cada uno de los participantes en relación a la eficiencia y eficacia para conseguir los fines y buscar elementos que mejoren esos procesos.
5.1.2. Otra es esa misma evaluación realizada no en momentos terminales o cuasiterminales, sino diacrónicamente a lo largo de su desarrollo, con el fin de poder mejorarlo y readaptarlo a su mismo desenvolvimiento a las condiciones del sujeto. Esta evaluación formativa resume asà vario aspectos:
Además de la dinámica continua que tiene que promoverse en la revisión - evaluación de los procesos, es necesario también, periódicamente yen determinados momentos, hacer cortes para analizar lo que va quedando como pasado, ponderar los objetivos conseguidos en el perÃodo culmina. do y examinar la pertinencia de los resultados.
5.2.1. Ponderación de los objetivos conseguidos
Todo el proceso de la pedagogÃa ignaciana está orientado a conseguir determinados objetivos, concretados y manifestados de alguna manera en el documento de las caracterÃsticas. Por lo tanto, es importante examinar detenidamente si los procesos promueven y consiguen esos objetivos que, en último término, tienen que configurar a la persona comprometida en su fe con la justicia y el ser para los demás.
Además de confirmar la consecución de los objetivos, se han de analizar todos los elementos que han contribuido a ello, para detectar las causas y factores que lo han impedido o limitado, en caso de que no se hayan conseguido. En el caso de que todo parezca positivo, la evaluación reconfirmará y reforzará los procesos y elementos que más hayan contribuido a conseguir el fin; en el caso negativo, crea la ocasión de cambios para corregir todo lo que se vea necesario para tal efecto e introducir nuevos elementos encaminados a superar los resultados anteriores.
5.2.2. Pertinencia de los resultados
La evaluación tiene que analizar y examinar sà los objetivos conseguidos responden o están dentro de las orientaciones hacia los fines últimos que se pretenden. AsÃ, la pertinencia no hace referencia solamente a la posibilidad de haber conseguido o no los objetivos buscados, sino también puede cuestionar la validez de los mismos, teniendo como punto de referencia los fines últimos.
En una sociedad presionada por el dinamismo del constante cambio, el tiempo transcurrido entre la planificación y su realización puede darse tanto a nivel personal como a nivel institucional o social. Los cambios de contexto, por ejemplo, pueden afectar muy profundamente cualquier planificación, proceso o estrategia. Acciones y recursos que pueden ser útiles en un determinado contexto, puede no serlo en otro distinto.
Como se puede comprender, la evaluación cuestiona todas las etapas del paradigma; pero no se queda en el mero cuestionamiento. La evaluación examina los resultados del proceso, busca las causas y las posibles superaciones o remedios y, por lo tanto, reabre el camino para seguir avanzando.
Hoy en dÃa la tecnologÃa educativa ha dado valiosos aportes a los enfoques de la evaluación. Hay mucho que se pueda aprovechar, con tal de que se haga uso de ella con sentido crÃtico.
Indicadores de que el proceso y sus resultados van en lÃnea de lo que fundamenta y orienta la propia vida y de la institución educativa son, por ejemplo, la paz y la alegrÃa, la audacia y la creatividad, el aumento de la esperanza, el consenso con que toda la comunidad asume una decisión.
En los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, como en su pedagogÃa, todos aprenden: ejercitantes y director, alumnos y maestro.
Pero para que ese aprendizaje sea posible se le exigen ciertas condiciones a cada uno.
En primer lugar, se les piden actitudes fundamentales como:
El maestro debe partir de la realidad concreta de cada alumno (educación personalizada, Ignacio recomienda al director de Ejercicios Espirituales - anotaciones 6 a 10; 18, 19 y 20- que considere la situación en que al empezar se puede encontrar el ejercitante). Y en cada Caso debe plantear el proceso pedagógico según su realidad, según sus necesidades y según sus potencialidades (EE.EE., 76).
El educador ignaciano, inspirado en el modo como Dios mira y apuesta por los hombres (Meditación de la Encarnación), tiene fe en el hombre (Efecto Pygmalion) y sabe que, no obstante las limitaciones de cada alumna y alumno, todos podrán llegar a niveles progresivos de madurez y plenitud. Desde la fe en los alumnos y en su potencial de cambio ,se hace profesional de la esperanza.
El alumno es actor y sujeto de la educación. El maestro es facilitador y compañÃa que respeta el proceso de cada uno. La PedagogÃa Ignaciana es activa y participativa, Ignacio no da contenidos que el ejercitante tenga que aprender; el ejercitante aprende lo que descubre y experimenta en sus ejercicios. La PedagogÃa Ignaciana considera que la acción es constitutiva del conocimiento. En la espiritualidad ignaciana, los sujetos de la educación no son sólo el alumno y el maestro, son también sujetos todos los miembros de la comunidad.
La parte décima de las Constituciones aporta pautas inspiradoras para la pedagogÃa cuando describe cómo la comunidad asume la corresponsabilidad de la vida y el crecimiento de todos y el modo cómo el superior debe animarlos y gobernarlos.
El presupuesto fundamental de Ignacio, la convicción central de toda su vida y de su proyecto apostólico es que Dios actúa directamente en su criatura, en la persona; y que, por lo tanto, el ser humano es capaz de experimentar directamente en sà mismo la acción De Dios (Cfr. Rahner, K., Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuita de hoy y la anotación 14 de los EE.EE.i).
Desde esta convicción, los EE.EE., son un instrumento para propiciar, facilitar, conducir ese encuentro de la persona con Dios (Cfr. IbÃdem).
La educación para Ignacio es un instrumento apostólico en la medida que sirva para que el hombre se libere y se entregue a la acción del EspÃritu. No en el sentido de instrumento de manipulación con el que se somete a los educandos a un determinado proyecto de dominación.Es la experiencia de Dios, del Deus siempre mayor lo que da origen al magis como caracterÃstica de la espiritualidad ignaciana. Magis como la calidad de la respuesta de un hombre libre a un Dios que se descubre progresivamente como el que nos amó primero y se nos entrega cada vez más. No como criterio de competencia ni de exaltación personal entre compañeros.
Finalmente, la imitación, el seguimiento de Cristo en este proceso educativo, es vista como el proceso de liberación del mismo Jesús, en cuanto hombre y de su auténtico desarrollo humano (Cfr. CaracterÃsticas, Nos. 21,37,39).
Todo esquema tiene el riesgo de que al simplificar excesivamente la realidad y presentarla estática la distorsione y la prive de su riqueza existencial.
Sin embargo tiene la ventaja de ayudarnos a entender esa misma realidad, de ponernos en el camino de la apropiación de la misma e incluso de su dinamismo intrÃnseco.
Con este propósito se ofrecen las reflexiones siguientes sobre la ubicación y el papel que tiene el Paradigma en la redefinición que de su propio fin propone la CompañÃa de Jesús a partir de la C. General XXXII:el servicio de la fe y la promoción de la justicia que esta fe implica.
La fe, antes de plasmarse en contenidos, verdades afirmables y afirmadas, se presenta como un impulso en la persona.
Ese dinamismo se desencadena a partir de la experiencia religiosa fundamental: sentir internamente que somos amados por Dios. Esta es la gracia, el regalo de Dios a todo ser humano.
De esta experiencia, de esta forma inicial de enamoramiento resulta una determinada manera de ver, de contemplar el mundo, a la manera De Dios: "y vio Dios que todo era bueno". O como lo expresa el principio y fundamento: "y todas las otras cosas sobre el haz de la tierra para ayudarlo a conseguir su último fin".
La justicia como consecuencia de la fe, entendida asÃ, es la voluntad de transformar la realidad para que realmente sea lo que Dios quiere: para restituir a cada persona y a cada cosa lo que es propio suyo, su función salvÃfica, su condición de ser medio adecuado para que el hombre viva y viva en plenitud; vistas asà las cosas, se entiende por qué la justicia es el mÃnimo de caridad que puede ser exigido en las relaciones entre personas; menos que eso es pecado. Pero por encima de la justicia hay mucho más por construir.
Asà también adquiere su justa dimensión la forma en que Ignacio entiende el amor: está más en las obras que en las palabras.
Ahora bien, el nexo entre la fe, (experiencia De Dios que ama) y la justicia, mi respuesta a la pregunta ante el crucificado "qué debo hacer por Cristo"), pasa por una mediación que en palabras de Ignacio es el discernimiento espiritual. Es el quehacer de la persona que quiere vivir en el EspÃritu: el trabajo permanente de escudriñar en sus mociones (movimientos de los espÃritus) qué es lo que Dios quiere de él.
Es una tarea de reflexión en la fe para elegir la acción que más conduce a la justicia, a la implantación del Reino.

Sin tÃtulo.
Asà pues, sin querer reducir indebidamente el dinamismo de estos términos, podemos afirmar que, en el paradigma ignaciano, el lugar privilegia. do de la fe es el de la experiencia; el de la justicia es, por excelencia, la acción; y el lugar propio del discernimiento es la reflexión.
Entendemos por antropologÃa filosófica la reflexión seria y sistemática, conforme al método transcendental, sobre todo aquello que está implÃcito al hablar de persona humana, de ser humano, como estructuras constitutivas de su actuar en cuanto hombre. Y puesto que en la perspectiva ignaciana el foco de atención es el Hombre Cristo Jesús, de quien pedimos en cada meditación "conocimiento interno (...) para que más le ame y siga" (EE.EE., 104), la antropologÃa a que nos referimos aquà es una antropologÃa filosófica cristiana.
Conforme a esta antropologÃa, la formulación tradicional de la filosofÃa aristotélico-tomista del ser humano como animal racional se substituye por un nueva manera de entender al hombre, dinámica, sistemática y existencial.
El ser humano está constituido por un conjunto dinámico de operaciones intencionales y conscientes, estructurales en cuatro niveles: el de la experiencia, el de la intelección, el del juicio, y el de la decisión interrelacionados y recurrentes que producen resultados acumulativos y progresivos.
Esta concepción nos permite explicar y delimitar técnicamente los elementos centrales del paradigma ignaciano.
Desde la antropologÃa filosófica cristiana fundamental, podemos sustentar, en su cabal significado y en su sentido de trascendencia plena, la finalidad de la educación ignaciana. En paralelo con la formulación del propósito fundamental del fin de los ejercicios ("Ejercicios Espirituales para vencer a sà mismo y ordenar su vida sin determinarse por afección a alguna que desordenada sea"), expresamos la finalidad última de la educación ignaciana en su máxima sencillez: la educación ignaciana busca liberar a la persona de toda atadura (al tener, al poder, al saber, al honor, etc.) que coarte su auténtico ser-en-el-mundo, para que pueda expresar en el EspÃritu su propia palabra única e irrepetible como proyecto personal para el servicio de los otros.
En palabras de Pedro Arrupe: "Formar hombres y mujeres para los demás".
? Usamos la palabra "experiencia" para expresar sabidurÃa, familiaridad con un determinado campo de la vida, años de quehacer acumulado en un oficio; asà decimos: la experiencia es madre de la ciencia, la voz de la experiencia, a la luz de la experiencia, después de una larga experiencia, con 50 años de experiencia, etcétera.