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Psicomotricidad en la educación inicial

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La psicomotricidad en la educación inicial ayuda a entender que el cuerpo no está separado del aprendizaje humano, sino que es una parte de la forma como los niños conocen, sienten, se expresan y se relacionan con el mundo. En los primeros años, ellos aprenden principalmente a través de la acción y de los sentidos, utilizándolos como "puertas de entrada al intelecto" para procesar los estímulos del entorno y transformarlos en conocimiento (De Souza Martins & Posada-Bernal, 2025). Por eso, la psicomotricidad no debe verse solo como una serie de ejercicios físicos, sino como una experiencia formativa e integradora, en la que los niños pueden ser, sentir y descubrir el mundo desde su cuerpo.

Por lo anterior, la psicomotricidad se entiende como un camino para apoyar el desarrollo integral de los niños porque reúne la exploración corporal, el juego, la relación con el entorno y la construcción de aprendizajes con sentido. Esta mirada reconoce que acciones como gatear, caminar, arrastrarse y correr hacen parte de los patrones básicos que los niños desarrollan en sus primeros años (Soto et al., 2019). Además, aspectos como el tono muscular, la coordinación, el equilibrio y la orientación espacial son bases necesarias para que más adelante puedan lograr procesos más complejos como controlar el agarre y la dirección del trazo al escribir (Viera Prada, 2024; Soto et al., 2019).

En la educación inicial, el cuerpo se entiende como el primer territorio de aprendizaje y como una base fundamental para que los niños empiecen a representar y darle sentido al mundo (MEN, 2014a; Papalia & Martorell, 2024). Antes de poder expresar con palabras todo lo que piensan o sienten, los niños ya se comunican a través de su cuerpo, sus gestos y acciones (Silva-Delgado et al., 2024).

Por eso, observar cómo se mueve un niño ayuda a comprender aspectos importantes de su desarrollo, por ejemplo, cómo enfrenta un reto, cómo se ubica en el espacio, cómo controla su cuerpo, cómo sigue una indicación, cómo se relaciona con sus compañeros y cómo va ganando confianza en sí mismo. Así, la psicomotricidad le permite al docente mirar el cuerpo de manera reflexiva, como una parte central del proceso educativo.

Esta comprensión también ayuda a dejar atrás la idea de que la psicomotricidad es solo un momento de recreación o descanso dentro de la jornada escolar. Aunque el juego y el disfrute son fundamentales, las experiencias psicomotrices también tienen una intención pedagógica porque a través del juego se activan y se conectan diferentes áreas del desarrollo infantil. Cuando un niño salta, mantiene el equilibrio, sigue un camino, ensarta objetos, moldea, se arrastra, gira o representa una historia con el cuerpo, está fortaleciendo habilidades relacionadas con la atención, la memoria, la coordinación, la regulación emocional, la socialización y la construcción de sentido (Gonzales Remigio, 2022; De Souza Martins & Posada-Bernal, 2025).

Desde ACODESI (2016), esta mirada se articula con la formación integral porque reconoce que el ser humano también se expresa, aprende y se relaciona a través de su cuerpo. La dimensión corporal incluye el conocimiento y cuidado del cuerpo, las experiencias sensoriales, el equilibrio, la coordinación, la conciencia corporal, la lateralidad, el manejo del espacio y el desarrollo motor. Además, ACODESI (2016) plantea que estas experiencias también se relacionan con lo afectivo, lo social y lo cognitivo. Esto permite entender que el cuerpo participa en muchos procesos de formación y que el desarrollo no ocurre de manera fragmentada, sino como una integración gradual de habilidades que se van fortaleciendo con el tiempo (Lázaro & Berruezo, 2009).

En este libro, la psicomotricidad se entiende desde una mirada amplia. No se trata de mover el cuerpo sin propósito ni de hacer actividades repetitivas para preparar al niño de forma mecánica, sino de ofrecer experiencias en las que el movimiento tenga sentido para él. Una actividad psicomotriz puede ayudarle a reconocer su cuerpo, orientarse en el espacio, tomar decisiones, expresar emociones, compartir con otros, resolver pequeños retos y representar situaciones de su vida cotidiana.

Así, la psicomotricidad se convierte en una experiencia que integra varias dimensiones de la formación integral, puesto que el niño no solo se mueve, sino que también piensa, siente, comunica, imagina y convive, transitando por las etapas de percepción, comprensión y significación (De Souza Martins & Posada-Bernal, 2025).

En este punto, también es importante comprender la psicomotricidad como parte de la formación corporal en la educación inicial. Esta formación integra la motricidad, la psicomotricidad y la neuromotricidad, entendidas no como dimensiones separadas, sino como partes que se relacionan dentro de una misma experiencia de desarrollo motriz (De Souza Martins et al., 2026).

La motricidad se refiere a la capacidad de moverse y desarrollar habilidades que influyen en el crecimiento biológico, cognitivo y social. La psicomotricidad, por su parte, une el movimiento con la emoción y el pensamiento, permitiendo que el niño descubra el mundo y le dé sentido. La neuromotricidad se relaciona con los procesos del sistema nervioso que ayudan a organizar y regular las respuestas sensoriales y motoras frente al entorno (Silva-Delgado et al., 2024; Varela, 2025; De Souza Martins et al., 2026).

El desarrollo corporal no ocurre de forma fragmentada sino como una experiencia integrada en la que el niño pasa de percibir una acción, a comprenderla y darle significado (De Souza Martins & Posada-Bernal, 2025). Por ejemplo, cuando un niño camina sobre una línea, no solo se está desplazando; también está ajustando su equilibrio, siguiendo una dirección, controlando su postura, coordinando sus movimientos, comprendiendo una indicación y ubicándose en el espacio. En una sola acción se conectan lo motriz, lo psicomotriz y lo neuromotriz (De Souza Martins & Posada-Bernal, 2025).


Nota. De Souza Martins et al. (2026).

Esta comprensión permite reconocer que el cuerpo no es solo el medio para hacer una acción motriz, sino una base fundamental para aprender y construir sentido. En la educación inicial, las experiencias corporales ayudan a los niños a organizar su relación con el mundo y con los demás, a partir de vivencias sensoriales y perceptuales que son claves para su desarrollo (ACODESI, 2016). Por eso, cuando el docente propone actividades que incluyen movimiento, exploración, equilibrio, coordinación, ritmo, manipulación o representación, no está trabajando únicamente una habilidad física, sino procesos más amplios que fortalecen el desarrollo infantil (Grimaldo Salazar, 2018). De esta manera, las prácticas corporales se convierten en un camino de aprendizaje integral donde la emoción, la acción motriz y la experiencia se unen para construir conocimientos significativos y duraderos.

En relación con la lectoescritura, la psicomotricidad aporta bases muy importantes, porque fortalece habilidades como la coordinación visomotora, la lateralidad, la orientación espacial, la direccionalidad, el control de la postura, la precisión del movimiento y la regulación de la fuerza. Según Soto et al. (2019), estas habilidades son necesarias para que más adelante los niños puedan desarrollar procesos más complejos como controlar la prensión y la dirección del trazo. Sin embargo, no deben verse como ejercicios sueltos para preparar la mano antes de escribir, sino como experiencias corporales que ayudan al niño a relacionarse mejor con el espacio, los signos, los objetos y las formas de representar lo que piensa y siente (Papalia & Martorell, 2024; Viera Prada, 2024). De esta manera, la escritura no aparece de un momento a otro, sino que se construye poco a poco sobre una base corporal, sensorial y significativa, fortalecida por la maduración motriz y la interacción activa con el entorno (Gonzales Remigio, 2022; De Souza Martins et al., 2026).

En el contexto colombiano, esta mirada es importante porque en algunas prácticas escolares la dimensión corporal todavía se limita a momentos puntuales como el recreo, la clase de educación física o actividades aisladas sin continuidad. Sin embargo, en la educación inicial el cuerpo debe tener un lugar más central porque los niños necesitan experiencias concretas, sensoriales y motrices para comprender el mundo y relacionarse con él. De Souza Martins y Posada-Bernal (2025) señalan que incluir la psicomotricidad de manera sistemática en el currículo ayuda a que el cuerpo no quede desvinculado de otros aprendizajes y permite reconocerlo como un mediador importante en el proceso educativo.

Por eso, como docente, no basta con proponer juegos o recorridos; también es necesario acompañar la experiencia, observar cómo participa cada niño, ofrecer apoyo cuando lo necesite y hacer preguntas que le ayuden a darle sentido a lo que hizo (SED, 2019). Por ejemplo, después de un recorrido, el docente puede preguntar qué parte fue más fácil, cómo se sintió su cuerpo o é qué estrategia usó para mantener el equilibrio. Estas preguntas ayudan a que el niño reflexione sobre la experiencia, la relacione con sus emociones y conocimientos previos, y logre que la actividad no se quede solo en el movimiento, sino que se convierta en un aprendizaje significativo.

La psicomotricidad también se relaciona de manera importante con la confianza y la seguridad emocional. Cuando un niño descubre que puede trepar, saltar, mantener el equilibrio, construir con sus manos, seguir una ruta o representar un personaje, empieza a reconocer sus propias capacidades. Estos logros, aunque parezcan pequeños, fortalecen su autoestima, el manejo de sus emociones y su disposición para participar en nuevas experiencias. Por eso, las actividades psicomotrices deben realizarse en ambientes seguros, respetuosos y flexibles, donde el niño pueda intentar, equivocarse, recibir apoyo y volver a probar sin sentirse comparado con los demás, ya que el disfrute también favorece el aprendizaje y ayuda a consolidar lo que aprende (Zarria Soto et al., 2025).

La familia también puede acompañar este proceso desde la vida cotidiana, reconociendo que los momentos del día a día ofrecen oportunidades valiosas para fortalecer el desarrollo corporal. Actividades sencillas como subir y bajar escalones con cuidado, ayudar a guardar objetos, amasar, ordenar materiales, caminar por diferentes superficies, jugar con canciones o conversar sobre lo que el niño hizo en el colegio ayudan a continuar este proceso en casa (Peñafiel Villarreal et al., 2023). Estas experiencias permiten que el cuerpo siga siendo un medio de exploración, autonomía y expresión más allá del salón de clase.


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La psicomotricidad en la educación inicial ayuda a entender que el cuerpo no está separado del aprendizaje humano, sino que es una parte de la forma como los niños conocen, sienten, se expresan y se relacionan con el mundo. En los primeros años, ellos aprenden principalmente a través de la acción y de los sentidos, utilizándolos como "puertas de entrada al intelecto" para procesar los estímulos del entorno y transformarlos en conocimiento (De Souza Martins & Posada-Bernal, 2025). Por eso, la psicomotricidad no debe verse solo como una serie de ejercicios físicos, sino como una experiencia formativa e integradora, en la que los niños pueden ser, sentir y descubrir el mundo desde su cuerpo.

Por lo anterior, la psicomotricidad se entiende como un camino para apoyar el desarrollo integral de los niños porque reúne la exploración corporal, el juego, la relación con el entorno y la construcción de aprendizajes con sentido. Esta mirada reconoce que acciones como gatear, caminar, arrastrarse y correr hacen parte de los patrones básicos que los niños desarrollan en sus primeros años (Soto et al., 2019). Además, aspectos como el tono muscular, la coordinación, el equilibrio y la orientación espacial son bases necesarias para que más adelante puedan lograr procesos más complejos como controlar el agarre y la dirección del trazo al escribir (Viera Prada, 2024; Soto et al., 2019).

En la educación inicial, el cuerpo se entiende como el primer territorio de aprendizaje y como una base fundamental para que los niños empiecen a representar y darle sentido al mundo (MEN, 2014a; Papalia & Martorell, 2024). Antes de poder expresar con palabras todo lo que piensan o sienten, los niños ya se comunican a través de su cuerpo, sus gestos y acciones (Silva-Delgado et al., 2024).

Por eso, observar cómo se mueve un niño ayuda a comprender aspectos importantes de su desarrollo, por ejemplo, cómo enfrenta un reto, cómo se ubica en el espacio, cómo controla su cuerpo, cómo sigue una indicación, cómo se relaciona con sus compañeros y cómo va ganando confianza en sí mismo. Así, la psicomotricidad le permite al docente mirar el cuerpo de manera reflexiva, como una parte central del proceso educativo.

Esta comprensión también ayuda a dejar atrás la idea de que la psicomotricidad es solo un momento de recreación o descanso dentro de la jornada escolar. Aunque el juego y el disfrute son fundamentales, las experiencias psicomotrices también tienen una intención pedagógica porque a través del juego se activan y se conectan diferentes áreas del desarrollo infantil. Cuando un niño salta, mantiene el equilibrio, sigue un camino, ensarta objetos, moldea, se arrastra, gira o representa una historia con el cuerpo, está fortaleciendo habilidades relacionadas con la atención, la memoria, la coordinación, la regulación emocional, la socialización y la construcción de sentido (Gonzales Remigio, 2022; De Souza Martins & Posada-Bernal, 2025).

Desde ACODESI (2016), esta mirada se articula con la formación integral porque reconoce que el ser humano también se expresa, aprende y se relaciona a través de su cuerpo. La dimensión corporal incluye el conocimiento y cuidado del cuerpo, las experiencias sensoriales, el equilibrio, la coordinación, la conciencia corporal, la lateralidad, el manejo del espacio y el desarrollo motor. Además, ACODESI (2016) plantea que estas experiencias también se relacionan con lo afectivo, lo social y lo cognitivo. Esto permite entender que el cuerpo participa en muchos procesos de formación y que el desarrollo no ocurre de manera fragmentada, sino como una integración gradual de habilidades que se van fortaleciendo con el tiempo (Lázaro & Berruezo, 2009).

En este libro, la psicomotricidad se entiende desde una mirada amplia. No se trata de mover el cuerpo sin propósito ni de hacer actividades repetitivas para preparar al niño de forma mecánica, sino de ofrecer experiencias en las que el movimiento tenga sentido para él. Una actividad psicomotriz puede ayudarle a reconocer su cuerpo, orientarse en el espacio, tomar decisiones, expresar emociones, compartir con otros, resolver pequeños retos y representar situaciones de su vida cotidiana.

Así, la psicomotricidad se convierte en una experiencia que integra varias dimensiones de la formación integral, puesto que el niño no solo se mueve, sino que también piensa, siente, comunica, imagina y convive, transitando por las etapas de percepción, comprensión y significación (De Souza Martins & Posada-Bernal, 2025).

En este punto, también es importante comprender la psicomotricidad como parte de la formación corporal en la educación inicial. Esta formación integra la motricidad, la psicomotricidad y la neuromotricidad, entendidas no como dimensiones separadas, sino como partes que se relacionan dentro de una misma experiencia de desarrollo motriz (De Souza Martins et al., 2026).

La motricidad se refiere a la capacidad de moverse y desarrollar habilidades que influyen en el crecimiento biológico, cognitivo y social. La psicomotricidad, por su parte, une el movimiento con la emoción y el pensamiento, permitiendo que el niño descubra el mundo y le dé sentido. La neuromotricidad se relaciona con los procesos del sistema nervioso que ayudan a organizar y regular las respuestas sensoriales y motoras frente al entorno (Silva-Delgado et al., 2024; Varela, 2025; De Souza Martins et al., 2026).

El desarrollo corporal no ocurre de forma fragmentada sino como una experiencia integrada en la que el niño pasa de percibir una acción, a comprenderla y darle significado (De Souza Martins & Posada-Bernal, 2025). Por ejemplo, cuando un niño camina sobre una línea, no solo se está desplazando; también está ajustando su equilibrio, siguiendo una dirección, controlando su postura, coordinando sus movimientos, comprendiendo una indicación y ubicándose en el espacio. En una sola acción se conectan lo motriz, lo psicomotriz y lo neuromotriz (De Souza Martins & Posada-Bernal, 2025).


Nota. De Souza Martins et al. (2026).

Esta comprensión permite reconocer que el cuerpo no es solo el medio para hacer una acción motriz, sino una base fundamental para aprender y construir sentido. En la educación inicial, las experiencias corporales ayudan a los niños a organizar su relación con el mundo y con los demás, a partir de vivencias sensoriales y perceptuales que son claves para su desarrollo (ACODESI, 2016). Por eso, cuando el docente propone actividades que incluyen movimiento, exploración, equilibrio, coordinación, ritmo, manipulación o representación, no está trabajando únicamente una habilidad física, sino procesos más amplios que fortalecen el desarrollo infantil (Grimaldo Salazar, 2018). De esta manera, las prácticas corporales se convierten en un camino de aprendizaje integral donde la emoción, la acción motriz y la experiencia se unen para construir conocimientos significativos y duraderos.

En relación con la lectoescritura, la psicomotricidad aporta bases muy importantes, porque fortalece habilidades como la coordinación visomotora, la lateralidad, la orientación espacial, la direccionalidad, el control de la postura, la precisión del movimiento y la regulación de la fuerza. Según Soto et al. (2019), estas habilidades son necesarias para que más adelante los niños puedan desarrollar procesos más complejos como controlar la prensión y la dirección del trazo. Sin embargo, no deben verse como ejercicios sueltos para preparar la mano antes de escribir, sino como experiencias corporales que ayudan al niño a relacionarse mejor con el espacio, los signos, los objetos y las formas de representar lo que piensa y siente (Papalia & Martorell, 2024; Viera Prada, 2024). De esta manera, la escritura no aparece de un momento a otro, sino que se construye poco a poco sobre una base corporal, sensorial y significativa, fortalecida por la maduración motriz y la interacción activa con el entorno (Gonzales Remigio, 2022; De Souza Martins et al., 2026).

En el contexto colombiano, esta mirada es importante porque en algunas prácticas escolares la dimensión corporal todavía se limita a momentos puntuales como el recreo, la clase de educación física o actividades aisladas sin continuidad. Sin embargo, en la educación inicial el cuerpo debe tener un lugar más central porque los niños necesitan experiencias concretas, sensoriales y motrices para comprender el mundo y relacionarse con él. De Souza Martins y Posada-Bernal (2025) señalan que incluir la psicomotricidad de manera sistemática en el currículo ayuda a que el cuerpo no quede desvinculado de otros aprendizajes y permite reconocerlo como un mediador importante en el proceso educativo.

Por eso, como docente, no basta con proponer juegos o recorridos; también es necesario acompañar la experiencia, observar cómo participa cada niño, ofrecer apoyo cuando lo necesite y hacer preguntas que le ayuden a darle sentido a lo que hizo (SED, 2019). Por ejemplo, después de un recorrido, el docente puede preguntar qué parte fue más fácil, cómo se sintió su cuerpo o é qué estrategia usó para mantener el equilibrio. Estas preguntas ayudan a que el niño reflexione sobre la experiencia, la relacione con sus emociones y conocimientos previos, y logre que la actividad no se quede solo en el movimiento, sino que se convierta en un aprendizaje significativo.

La psicomotricidad también se relaciona de manera importante con la confianza y la seguridad emocional. Cuando un niño descubre que puede trepar, saltar, mantener el equilibrio, construir con sus manos, seguir una ruta o representar un personaje, empieza a reconocer sus propias capacidades. Estos logros, aunque parezcan pequeños, fortalecen su autoestima, el manejo de sus emociones y su disposición para participar en nuevas experiencias. Por eso, las actividades psicomotrices deben realizarse en ambientes seguros, respetuosos y flexibles, donde el niño pueda intentar, equivocarse, recibir apoyo y volver a probar sin sentirse comparado con los demás, ya que el disfrute también favorece el aprendizaje y ayuda a consolidar lo que aprende (Zarria Soto et al., 2025).

La familia también puede acompañar este proceso desde la vida cotidiana, reconociendo que los momentos del día a día ofrecen oportunidades valiosas para fortalecer el desarrollo corporal. Actividades sencillas como subir y bajar escalones con cuidado, ayudar a guardar objetos, amasar, ordenar materiales, caminar por diferentes superficies, jugar con canciones o conversar sobre lo que el niño hizo en el colegio ayudan a continuar este proceso en casa (Peñafiel Villarreal et al., 2023). Estas experiencias permiten que el cuerpo siga siendo un medio de exploración, autonomía y expresión más allá del salón de clase.