function showerror() { die("Error " . mysql_errno() . " : " . mysql_error()); } ?>
Portada / Publicaciones / / Trazos en Juego



Fortalece la motricidad fina y la coordinación de ambas manos mediante acciones como pinzar, presionar y moldear, mientras promueve la creación de escenas con sentido.

Para iniciar, el docente invita a los niños a tocar y explorar libremente los materiales. Los niños aplastan la masa con los dedos, hacen marcas, arrastran tapas y observan las huellas que dejan.
Después de la exploración, el docente propone crear una escena breve, por ejemplo: "vamos a hacer el lugar donde vive un personaje", "vamos a construir un camino", "?vamos a hacer una casa, un árbol o una montaña". Cada niño organiza sus materiales usando principalmente los dedos para moldear, hacer pinza, ubicar y combinar elementos. Lo importante es que la acción manual empiece a tener una intención.
Una vez que cada niño ha construido una escena, el docente invita a agregar un personaje, un animal o una situación. El niño puede representar con un dedo o una tapa a quien "vive" o "?camina" en ese lugar. Aquí empieza a aparecer un relato sencillo relacionado con lo que construyó.
Al finalizar, cada niño muestra lo que hizo al grupo y expresa qué hizo, quié n aparece allí o qué pasa en esa escena. Los más pequeños pueden señalar, hacer gestos o decir palabras sueltas; los mayores pueden contar brevemente lo que sucede. El docente valida todas las formas de representación como producciones con sentido.
Los niños fortalecerán movimientos de precisión con los dedos y las manos, como la pinza, la presión, el pellizco, el hundimiento, el arrastre y el uso coordinado de ambas manos. Al mismo tiempo, relacionarán la acción corporal con una intención comunicativa, reconociendo que aquello que crean también puede contar, mostrar o representar algo.
El docente presenta los materiales de forma llamativa, permite la exploración libre y menciona algunas de sus características: suave, duro, pequeño, redondo, largo, áspero. también muestra acciones simples como aplastar, pellizcar, hundir o arrastrar. El propósito en esta etapa es que el niño perciba, observe, toque y se disponga corporalmente para la experiencia.
El docente orienta la actividad con preguntas y propuestas abiertas que ayudan al niño a organizar la experiencia: "¿qué estás haciendo con tus dedos?", "?¿cómo hiciste ese camino?", "?¿qué material te ayudó más?", "?¿quié n podría vivir ahí?". Aquí el niño empieza a entender que sus acciones tienen una intención y que puede transformar materiales en representaciones.
Al final, el docente promueve que los niños hablen, señalen o cuenten brevemente lo que hicieron. Puede preguntar: "¿qué pasa en tu escena?", "¿cómo se llama ese personaje?", "¿qué fue lo que más te gustó hacer?", "¿qué contaron tus manos hoy?". En esta etapa, la actividad deja de ser sólo manipulación y se convierte en una experiencia simbólica y comunicativa.
La actividad puede centrarse en la exploración sensorial y en dejar huellas con los dedos y las manos sobre masa, harina o pintura comestible, sin exigir que hablen. El adulto acompaña nombrando las acciones: "tocaste", "hundiste", "aplastaste", "hiciste una marca".
Se recomienda proponer escenas muy simples, con una o dos acciones representadas, y permitir que el niño vaya construyendo el relato con apoyo del docente.
Se puede aumentar la complejidad pidiendo una secuencia breve: inicio, desarrollo y final de una pequeña historia hecha con materiales. También se puede invitar a relacionar lo que hicieron con un cuento que conozcan o con una experiencia cotidiana del aula.
Después de realizar esta actividad en el colegio, en casa se puede continuar invitando al niño a contar, con palabras, gestos o dibujos, qué construyó o imaginó. La familia y los cuidadores pueden preguntarle por su personaje, el lugar que creó o lo que pasó en su historia. Luego, pueden darle un momento corto de juego libre con plastilina, harina u otros materiales, para que transforme o amplíe esa idea. , harina u otros materiales, para que transforme o amplíe esa idea.

Fortalece la precisión manual, la pinza digital y la coordinación ojo-mano, relacionando gestos con palabras, imágenes y sonidos para apoyar la lectoescritura inicial.

Para iniciar, el docente invita a los niños a explorar los materiales libremente. Los niños toman los aros grandes, prueban cómo pasarlos por el cordón, abren y cierran las pinzas y observan qué materiales son más fáciles o más difíciles de sostener. En este momento, el propósito es que descubran distintas formas de agarrar y se familiaricen con el uso de ambas manos en una misma actividad.
Después de la exploración, el docente propone una actividad concreta, por ejemplo, ensartar piezas del mismo color, agrupar las tapas grandes según su forma o colocar una pinza sobre la tarjeta con la imagen que corresponde. Los niños empiezan a organizar sus acciones con mayor intención, ya no solo para manipular, sino para seguir una actividad simple de clasificación o relación.
Cuando los niños ya han realizado algunas secuencias, el docente incorpora el lenguaje oral. Puede pedir, por ejemplo, que ensarten una pieza por cada sílaba al decir una palabra, o que coloquen una pinza sobre la imagen cuyo nombre escuchan. Así, la actividad se amplía y la acción fina empieza a relacionarse con el ritmo de la palabra, la escucha y la diferenciación de sonidos.
Al finalizar, cada niño muestra su secuencia o agrupación y explica, con apoyo del docente, cómo la organizó. Los más pequeños pueden señalar colores, tamaños o imágenes; los mayores pueden decir qué criterio siguieron, cuántas piezas usaron o qué palabra acompañaron con el ensarte.
Los niños fortalecerán movimientos de precisión con los dedos y las manos, especialmente la pinza digital, el agarre adecuado, la coordinación entre ambas manos y la capacidad de seguir una secuencia de acciones. Al mismo tiempo, reconocerán que sus manos también les permiten ordenar, contar, escuchar y representar.
El docente presenta los materiales de forma llamativa y deja que los niños los observen, toquen y comparen. Puede mencionar sus características: ancho, largo, redondo, suave, duro, liviano. también muestra cómo sostener el cordón con una mano mientras la otra mete la pieza, o cómo abrir y cerrar la pinza con los dedos. El propósito en esta etapa es que el niño perciba las características del material y descubra qué puede hacer con sus manos.
El docente acompaña la actividad con preguntas que ayudan a organizar la experiencia: "¿cómo lograste meter esa pieza?", "¿qué dedo te ayudó más?", "¿qué sigue después de esta tapa?", "¿qué palabra estás escuchando?". Aquí el niño empieza a entender que la tarea no consiste sólo en mover objetos, sino en seguir un criterio, una secuencia o una relación entre el material, la imagen y la palabra.
Al final, el docente invita a que los niños digan lo que hicieron, expliquen el orden de sus piezas o relacionen su secuencia con una palabra o imagen. Puede preguntar: "¿cómo supiste cuál poner primero?", "¿qué palabra acompañaste con tu ensarte?", "¿qué aprendieron hoy tus dedos?". En esta etapa, la experiencia se convierte en una acción con sentido, donde el movimiento fino se relaciona con la escucha y la representación.
La actividad puede centrarse en meter y sacar aros grandes o tubos amplios en recipientes, sin pedir clasificación ni relaciones verbales complejas. El adulto acompaña con palabras sencillas como "entra", "sale", "pon", "saca".
Se recomienda trabajar con secuencias cortas y materiales grandes, organizados por color, tamaño o parecido visual. El apoyo verbal del docente sigue siendo importante para mantener la atención y ayudar a nombrar.
Se puede aumentar la complejidad introduciendo series con dos o tres criterios, palabras conocidas del aula o relaciones entre imagen, sonido inicial y cantidad de piezas.
La continuidad en casa puede centrarse en fortalecer la relación entre las manos, las palabras y la organización. Por ejemplo, la familia y los cuidadores pueden invitar al niño a agrupar tapas, separar medias, ordenar cucharas o pasar aros por un soporte, mientras conversan sobre colores, tamaños, nombres u objetos del hogar.

Fortalece la coordinación visomotora, la atención visual y la direccionalidad del trazo mediante el seguimiento de trayectorias, preparando el gesto gráfico desde una experiencia corporal y sensorial.

Para iniciar, el docente presenta distintos caminos sobre la mesa o el piso: algunos rectos, otros curvos, ondulados o circulares. Los niños observan los recorridos y luego los siguen lentamente con el dedo índice. Sienten la textura del camino y siguen su dirección con la mirada.
Después de seguir el camino con el dedo, el docente propone hacerlo ahora con un objeto como una ficha grande o una tapa amplia. Los niños ajustan la velocidad y el movimiento de la mano para no salirse del camino. Esta acción exige una coordinación más precisa entre la vista y la mano, ya que deben observar y controlar el objeto al mismo tiempo.
Una vez que los niños han seguido varios caminos, el docente les ofrece crayones gruesos, tizas o la posibilidad de trazar sobre arena o harina. La propuesta es que intenten hacer el mismo recorrido en otra superficie. No se busca todavía una forma de escritura convencional, sino pasar un movimiento visual y manual a una huella o trazo organizado.
Al finalizar, el docente invita a los niños a observar los trazos que hicieron y a decir a qué é se parecen o qu podrían representar: un camino, un río, una carretera, una serpiente, una vuelta. De esta manera, el recorrido deja de ser un ejercicio solo de coordinación visomotora y empieza a tener significado.
Los niños fortalecerán la coordinación entre la mirada y el movimiento de la mano, mejorarán el seguimiento de recorridos y empezarán a comprender la idea de inicio, continuidad y dirección en el trazo. Al mismo tiempo, conectarán esas huellas con formas o caminos que tienen sentido, y no solo con líneas aisladas.
El docente presenta varios caminos táctiles y visuales de forma clara y llamativa. Permite que los niños los observen y toquen, y describe sus características: recto, curvo, largo, corto, áspero, suave. después muestra cómo seguir un recorrido con el dedo sin salirse. El propósito en esta etapa es que el niño perciba la forma del camino y se disponga corporalmente a seguirlo con coordinación.
Durante el desarrollo, el docente acompaña con preguntas que ayudan a organizar la experiencia: "?¿por dónde empieza este camino?", "¿hacia dónde va?", "¿qué pasó cuando ibas muy rápido?", "¿tu ojo y tu mano van juntos?". Aquí el niño empieza a entender que seguir un recorrido requiere atención, control del movimiento y coordinación entre lo que ve y lo que hace.
Al final, el docente invita a que los niños relacionen el recorrido con algo que conozcan o imaginen. Puede preguntar: "¿a qué se parece tu camino?", "¿qué podría pasar por ahí?", "¿qué camino te gustó más seguir?". En esta etapa, el trazo deja de ser solo control del movimiento y se convierte en una experiencia con sentido, que prepara el acercamiento a la escritura desde la representación y no desde la repetición mecánica.
La actividad puede centrarse en una sola línea ancha sobre arena, espuma o pintura comestible, para que el niño pase la mano o el dedo y observe la huella que deja. El adulto acompaña nombrando la acción: "sube", "baja", "va por aqui".
Se recomienda trabajar recorridos simples, amplios y muy visibles. Seguir con el dedo puede ser suficiente antes de pasar al trazo.
Se pueden proponer recorridos más complejos, cambios de
dirección, secuencias de caminos o trayectorias parecidas a los movimientos básicos de la grafomotricidad.
Después de trabajar trayectorias en el colegio, en casa se puede continuar observando caminos y recorridos del entorno cotidiano. Por ejemplo, el camino de una hormiga, la ruta del agua, las baldosas del piso o las curvas de una escalera. El adulto puede conversar con el niño sobre dónde empieza, hacia dónde va o a qué se parece ese recorrido, y luego invitarlo a representar uno nuevo en una hoja.

Fortalece la coordinación visomotora, la orientación espacial y el reconocimiento de señales mediante rutas y encestes, favoreciendo la toma de decisiones y la lectura emergente en el juego.

Para iniciar, el docente organiza en el espacio varios canastos o cajas, cada uno marcado con una imagen, un color, una letra o un símbolo grande. En el piso coloca flechas que indican el camino para llegar a cada punto. Luego invita a los niños a observar el recorrido, reconocer los puntos de llegada y escuchar una breve explicación de cómo se realizará el juego.
Cada niño, por turnos, sigue una ruta marcada con flechas, recoge una tarjeta o un objeto blando y lo lleva al canasto que corresponde. Algunos deben dejarlo; otros, lanzarlo a corta distancia. Durante esta parte, los niños deben mirar la ruta, reconocer el símbolo y coordinar el movimiento de su mano para encestar o ubicar el objeto en el lugar indicado.
Después de varias rondas, el docente hace la actividad un poco más compleja pidiendo que el niño explique por qué llevó ese objeto a ese canasto. Por ejemplo, puede decir: "¿por qué esta imagen va aquí?", "¿qué te ayudó a decidir?", "¿qué flecha seguiste?". En este momento ya no solo se coordina el movimiento, sino que también se pone en juego una lectura inicial de señales y correspondencias.
Al finalizar, el grupo revisa lo que hay en los canastos y conversa sobre los recorridos que hicieron. Se observan los aciertos, se acomodan algunos elementos si hace falta y se habla sobre cómo ayudaron las flechas, las imágenes y los símbolos a orientar la acción. Así, la actividad se consolida como una experiencia de lectura del entorno a través de la acción motriz.
Los niños fortalecerán la coordinación entre la mirada y la mano, la anticipación de recorridos y la capacidad de seguir rutas visuales sencillas. Al mismo tiempo, reconocerán que las imágenes, las flechas y los símbolos también comunican información y pueden orientar acciones concretas.
El docente presenta las cajas, las flechas y los elementos de juego de forma clara y visible. Permite que los niños observen los símbolos, sigan con la mirada las rutas y vean una demostración breve del recorrido y del enceste. El propósito en esta etapa es que el niño perciba el espacio, las señales y el sentido general del juego antes de actuar.
Durante el desarrollo, el docente hace preguntas que ayudan a organizar la experiencia: "¿qué te indica esa flecha?", "¿a dónde va esta tarjeta?", "¿miraste primero la imagen o el camino?", "¿cómo hiciste para encestar?". Aquí el niño empieza a entender que debe coordinar lo que observa, su desplazamiento, la decisión y la acción precisa para realizar la tarea.
Al final, el docente invita a que los niños relacionen la actividad con otras situaciones en las que el entorno tiene señales que se pueden leer: "¿dónde vemos flechas o símbolos parecidos?", "¿qué aprendiste siguiendo la ruta?", "¿qué te ayudó a encontrar el lugar correcto?". En esta etapa, el juego deja de ser solo una actividad motriz y se convierte en una experiencia de interpretación inicial de signos y recorridos.
La actividad puede reducirse a mover objetos grandes de un punto a otro y dejarlos en recipientes amplios del mismo color o forma, con acompañamiento cercano del adulto.
Se sugiere trabajar con pocas rutas, imágenes muy concretas y canastos claramente diferenciados. La distancia de enceste debe ser corta y los objetos blandos y grandes.
Se puede aumentar la complejidad incorporando letras iniciales, nombres propios, indicaciones dobles o recorridos más largos con varios desvíos.
En casa, la continuidad puede darse mediante juegos sencillos en los que el niño siga indicaciones visuales o reconozca señales de su entorno. Por ejemplo, se le puede pedir que lleve un objeto a un lugar específico siguiendo una pista fácil, o que ayude a ubicar dónde van algunos elementos de la casa usando dibujos, colores o señales hechas por la familia y los cuidadores.



Fortalece la motricidad fina y la coordinación de ambas manos mediante acciones como pinzar, presionar y moldear, mientras promueve la creación de escenas con sentido.

Para iniciar, el docente invita a los niños a tocar y explorar libremente los materiales. Los niños aplastan la masa con los dedos, hacen marcas, arrastran tapas y observan las huellas que dejan.
Después de la exploración, el docente propone crear una escena breve, por ejemplo: "vamos a hacer el lugar donde vive un personaje", "vamos a construir un camino", "?vamos a hacer una casa, un árbol o una montaña". Cada niño organiza sus materiales usando principalmente los dedos para moldear, hacer pinza, ubicar y combinar elementos. Lo importante es que la acción manual empiece a tener una intención.
Una vez que cada niño ha construido una escena, el docente invita a agregar un personaje, un animal o una situación. El niño puede representar con un dedo o una tapa a quien "vive" o "?camina" en ese lugar. Aquí empieza a aparecer un relato sencillo relacionado con lo que construyó.
Al finalizar, cada niño muestra lo que hizo al grupo y expresa qué hizo, quié n aparece allí o qué pasa en esa escena. Los más pequeños pueden señalar, hacer gestos o decir palabras sueltas; los mayores pueden contar brevemente lo que sucede. El docente valida todas las formas de representación como producciones con sentido.
Los niños fortalecerán movimientos de precisión con los dedos y las manos, como la pinza, la presión, el pellizco, el hundimiento, el arrastre y el uso coordinado de ambas manos. Al mismo tiempo, relacionarán la acción corporal con una intención comunicativa, reconociendo que aquello que crean también puede contar, mostrar o representar algo.
El docente presenta los materiales de forma llamativa, permite la exploración libre y menciona algunas de sus características: suave, duro, pequeño, redondo, largo, áspero. también muestra acciones simples como aplastar, pellizcar, hundir o arrastrar. El propósito en esta etapa es que el niño perciba, observe, toque y se disponga corporalmente para la experiencia.
El docente orienta la actividad con preguntas y propuestas abiertas que ayudan al niño a organizar la experiencia: "¿qué estás haciendo con tus dedos?", "?¿cómo hiciste ese camino?", "?¿qué material te ayudó más?", "?¿quié n podría vivir ahí?". Aquí el niño empieza a entender que sus acciones tienen una intención y que puede transformar materiales en representaciones.
Al final, el docente promueve que los niños hablen, señalen o cuenten brevemente lo que hicieron. Puede preguntar: "¿qué pasa en tu escena?", "¿cómo se llama ese personaje?", "¿qué fue lo que más te gustó hacer?", "¿qué contaron tus manos hoy?". En esta etapa, la actividad deja de ser sólo manipulación y se convierte en una experiencia simbólica y comunicativa.
La actividad puede centrarse en la exploración sensorial y en dejar huellas con los dedos y las manos sobre masa, harina o pintura comestible, sin exigir que hablen. El adulto acompaña nombrando las acciones: "tocaste", "hundiste", "aplastaste", "hiciste una marca".
Se recomienda proponer escenas muy simples, con una o dos acciones representadas, y permitir que el niño vaya construyendo el relato con apoyo del docente.
Se puede aumentar la complejidad pidiendo una secuencia breve: inicio, desarrollo y final de una pequeña historia hecha con materiales. También se puede invitar a relacionar lo que hicieron con un cuento que conozcan o con una experiencia cotidiana del aula.
Después de realizar esta actividad en el colegio, en casa se puede continuar invitando al niño a contar, con palabras, gestos o dibujos, qué construyó o imaginó. La familia y los cuidadores pueden preguntarle por su personaje, el lugar que creó o lo que pasó en su historia. Luego, pueden darle un momento corto de juego libre con plastilina, harina u otros materiales, para que transforme o amplíe esa idea. , harina u otros materiales, para que transforme o amplíe esa idea.

Fortalece la precisión manual, la pinza digital y la coordinación ojo-mano, relacionando gestos con palabras, imágenes y sonidos para apoyar la lectoescritura inicial.

Para iniciar, el docente invita a los niños a explorar los materiales libremente. Los niños toman los aros grandes, prueban cómo pasarlos por el cordón, abren y cierran las pinzas y observan qué materiales son más fáciles o más difíciles de sostener. En este momento, el propósito es que descubran distintas formas de agarrar y se familiaricen con el uso de ambas manos en una misma actividad.
Después de la exploración, el docente propone una actividad concreta, por ejemplo, ensartar piezas del mismo color, agrupar las tapas grandes según su forma o colocar una pinza sobre la tarjeta con la imagen que corresponde. Los niños empiezan a organizar sus acciones con mayor intención, ya no solo para manipular, sino para seguir una actividad simple de clasificación o relación.
Cuando los niños ya han realizado algunas secuencias, el docente incorpora el lenguaje oral. Puede pedir, por ejemplo, que ensarten una pieza por cada sílaba al decir una palabra, o que coloquen una pinza sobre la imagen cuyo nombre escuchan. Así, la actividad se amplía y la acción fina empieza a relacionarse con el ritmo de la palabra, la escucha y la diferenciación de sonidos.
Al finalizar, cada niño muestra su secuencia o agrupación y explica, con apoyo del docente, cómo la organizó. Los más pequeños pueden señalar colores, tamaños o imágenes; los mayores pueden decir qué criterio siguieron, cuántas piezas usaron o qué palabra acompañaron con el ensarte.
Los niños fortalecerán movimientos de precisión con los dedos y las manos, especialmente la pinza digital, el agarre adecuado, la coordinación entre ambas manos y la capacidad de seguir una secuencia de acciones. Al mismo tiempo, reconocerán que sus manos también les permiten ordenar, contar, escuchar y representar.
El docente presenta los materiales de forma llamativa y deja que los niños los observen, toquen y comparen. Puede mencionar sus características: ancho, largo, redondo, suave, duro, liviano. también muestra cómo sostener el cordón con una mano mientras la otra mete la pieza, o cómo abrir y cerrar la pinza con los dedos. El propósito en esta etapa es que el niño perciba las características del material y descubra qué puede hacer con sus manos.
El docente acompaña la actividad con preguntas que ayudan a organizar la experiencia: "¿cómo lograste meter esa pieza?", "¿qué dedo te ayudó más?", "¿qué sigue después de esta tapa?", "¿qué palabra estás escuchando?". Aquí el niño empieza a entender que la tarea no consiste sólo en mover objetos, sino en seguir un criterio, una secuencia o una relación entre el material, la imagen y la palabra.
Al final, el docente invita a que los niños digan lo que hicieron, expliquen el orden de sus piezas o relacionen su secuencia con una palabra o imagen. Puede preguntar: "¿cómo supiste cuál poner primero?", "¿qué palabra acompañaste con tu ensarte?", "¿qué aprendieron hoy tus dedos?". En esta etapa, la experiencia se convierte en una acción con sentido, donde el movimiento fino se relaciona con la escucha y la representación.
La actividad puede centrarse en meter y sacar aros grandes o tubos amplios en recipientes, sin pedir clasificación ni relaciones verbales complejas. El adulto acompaña con palabras sencillas como "entra", "sale", "pon", "saca".
Se recomienda trabajar con secuencias cortas y materiales grandes, organizados por color, tamaño o parecido visual. El apoyo verbal del docente sigue siendo importante para mantener la atención y ayudar a nombrar.
Se puede aumentar la complejidad introduciendo series con dos o tres criterios, palabras conocidas del aula o relaciones entre imagen, sonido inicial y cantidad de piezas.
La continuidad en casa puede centrarse en fortalecer la relación entre las manos, las palabras y la organización. Por ejemplo, la familia y los cuidadores pueden invitar al niño a agrupar tapas, separar medias, ordenar cucharas o pasar aros por un soporte, mientras conversan sobre colores, tamaños, nombres u objetos del hogar.

Fortalece la coordinación visomotora, la atención visual y la direccionalidad del trazo mediante el seguimiento de trayectorias, preparando el gesto gráfico desde una experiencia corporal y sensorial.

Para iniciar, el docente presenta distintos caminos sobre la mesa o el piso: algunos rectos, otros curvos, ondulados o circulares. Los niños observan los recorridos y luego los siguen lentamente con el dedo índice. Sienten la textura del camino y siguen su dirección con la mirada.
Después de seguir el camino con el dedo, el docente propone hacerlo ahora con un objeto como una ficha grande o una tapa amplia. Los niños ajustan la velocidad y el movimiento de la mano para no salirse del camino. Esta acción exige una coordinación más precisa entre la vista y la mano, ya que deben observar y controlar el objeto al mismo tiempo.
Una vez que los niños han seguido varios caminos, el docente les ofrece crayones gruesos, tizas o la posibilidad de trazar sobre arena o harina. La propuesta es que intenten hacer el mismo recorrido en otra superficie. No se busca todavía una forma de escritura convencional, sino pasar un movimiento visual y manual a una huella o trazo organizado.
Al finalizar, el docente invita a los niños a observar los trazos que hicieron y a decir a qué é se parecen o qu podrían representar: un camino, un río, una carretera, una serpiente, una vuelta. De esta manera, el recorrido deja de ser un ejercicio solo de coordinación visomotora y empieza a tener significado.
Los niños fortalecerán la coordinación entre la mirada y el movimiento de la mano, mejorarán el seguimiento de recorridos y empezarán a comprender la idea de inicio, continuidad y dirección en el trazo. Al mismo tiempo, conectarán esas huellas con formas o caminos que tienen sentido, y no solo con líneas aisladas.
El docente presenta varios caminos táctiles y visuales de forma clara y llamativa. Permite que los niños los observen y toquen, y describe sus características: recto, curvo, largo, corto, áspero, suave. después muestra cómo seguir un recorrido con el dedo sin salirse. El propósito en esta etapa es que el niño perciba la forma del camino y se disponga corporalmente a seguirlo con coordinación.
Durante el desarrollo, el docente acompaña con preguntas que ayudan a organizar la experiencia: "?¿por dónde empieza este camino?", "¿hacia dónde va?", "¿qué pasó cuando ibas muy rápido?", "¿tu ojo y tu mano van juntos?". Aquí el niño empieza a entender que seguir un recorrido requiere atención, control del movimiento y coordinación entre lo que ve y lo que hace.
Al final, el docente invita a que los niños relacionen el recorrido con algo que conozcan o imaginen. Puede preguntar: "¿a qué se parece tu camino?", "¿qué podría pasar por ahí?", "¿qué camino te gustó más seguir?". En esta etapa, el trazo deja de ser solo control del movimiento y se convierte en una experiencia con sentido, que prepara el acercamiento a la escritura desde la representación y no desde la repetición mecánica.
La actividad puede centrarse en una sola línea ancha sobre arena, espuma o pintura comestible, para que el niño pase la mano o el dedo y observe la huella que deja. El adulto acompaña nombrando la acción: "sube", "baja", "va por aqui".
Se recomienda trabajar recorridos simples, amplios y muy visibles. Seguir con el dedo puede ser suficiente antes de pasar al trazo.
Se pueden proponer recorridos más complejos, cambios de
dirección, secuencias de caminos o trayectorias parecidas a los movimientos básicos de la grafomotricidad.
Después de trabajar trayectorias en el colegio, en casa se puede continuar observando caminos y recorridos del entorno cotidiano. Por ejemplo, el camino de una hormiga, la ruta del agua, las baldosas del piso o las curvas de una escalera. El adulto puede conversar con el niño sobre dónde empieza, hacia dónde va o a qué se parece ese recorrido, y luego invitarlo a representar uno nuevo en una hoja.

Fortalece la coordinación visomotora, la orientación espacial y el reconocimiento de señales mediante rutas y encestes, favoreciendo la toma de decisiones y la lectura emergente en el juego.

Para iniciar, el docente organiza en el espacio varios canastos o cajas, cada uno marcado con una imagen, un color, una letra o un símbolo grande. En el piso coloca flechas que indican el camino para llegar a cada punto. Luego invita a los niños a observar el recorrido, reconocer los puntos de llegada y escuchar una breve explicación de cómo se realizará el juego.
Cada niño, por turnos, sigue una ruta marcada con flechas, recoge una tarjeta o un objeto blando y lo lleva al canasto que corresponde. Algunos deben dejarlo; otros, lanzarlo a corta distancia. Durante esta parte, los niños deben mirar la ruta, reconocer el símbolo y coordinar el movimiento de su mano para encestar o ubicar el objeto en el lugar indicado.
Después de varias rondas, el docente hace la actividad un poco más compleja pidiendo que el niño explique por qué llevó ese objeto a ese canasto. Por ejemplo, puede decir: "¿por qué esta imagen va aquí?", "¿qué te ayudó a decidir?", "¿qué flecha seguiste?". En este momento ya no solo se coordina el movimiento, sino que también se pone en juego una lectura inicial de señales y correspondencias.
Al finalizar, el grupo revisa lo que hay en los canastos y conversa sobre los recorridos que hicieron. Se observan los aciertos, se acomodan algunos elementos si hace falta y se habla sobre cómo ayudaron las flechas, las imágenes y los símbolos a orientar la acción. Así, la actividad se consolida como una experiencia de lectura del entorno a través de la acción motriz.
Los niños fortalecerán la coordinación entre la mirada y la mano, la anticipación de recorridos y la capacidad de seguir rutas visuales sencillas. Al mismo tiempo, reconocerán que las imágenes, las flechas y los símbolos también comunican información y pueden orientar acciones concretas.
El docente presenta las cajas, las flechas y los elementos de juego de forma clara y visible. Permite que los niños observen los símbolos, sigan con la mirada las rutas y vean una demostración breve del recorrido y del enceste. El propósito en esta etapa es que el niño perciba el espacio, las señales y el sentido general del juego antes de actuar.
Durante el desarrollo, el docente hace preguntas que ayudan a organizar la experiencia: "¿qué te indica esa flecha?", "¿a dónde va esta tarjeta?", "¿miraste primero la imagen o el camino?", "¿cómo hiciste para encestar?". Aquí el niño empieza a entender que debe coordinar lo que observa, su desplazamiento, la decisión y la acción precisa para realizar la tarea.
Al final, el docente invita a que los niños relacionen la actividad con otras situaciones en las que el entorno tiene señales que se pueden leer: "¿dónde vemos flechas o símbolos parecidos?", "¿qué aprendiste siguiendo la ruta?", "¿qué te ayudó a encontrar el lugar correcto?". En esta etapa, el juego deja de ser solo una actividad motriz y se convierte en una experiencia de interpretación inicial de signos y recorridos.
La actividad puede reducirse a mover objetos grandes de un punto a otro y dejarlos en recipientes amplios del mismo color o forma, con acompañamiento cercano del adulto.
Se sugiere trabajar con pocas rutas, imágenes muy concretas y canastos claramente diferenciados. La distancia de enceste debe ser corta y los objetos blandos y grandes.
Se puede aumentar la complejidad incorporando letras iniciales, nombres propios, indicaciones dobles o recorridos más largos con varios desvíos.
En casa, la continuidad puede darse mediante juegos sencillos en los que el niño siga indicaciones visuales o reconozca señales de su entorno. Por ejemplo, se le puede pedir que lleve un objeto a un lugar específico siguiendo una pista fácil, o que ayude a ubicar dónde van algunos elementos de la casa usando dibujos, colores o señales hechas por la familia y los cuidadores.