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Portada / Publicaciones / Estilo de vida / Reflexiones sobre los Estilos de Vida en el Contexto Escolar

Sara Sofia Delgado Merchan*
Luis Santiago Moreno Bernal**
Cristian Andrés López Franco***
Sandra Posada-Bernal****
Marlucio De Souza Martins*****
Comprender los estilos de vida desde una perspectiva cualitativa en el contexto escolar no solo amplÃa el horizonte de la investigación educativa, sino que también invita a repensar la función de la escuela como espacio de cuidado y bienestar. ¿Cómo integrar estas reflexiones en la práctica pedagógica cotidiana? ¿Qué estrategias pueden favorecer la construcción de hábitos saludables y sostenibles en entornos educativos? Estas preguntas abren el camino hacia una educación que no se limite a transmitir conocimientos, sino que enseñe a vivir con salud, sentido y equilibrio.
Este apartado tiene como propósito presentar un enfoque metodológico cualitativo para el estudio de los estilos de vida en el contexto escolar, ofreciendo una comprensión de este fenómeno. A diferencia de la literatura cuantitativa, que en ocasiones se limita a describir tendencias mediante análisis estadÃsticos, la investigación cualitativa permite explorar las prácticas, experiencias y significados que subyacen a los comportamientos cotidianos, revelando dimensiones que suelen quedar ocultas tras los números.
La propuesta busca demostrar que la investigación cualitativa aporta una mirada contextualizada y rica en matices sobre los estilos de vida en la escuela, al promover narrativas que desvelan realidades complejas y relaciones entre los actores educativos. Este enfoque invita a docentes, investigadores y demás agentes sociales a reflexionar sobre los estilos de vida actuales, comprendiendo que su análisis no debe reducirse a indicadores, sino abrirse a perspectivas que permitan entender cómo se configuran hábitos y comportamientos en la vida escolar.
De este modo, se busca generar nuevas miradas sobre los estilos de vida en el contexto educativo, provocando ideas y diseños que faciliten el análisis de prácticas presentes en la cotidianidad escolar. Este ejercicio no solo contribuye al desarrollo de investigaciones integrales, sino que también orienta la reconfiguración de hábitos y comportamientos hacia el buen vivir, bien común hacia el desarrollo de la calidad de vida futura.
En los últimos años, el concepto de estilo de vida ha adquirido relevancia en los ámbitos educativos, sociales y académicos. Los cambios acelerados de la sociedad contemporánea han transformado patrones culturales y hábitos de consumo, generando prácticas que modifican la manera en que las personas viven y se relacionan. Como señalan Alva y Castillo (2018), los estilos de vida se refieren a un conjunto de comportamientos y hábitos adoptados por las personas, cuyos valores pueden favorecer la salud o deteriorarla, según la forma en que se desarrollen. Por ello, no pueden entenderse de manera aislada, sino como parte integral del individuo, en interacción con factores socioeconómicos, culturales y educativos que configuran la salud, la calidad de vida y las posibilidades de desarrollo.
Investigar sobre estilos de vida responde a un interés global, dado que se trata de un fenómeno complejo que puede incidir en el desarrollo individual y comunitario del ser humano a corto y largo plazo. Esta reflexión se sustenta en la comprensión de que "el ser humano es un ser biopsicosocial, inmerso en interacción constante con su entorno; aprende de acuerdo con sus percepciones individuales" (Galindo, 2017, p. 147). La perspectiva biopsicosocial recuerda que cada hábito está entrelazado con tres dimensiones: biológica, psicológica y social, lo que permite entender la variabilidad de comportamientos en relación con el contexto.
Esta visión establece una conexión entre desarrollo humano, ciclo vital y estilos de vida, vinculada a la salud y la calidad de vida, donde los cambios de comportamiento pueden afectar el bienestar (Harris, 2019). Factores propios de la vida moderna han alterado significativamente los estilos de vida, generando impactos en la salud y en el entorno social.
Por lo anterior, fenómenos como la globalización han promovido la homogeneización de hábitos, impulsando patrones de consumo relacionados con la alimentación y el ocio, que transforman comunidades, donde "la modernización [...] ha llegado a un nuevo nivel de \'posmodernismo\' que se caracteriza por un sinnúmero de mundos, de estilos de vida heterogéneos de gran diversidad y fluidez, pérdida de la legitimidad de meta historias y falta de identidad" (Evers, 2024, p. 4).
A ello se suman procesos recientes como la pandemia por COVID-19, que alteró de manera abrupta rutinas y comportamientos, afectando la alimentación, la actividad fÃsica, el sueño y las interacciones sociales. Según Arroyo-Helguera, Miranda-Contreras y Palma-Jacinto (2023), "la pandemia de COVID-19 modificó significativamente los estilos de vida en la población, de los cuales el más influyente fue la disminución de la actividad fÃsica, la sobre ingesta calórica y el desapego a la dieta" (p. 691).
Ante estos cambios, la escuela adquiere un papel protagónico como espacio de formación integral en el marco del desarrollo del ciclo vital humano. Su influencia en la configuración de hábitos y comportamientos es decisiva, especialmente en las primeras etapas de vida, consideradas crÃticas para la adquisición y consolidación de estilos de vida saludables (Campo-Ternesa et al., 2017). Cuando la escuela se involucra activamente en este proceso, se convierte en un agente transformador que incide el bienestar presente y futuro de los individuos (De Souza Martins & Figueroa-ángel, 2020).
La etapa escolar, particularmente la infancia y la adolescencia, es el momento más propicio para establecer hábitos que perduren en el tiempo. La adolescencia, además, constituye la fase de consolidación de comportamientos adquiridos en la infancia y de incorporación de nuevas formas de vida que se reproducen en distintos espacios de socialización (Campo- Ternesa et al., 2017).
En concordancia con lo anteriormente mencionado, en el contexto escolar, se evidencia la necesidad de abordar el estudio de los estilos de vida desde una perspectiva integral, que no solo permita comprender sus dinámicas, sino también generar posibilidades de intervención. Esta urgencia responde a la complejidad del fenómeno y a su incidencia en la formación humana y comunidades educativas. No obstante, la tendencia predominante en la investigación sobre este tema ha privilegiado enfoques metodológicos de carácter cuantitativo, orientados principalmente al análisis estadÃstico y la verificación de hipótesis. Tal como señalan Vega-Malagón et al. (2014), este enfoque "utiliza el análisis de datos para contestar una o varias preguntas de investigación y probar las hipótesis establecidas previamente" (p. 525).
De acuerdo con los mismos autores, la metodologÃa cuantitativa "confÃa en la medición numérica, el conteo y frecuentemente en el uso de la estadÃstica para establecer con exactitud patrones de comportamiento en una población" (Vega-Malagón et al., 2014, p. 525). Esta aproximación, aunque valiosa para identificar tendencias generales, ofrece una mirada más numérica que contextual, pues se centra en poblaciones representativas y deja en segundo plano las experiencias cotidianas y los significados que configuran la vida escolar.
Frente a ello, este texto propone una aproximación cualitativa al estudio de los estilos de vida, orientada a comprender las dimensiones subjetivas y sociales que intervienen en su construcción. Como lo expresan Vega-Malagón et al. (2014), este enfoque busca "reconstruir la realidad" (p. 256), privilegiando la interpretación del contexto y las interacciones que dan sentido a las prácticas cotidianas. De esta manera, se abre la posibilidad de reflexionar sobre cómo los estilos de vida se configuran en escenarios educativos, no solo como hábitos, sino como expresiones culturales y éticas que inciden en la calidad de vida y en el buen vivir.
De este modo, la intención es ofrecer una mirada amplia y crÃtica sobre el tema, resaltando las potencialidades del enfoque cualitativo para comprender las transformaciones que atraviesan la vida moderna y sus implicaciones en la escuela. En este sentido, se reconoce que el estudio de los estilos de vida debe ser pionero en la interpretación de los cambios sociales y en la resignificación de prácticas que orienten hacia entornos más humanos y sostenibles.
Para lograrlo, este apartado se organiza en varias secciones. En primer lugar, contexto de investigación sobre estilos de vida (estado del arte) presentará un panorama de los estudios recientes, destacando las metodologÃas empleadas y su evolución en el ámbito escolar. Posteriormente, en relevancia de investigar estilos de vida, se argumentará la pertinencia de esta perspectiva para comprender las dinámicas socioculturales y educativas.
Más adelante, en desafÃos y oportunidades se analizarán las limitaciones y posibilidades que ofrece el enfoque cualitativo, proponiendo rutas innovadoras para responder a los retos contemporáneos. Finalmente, se presentará consideraciones orientadas a abrir el debate sobre la necesidad de diversificar las metodologÃas en el estudio de los estilos de vida.
Si bien la investigación educativa ha privilegiado históricamente los métodos cuantitativos por su capacidad para generar análisis estadÃsticos, hoy se reconoce una oportunidad significativa para incorporar miradas cualitativas que permitan comprender la riqueza de las experiencias y prácticas que configuran los estilos de vida. En este sentido, se plantea que la investigación cualitativa no solo aporta profundidad interpretativa, sino que también contribuye a transformar la manera en que concebimos la vida escolar, integrando dimensiones éticas, culturales y sociales que son esenciales para la formación integral.
El análisis de los estilos de vida ha adquirido una relevancia creciente en la comprensión de las transformaciones sociales, culturales y personales que caracterizan la contemporaneidad. Este concepto no puede reducirse a simples elecciones individuales; por el contrario, se configura como una construcción social que expresa maneras particulares de habitar el mundo, establecer vÃnculos, organizar el tiempo y otorgar sentido a la cotidianidad. Se trata de una categorÃa dinámica y contextual que articula dimensiones biológicas, psicológicas y simbólicas, permitiendo comprender cómo factores como la cultura, la clase social, el género, el entorno, la tecnologÃa o la espiritualidad inciden en la forma en que las personas viven.
Desde esta perspectiva, estudiar los estilos de vida implica ir más allá de la descripción de hábitos o comportamientos. Supone interpretar significados y reconocer trayectorias vitales en diálogo con los contextos donde se desarrollan. Esta comprensión resulta fundamental para proponer rutas de transformación coherentes con los desafÃos actuales, especialmente en ámbitos como la educación, la salud, el bienestar y la vida comunitaria.
En efecto, los estilos de vida han pasado de ser entendidos como prácticas individuales a concebirse como construcciones sociales que reflejan modos de vinculación, organización del tiempo y configuración de afectos y deseos. De Souza Martins y Figueroa ángel (2020) sostienen que los estilos de vida son acciones cotidianas que reflejan actitudes y valores de la persona que están relacionados directamente con el desarrollo hacia la calidad de vida. Esta definición permite comprender que las rutinas, decisiones y sentidos que estructuran la vida cotidiana están atravesados por condiciones sociales, económicas y culturales que no solo delimitan posibilidades, sino que también moldean significados. AsÃ, el estilo de vida puede interpretarse como un relato de identidad y una respuesta simbólica a las exigencias del mundo contemporáneo.
En este marco, es necesario reconocer que los estilos de vida no son elecciones aisladas, sino prácticas profundamente mediadas por contextos históricos y culturales. Como afirma Podestá (2006), "la cultura es mayor por su misma naturaleza: la persona nace en una cultura y se inserta en ella por medio de sus padres o familiares más cercanos.
La cultura transmitida por el origen social contiene los valores que la persona llevará durante el resto de su vida" (p. 33). De ahà que comprender los estilos de vida implique considerar el entorno material y simbólico, las trayectorias vitales, los referentes culturales y las condiciones estructurales que determinan el acceso o la restricción a ciertos modos de vivir.
Por ello, el análisis debe integrar aspectos como clase social, género, lugar de residencia, origen étnico y experiencias familiares. Cada persona construye su forma de vivir en un entramado de relaciones y situaciones sociales que influyen en sus decisiones, pero que también le ofrecen oportunidades para resignificar y transformar su cotidianidad. En este sentido, investigar los estilos de vida no es solo una tarea académica, sino también una práctica cultural y ética. Comprender cómo las personas organizan su vida cotidiana, cómo resignifican su cuerpo, sus emociones y sus vÃnculos frente a los cambios contemporáneos, permite imaginar rutas de transformación más coherentes con los retos actuales. Bronfenbrenner (1987) lo expresa claramente al señalar que el desarrollo humano implica una adaptación progresiva y mutua entre el individuo y los entornos que lo rodean.
AsÃ, la investigación sobre estilos de vida no se limita a describir lo que las personas hacen, sino que busca interpretar qué significa para ellas hacerlo en un tiempo y lugar determinados. Este enfoque invita a escuchar las voces de quienes viven esas prácticas, reconociendo sus emociones, pensamientos y aspiraciones. Solo asà es posible proponer estrategias que mejoren la calidad de vida respetando la diversidad y singularidad de cada persona.
En consecuencia, se requiere una aproximación que asuma la complejidad del fenómeno, articulando saberes provenientes de distintas disciplinas. El carácter cambiante de los estilos de vida, influido por procesos como la globalización, la aceleración tecnológica, las crisis ambientales y el debilitamiento de los vÃnculos comunitarios, demanda herramientas que permitan promover estilos de vida saludables y sostenibles, adaptados a cada contexto. Como advierte Budhathoki (2025), "la cultura promueve la autoexpresión y el desarrollo de la identidad, pero también plantea importantes preocupaciones respecto a la sostenibilidad, la equidad y las implicaciones a largo plazo de un estilo de vida impulsado por el consumo" (p. 176). Esto evidencia que no existe un modelo único de vida ideal; cada persona y comunidad debe construir formas de vivir que respondan a sus realidades y aspiraciones.
Este análisis no puede evadir los elementos que configuran la vida contemporánea, como la hiperconectividad y los procesos que tienden a homogeneizar las particularidades culturales y personales. Evers (2024) advierte que las repercusiones sociales y culturales derivadas de la globalización son complejas y difÃciles de comprender, pues generan transformaciones en los significados y en las prácticas cotidianas, al tiempo que emergen procesos de diferenciación. Todo ello se refleja en los estudios sobre consumo y estilos de vida.
En este escenario, los estilos de vida se convierten en un espacio donde conviven formas tradicionales, emergentes, adaptativas y disruptivas de vivir la cotidianidad. 22 Comprender esta diversidad es esencial para interpretar el desarrollo humano en el marco del ciclo vital y los cambios del mundo actual. Las costumbres, tecnologÃas y culturas se entremezclan y transforman, configurando nuevas maneras de ser y estar en el mundo. Por ello, estudiar los estilos de vida no solo ayuda a entender cómo enfrentamos estos cambios, sino también a imaginar estrategias que favorezcan el bienestar y la sostenibilidad en la vida escolar y comunitaria.
Por lo anterior, analizar los estilos de vida en relación con el ciclo vital implica reconocer que cada etapa del desarrollo humano está marcada por variabilidad e individualidad. Como señalan Cotrina y RodrÃguez (2014), es necesario considerar "las diferentes etapas, considerando que la variabilidad e individualidad de cada persona, establecen su propio estilo de vida, el cual está Ãntimamente relacionado con la salud, las relaciones sociales, el trabajo, la vida sexual y otros, influenciados también por los diferentes factores que intervienen en su crecimiento" (p. 20). Esta afirmación nos invita a comprender que el estilo de vida no constituye una categorÃa homogénea ni estática, sino una construcción dinámica que responde a múltiples dimensiones del desarrollo humano. La salud y las relaciones sociales, como elementos articuladores, evidencian su carácter profundamente biopsicosocial y contextual.
Desde la perspectiva biopsicosocial, se entiende que lo biológico, lo psicológico y lo social interactúan de manera inseparable. ElÃo-Calvo (2023) explica que los factores biomédicos, psicológicos y sociales actúan conjuntamente: los psicológicos abarcan emociones, niveles de ansiedad y conductas, mientras que los sociales incluyen relaciones personales y familiares, redes de apoyo, creencias culturales, comunidad, entorno ambiental y situación socioeconómica. Esta interacción muestra que los elementos no operan de forma aislada; por el contrario, se influyen mutuamente. Lo que sentimos, nuestro cuerpo y el lugar donde vivimos están conectados. Un entorno adverso, por ejemplo, puede afectar la manera en que una persona se siente y actúa.
En este sentido, "las experiencias biopsicosociales son vitales para fortalecer los estilos de vida saludables en la comunidad educativa [...] la diversidad de concepciones sobre la salud y el bienestar destaca la importancia de abordar estos temas de manera holÃstica, considerando los contextos culturales y sociales especÃficos" (Barilla, 2024, p. 4123). Cada individuo interpreta la salud y el bienestar desde su cultura, entorno y experiencias, lo que exige que en la escuela se aborden estas cuestiones con una mirada inclusiva y contextualizada. Solo asà es posible construir estilos de vida saludables que respondan a las necesidades reales de cada comunidad educativa.
Por otro lado, aunque gran parte de las investigaciones sobre estilos de vida se han centrado en aspectos como el bienestar fÃsico, la alimentación saludable o la prevención de enfermedades, es necesario ampliar la mirada para incluir dimensiones como la espiritualidad, la sostenibilidad, la salud mental y el cuidado colectivo. Gómez-Acosta (2018) afirma que "la interacción entre las creencias saludables y los factores psicológicos pueden predecir tanto la salud mental positiva como el estilo de vida saludable" (p. 161).
Estas dimensiones emergentes permiten comprender nuevas sensibilidades y aspiraciones que influyen en las decisiones cotidianas. La forma en que vivimos refleja lo que creemos, sentimos y valoramos; por ello, incluir estas perspectivas es clave para entender la complejidad del fenómeno. Estudiar los estilos de vida, entonces, no se limita a describir hábitos, sino que implica analizar las tensiones entre discursos y prácticas, entre individualismo y comunidad. Nahas (2017) advierte que "la percepción del bienestar puede variar entre personas con caracterÃsticas individuales y condiciones de vida similares, lo que sugiere la existencia de un filtro personal en la interpretación de los indicadores de calidad de vida" (p. 16). Esto nos invita a reconocer que cada estilo de vida encierra una ética, una visión del mundo y una propuesta de futuro. Comprenderlos es acercarse a los sueños, valores y esperanzas de cada ser humano.
En definitiva, los estilos de vida son una categorÃa dinámica, influenciada por factores sociales, polÃticos, culturales y por dimensiones biológicas y psicológicas. Ampliar el enfoque es indispensable para comprender cómo configuran formas de existencia que no solo responden a las condiciones actuales, sino que proyectan horizontes de transformación. Desde esta perspectiva integral, su estudio se convierte en una herramienta fundamental para repensar la vida en comunidad, la educación, la salud y la equidad. Analizar los estilos de vida nos ayuda a entender cómo afectan tanto a las personas como a la sociedad en su conjunto. Si logramos interpretarlos con profundidad, podremos diseñar estrategias que favorezcan una educación humana, una salud integral y comunidades más justas y solidarias.
Comprender los estilos de vida implica reconocerlos como expresiones complejas de decisiones, hábitos y significados que las personas construyen en su vida cotidiana. No se trata únicamente de observar conductas aisladas, sino de interpretar cómo estas prácticas se articulan con necesidades, valores, creencias y posibilidades concretas. Desde esta perspectiva, los estilos de vida se convierten en una oportunidad para analizar la manera en que el ser humano otorga sentido a sus acciones. Estudiarlos permite identificar patrones comunes y particularidades que revelan modos diversos de vivir, abriendo caminos para comprender mejor las experiencias humanas y generar propuestas que favorezcan el bienestar integral en diferentes etapas del desarrollo.
Investigar los estilos de vida es una necesidad impostergable en los contextos escolares contemporáneos, no solo por su incidencia en el bienestar fÃsico, emocional y social, sino porque constituye una vÃa para entender cómo las personas organizan su existencia en relación con el entorno, la cultura, la economÃa y las tecnologÃas. Pelayo, Gómez y César (2023) señalan que los estilos de vida no solo forman parte de la construcción de nuestra identidad, sino que también inciden en la salud y en la calidad de nuestras interacciones sociales. Esto evidencia que los estilos de vida no son simples expresiones individuales, son reflejo de estructuras profundas, valores colectivos y posibilidades materiales y simbólicas que se manifiestan en lo cotidiano. Indagar sobre ellos implica cuestionar las formas de habitar el mundo, de construir vÃnculos y de otorgar sentido a la vida misma.
Los estilos de vida están estrechamente relacionados con fenómenos como la salud pública, los contextos sociales, la calidad educativa y la sostenibilidad ambiental. En este sentido, "es importante comprender que estos hábitos, derivados del estilo de vida y practicados con frecuencia, pueden acarrear beneficios o consecuencias para la salud de la persona" (Delgado et al., 2025, p. 51). Por ello, no es posible transformar estos ámbitos sin comprender previamente cómo viven las personas, qué decisiones toman en su dÃa a dÃa y cuáles son las razones que las sustentan. Desde la alimentación hasta el uso del tiempo libre, desde las prácticas digitales hasta los modos de descanso, cada dimensión del estilo de vida se convierte en un indicador de las condiciones de vida, los deseos y las tensiones que atraviesan a los sujetos.
Esta reflexión permite reconocer la importancia de investigar los estilos de vida durante la infancia y la adolescencia, etapas en las que se configuran hábitos que impactan el desarrollo y requieren un enfoque que resalte las interacciones entre diferentes dimensiones para promover el bienestar integral. Indagar sobre ellos posibilita la identificación temprana de alteraciones y la implementación de intervenciones especÃficas que contribuyan al bienestar general en etapas posteriores, considerando las transformaciones que imponen fenómenos como la globalización, el cambio climático, el desarrollo tecnológico y los conflictos sociales.
Explorar los estilos de vida desde una perspectiva integral implica reconocer su vÃnculo con los procesos de desarrollo humano. No se trata simplemente de identificar patrones de conducta, sino de comprender cómo estos se configuran y transforman a lo largo del tiempo. Las decisiones cotidianas no surgen de manera aislada; están mediadas por factores múltiples que interactúan con los contextos en los que se forja el desarrollo. Situar los estilos de vida en diálogo con el curso vital abre la posibilidad de analizar las trayectorias individuales como construcciones relacionales que revelan las estructuras que las atraviesan. Esta mirada permite una comprensión más profunda de las prácticas de vida y ofrece claves fundamentales para orientar procesos educativos y sociales sensibles a las distintas etapas de la existencia.
Comprender los estilos de vida exige reconocer que no son configuraciones permanentes, sino construcciones dinámicas que evolucionan a lo largo del ciclo vital. De Souza Martins y Figueroa ángel (2020) afirman que el ciclo vital desempeña un papel fundamental en la transformación de los comportamientos, dado que constituye un proceso holÃstico que incluye dimensiones biológicas, psicológicas, sociales, fÃsicas y de salud. Este proceso interactúa constantemente con el ambiente, que influye generando modificaciones en las distintas áreas del desarrollo. AsÃ, la manera en que una persona concibe el descanso, la alimentación, el cuidado del cuerpo o el uso del tiempo cambia radicalmente entre la infancia, la adolescencia, la adultez y la vejez. Cada etapa vital implica no solo nuevas prácticas, sino también resignificaciones de lo que se considera un buen estilo de vida.
De este modo, estas transiciones no ocurren de forma aislada, sino que se inscriben en contextos que facilitan u obstaculizan ciertos modos de vida. Nahas (2017) lo expresa: "más que nunca, nuestras decisiones cotidianas -nuestro estilo de vida- han afectado cómo y cuánto vivimos. Esto aplica a todas las edades, es decir, a todas las etapas y transiciones 25 que conforman la vida humana, incluyendo la infancia, la adolescencia, la adultez temprana, la mediana edad, la vejez activa y la vejez dependiente" (p. 289). De esta manera, los estilos de vida se configuran como un entramado de decisiones que se toman dÃa a dÃa y que reflejan tanto la historia personal como las condiciones presentes.
Desde una mirada cualitativa, es posible captar la dimensión emocional de estos procesos, comprendiendo cómo las rutinas y los significados personales se entrelazan con factores sociales y culturales. La importancia del ciclo vital y del estilo de vida radica en que ambos conceptos subrayan que el desarrollo humano es un proceso dinámico, donde las elecciones y experiencias se ven influenciadas por factores biológicos, psicológicos y sociales que interactúan entre sà y con el entorno. Reconocer esta relación es fundamental para entender cómo los estilos de vida evolucionan y moldean modos de existencia que reflejan tanto la historia personal como las condiciones actuales, abriendo asà un espacio para intervenir en ámbitos como la salud, la educación y la transformación social.
Por lo anterior, explorar los estilos de vida exige mucho más que observar prácticas individuales; implica comprenderlas en relación con los contextos sociales donde se originan y cobran sentido. Toda investigación que aspire a explicar cómo se estructuran los modos de vida debe partir de una mirada situada, capaz de reconocer las particularidades de las poblaciones involucradas. Las formas de habitar el mundo, de establecer vÃnculos o de consumir no se desarrollan de manera aislada, sino que están condicionadas por factores que delimitan las posibilidades de acción y decisión de las personas.
Por ello, el análisis de los estilos de vida se enriquece cuando se vincula con un conocimiento de las poblaciones, pues permite descubrir no solo las prácticas visibles, sino también las tensiones y significados que atraviesan las comunidades. En este sentido, el enfoque poblacional no constituye un dato accesorio, sino una herramienta para comprender las dinámicas del bienestar. Como señala López (2004), la población "es el conjunto de personas u objetos de los que se desea conocer algo en una investigación" (p. 69). Este concepto resulta interesante al abordar el estudio de los estilos de vida, ya que conocer en detalle una población y sus patrones cotidianos facilita la comprensión de las razones y factores que los configuran. De esta manera, la identificación de la población objeto de estudio se convierte en un requisito indispensable para contextualizar y analizar integralmente las caracterÃsticas, motivaciones y comportamientos que conforman dichos estilos.
La comprensión de un estilo de vida se torna limitada si se analiza de manera aislada, sin considerar la pertenencia a grupos o comunidades especÃficas. Papalia y Martorell (2017) afirman que "toda persona se desarrolla en múltiples contextos: circunstancias o condiciones definidas en parte por la maduración y en parte por el tiempo y el lugar" (p. 17). Pertenecer a diferentes grupos (étnicos, generacionales, socioeconómicos, territoriales o de género) influye de manera significativa en la forma en que las personas experimentan y organizan su vida cotidiana. AsÃ, los estilos de vida presentan variaciones importantes según el contexto y la población analizada, pues factores estructurales inciden directamente en las oportunidades y limitaciones que enfrentan las personas.
Como señalan Papalia y Martorell (2017), la posición socioeconómica impacta los procesos y resultados del desarrollo a través de la calidad del entorno doméstico y comunitario, la nutrición, el acceso a servicios de salud y la escolarización. Ignorar estas condiciones materiales y simbólicas puede conducir a interpretaciones sesgadas, por lo que un enfoque integral es indispensable para comprender las dinámicas que configuran las prácticas cotidianas y sus implicaciones en salud, bienestar y equidad social.
Por otro lado, desde la perspectiva cualitativa resulta especialmente valiosa para escuchar las voces de las personas, reconstruir historias y comprender cómo, incluso en medio de la adversidad, se generan formas de resistencia, cuidado mutuo y reinvención cotidiana. Desde esta mirada, la investigación sobre estilos de vida se convierte en una herramienta para visibilizar desigualdades y promover horizontes de justicia social.
En este marco, la escuela emerge como un escenario privilegiado para observar cómo los sujetos construyen formas de vida en relación con su entorno. Más allá de su función pedagógica formal, la institución educativa es un espacio donde se expresan valores, se consolidan hábitos y se configuran modos de convivencia que inciden directamente en el desarrollo integral de niñas, niños y adolescentes. El estudio de los estilos de vida en este contexto permite abrir una mirada comprensiva hacia prácticas cotidianas que, aunque muchas veces pasan desapercibidas, son profundamente significativas. Indagar en estas dinámicas posibilita diseñar herramientas pedagógicas que reconozcan las trayectorias de vida de los estudiantes y acompañen procesos orientados al bienestar, la salud y la construcción de sentido.
El contexto escolar no es únicamente un lugar para la transmisión de conocimientos; es también un espacio donde se configuran rutinas, hábitos y modos de estar en el mundo. Campo-Ternesa et al. (2017) destacan que las etapas iniciales de la vida son cruciales para la formación y estabilidad de estilos de vida saludables: durante la niñez se establecen hábitos duraderos, mientras que en la adolescencia se consolidan y se incorporan nuevas prácticas propias de esa etapa social. En este sentido, el entorno escolar se convierte en un espacio donde se evidencian y confrontan diversos estilos de vida, haciendo visibles diferencias de clase, cultura o religión a través de prácticas cotidianas que no siempre son reconocidas ni valoradas.
Lorenzo y DÃaz (2019) afirman que el estilo de vida en el contexto educativo se refiere a las formas particulares de hábitos que las personas integran en su entorno, incluyendo alimentación, higiene personal, ocio, relaciones sociales, sexualidad, vida familiar y mecanismos de afrontamiento social. Por ello, la escuela ofrece oportunidades para la transformación mediante iniciativas como proyectos de vida, educación fÃsica y actividades artÃsticas, que promueven la reflexión colectiva y creativa sobre los estilos de vida. De este modo, el enfoque cualitativo posibilita documentar estas experiencias escolares, evaluar sus efectos y diseñar estrategias de intervención que fortalezcan procesos educativos orientados al bienestar. Investigar los estilos de vida en el contexto escolar permite también identificar mecanismos de inclusión y exclusión presentes en este contexto, abriendo la posibilidad de construir entornos más equitativos.
Por otra parte, hay que considerar que, los estilos de vida son manifestaciones de cómo las se adaptan, reaccionan y construyen sentido frente a los desafÃos de su época. No son meras elecciones individuales, sino construcciones complejas influenciadas por procesos socioculturales que atraviesan la cotidianidad. En la actualidad, estas formas de vivir están marcadas por múltiples interacciones entre lo personal y lo colectivo. Estudiarlas implica adentrarse en las maneras en que las personas configuran su identidad y sus prácticas en medio de cambios estructurales.
Uno de los factores que ha transformado con mayor fuerza los estilos de vida contemporáneos es la globalización cultural y económica. Evers (2024) señala que este fenómeno genera transformaciones en los significados, incrementa la diversidad cultural y la complejidad social, pero también produce procesos de diferenciación. AsÃ, se reproducen productos, imágenes, discursos y formas de vida que tienden a homogeneizar gustos, hábitos y aspiraciones. En este escenario, la expansión del mercado impulsa modelos de vida promovidos como ideales universales, sin considerar su pertinencia cultural, impacto social o sostenibilidad. Esto genera una tensión constante entre lo local y lo global, entre la afirmación de identidades propias y la presión por ajustarse a estándares externos. En este sentido, como menciona Valadez-Figueroa, Vargas-Valadez & Fausto-Guerra (2015) la globalidad se entiende como el conjunto de transformaciones estructurales que modifican las costumbres, patrones de conducta y modos de vida de individuos y grupos sociales dentro de la sociedad.
Por lo anterior, la investigación cualitativa ofrece una oportunidad para explorar las tensiones que emergen entre prácticas tradicionales y aquellas influenciadas por dinámicas globalizadas, asà como para identificar qué estilos de vida se legitiman y cuáles permanecen invisibilizados. Este enfoque concibe el estilo de vida como un espacio de disputa simbólica donde convergen identidades, valores y proyectos de vida. En esta lÃnea, "se hace necesario ampliar los estudios del fenómeno desde la perspectiva del desarrollo humano en el marco del ciclo vital, para comprender cómo los estudiantes se adaptan a este nuevo paradigma y superan los retos y problemas que se presentan a lo largo de la vida cotidiana en este mundo globalizado que vivimos" (De Souza Martins & Figueroa- ángel, 2020, p. 308).
Igualmente, comprender los estilos de vida en contextos especÃficos exige una mirada crÃtica sobre los enfoques y herramientas utilizadas en su estudio. Más allá de registrar hábitos o conductas, investigar los estilos de vida implica aproximaciones que permitan captar el significado que sostienen las acciones individuales y colectivas. Esto demanda reflexionar sobre los métodos de recolección de datos y los marcos interpretativos que orientan la construcción del conocimiento.
En el caso colombiano, es fundamental considerar la adecuación cultural de los instrumentos de evaluación. Aunque cuestionarios como el Fantástico, PAR-Q, IPAQ y el Pentágono del Bienestar son ampliamente utilizados, es necesario ajustarlos al contexto local para que respondan a las caracterÃsticas sociales y culturales de la población (Cano et al., 2016). Solo asà se podrán generar diagnósticos e intervenciones pertinentes que reconozcan la diversidad de realidades y prácticas.
El estilo de vida se configura como una construcción relacional, simbólica y contextual, lo que exige instrumentos que permitan acceder a la lógica de las prácticas y a las experiencias de los sujetos. Como señalan Sánchez-Vega y Espinoza-Ortega (2024), en el estudio de los estilos de vida se emplean tanto técnicas cualitativas como cuantitativas. En temas relacionados con la salud, por ejemplo, los resultados suelen presentarse mediante frecuencias, porcentajes y medidas de tendencia central; sin embargo, algunos estudios incorporan descripciones cualitativas para comprender la distribución de la muestra y las diferencias entre variables.
Las herramientas cualitativas, como entrevistas en profundidad, relatos de vida, observación participante y grupos focales, permiten construir conocimiento desde la voz y la experiencia de quienes viven las realidades estudiadas. Estas técnicas ofrecen acceso a dimensiones que escapan a la cuantificación, posibilitando no solo describir comportamientos, sino también interpretar sentidos e identificar procesos. Tal como lo señala Plata (2007), "la distinción entre investigación cualitativa y cuantitativa se refiere a diferencias en las técnicas usadas para resolver el problema de investigación que se tiene entre manos. Por un lado, aquellas comúnmente entendidas como de un corte narrativo y detallado en la descripción. Y del otro, aquellas que usan herramientas formales - estadÃstica, construcción de modelos, simulación" (p. 217).
Investigar los estilos de vida permite comprender cómo las personas configuran sus prácticas cotidianas en relación con sus contextos, trayectorias y vÃnculos sociales, revelando construcciones dinámicas mediadas por factores culturales y poblacionales. Esto requiere enfoques cualitativos que capten los significados profundos de las acciones, asà como instrumentos contextualizados que reconozcan la diversidad de experiencias. Vincular los estilos de vida con el ciclo vital, las caracterÃsticas de las poblaciones y espacios formativos como la escuela evidencia su valor para interpretar las tensiones del mundo contemporáneo y proponer intervenciones orientadas al buen vivir. De esta manera, estudiar los estilos de vida no solo amplÃa la comprensión del ser humano en sociedad, sino que también ofrece herramientas para transformar y mejorar hábitos que inciden en la salud, la educación y la convivencia.
La investigación cualitativa orientada al estudio de los estilos de vida en contextos escolares se despliega en escenarios diversos, donde conviven desafÃos significativos y oportunidades prometedoras. Entre los principales retos se encuentran la complejidad multidimensional del concepto, las limitaciones estructurales en distintos contextos, la predominancia histórica de los análisis cuantitativos y el alto rigor ético que exige este enfoque. Sin embargo, también emergen oportunidades valiosas, como la posibilidad de profundizar en las experiencias, innovar en la diversidad metodológica y aprovechar el desarrollo de nuevas tecnologÃas. Explorar estas tensiones no solo permitirá reinventar el campo de la investigación sobre estilos de vida, sino que contribuirá a consolidarlo como un pilar para la transformación educativa, generando conciencia sobre las realidades que configuran el buen vivir en el futuro.
El primer desafÃo radica en la naturaleza compleja y multidimensional del concepto. Los estilos de vida no pueden reducirse a hábitos o comportamientos aislados; son construcciones dinámicas que integran factores biológicos, psicológicos y sociales, los cuales interactúan en escenarios especÃficos. Comprender esta confluencia exige aproximaciones que reconozcan cómo los procesos individuales se entrelazan con los entornos, configurando prácticas que se transforman a lo largo del desarrollo. Como señala la OMS (2020), estas interacciones producen cambios en actitudes y comportamientos, lo que evidencia la necesidad de captar la relación entre emociones, condiciones socioeconómicas, vÃnculos sociales y contextos escolares.
Otro desafÃo relevante es la supremacÃa de los análisis cuantitativos en la investigación sobre estilos de vida. Durante décadas, los estudios han privilegiado cuestionarios y escalas que miden la frecuencia de ciertas conductas, como Fantástico, PAR-Q, IPAQ y el Pentágono del Bienestar, sin considerar las particularidades culturales y sociales de los individuos (Cano et al., 2016). Superar esta hegemonÃa implica demostrar que la investigación cualitativa no solo complementa, sino que enriquece la comprensión del fenómeno, aportando perspectivas situadas y significativas. Como afirman De la Roche, Estupiñán y Pulido (2021), este enfoque "permite generar aportes que tienen repercusiones en la transformación de la realidad social actual, trascendiendo suficientemente las restricciones que afrontaba la investigación en el campo de las ciencias sociales, por mucho tiempo supeditado a los resultados cuantitativos, métodos propios de las ciencias naturales" (p. 26).
A ello se suman las limitaciones estructurales e institucionales presentes en América Latina. López-de Parra, Polanco-Perdomo y Correa-Cruz (2017) advierten sobre la escasa cultura investigativa, la falta de promoción para formular proyectos y el insuficiente apoyo de instituciones públicas y privadas. Estas condiciones afectan especialmente a los estudios cualitativos, que requieren recursos para trabajo de campo y estrategias participativas en comunidades escolares. Sin tiempo ni financiamiento, el potencial transformador de este enfoque se ve restringido.
El rigor ético constituye otro desafÃo esencial. Viorato y Reyes (2019) señalan que "la investigación cualitativa necesita procedimientos que permiten evaluar el rigor y la calidad cientÃfica en estudios a través de la credibilidad, auditabilidad, conformabilidad y transferibilidad" (p. 40). Cumplir con estos criterios demanda procesos cuidadosos que garanticen la autenticidad y la protección de los participantes. Como advierten Koepsell y Ruiz De Chávez (2017), la falta de rigor ético puede generar irregularidades que comprometan la credibilidad del investigador y la validez del estudio.
Frente a estos retos, se abren oportunidades que fortalecen la producción de conocimiento. La investigación cualitativa permite profundizar en las experiencias y prácticas mediante métodos que recogen las voces y sentidos que los sujetos otorgan a sus hábitos cotidianos.
Para Mira et al. (2004, p. 162) mencionan que la investigación cualitativa "aborda la realidad desde una perspectiva holÃstica e intenta comprenderla o describirla sin recurrir para ello a formular hipótesis (que luego se contrastarán), establecer medidas objetivas, controlar exhaustivamente todas las variables o realizar una selección azarosa de los sujetos participantes". Esta caracterÃstica ofrece la posibilidad de comprender realidades complejas en un campo tan amplio como los estilos de vida en el contexto educativo.
Asimismo, la diversidad metodológica constituye una oportunidad en expansión. Más allá de las técnicas tradicionales, los investigadores pueden incorporar herramientas innovadoras que integren estrategias pedagógicas y tecnológicas. Cadena-Iñiguez et al. (2017) proponen el uso de historias de vida, análisis de contenido, diarios audiovisuales y otras técnicas que permiten capturar fenómenos contemporáneos como la conectividad y el uso de dispositivos móviles en el aula, elementos que forman parte integral del estilo de vida de los estudiantes. Incorporar estas metodologÃas acerca la investigación a las realidades actuales y favorece la construcción de propuestas educativas más pertinentes.
Un elemento que abre posibilidades innovadoras en la investigación cualitativa sobre estilos de vida es la incorporación de la tecnologÃa como recurso metodológico. El desarrollo de plataformas digitales ha permitido crear herramientas que facilitan el estudio en contextos diversos, ampliando las fronteras del trabajo investigativo. En este sentido, surge la "e-Research" como un avance metodológico que utiliza las tecnologÃas de la información y la comunicación (TIC) para promover la colaboración a distancia, acceder a datos remotos y optimizar la eficiencia de los procesos investigativos, con el propósito de generar nuevo conocimiento (Allan, 2009). Esta tendencia representa una oportunidad para comprender los estilos de vida de los estudiantes mediante instrumentos tecnológicos que enriquecen la mirada del investigador y acercan la investigación a las realidades contemporáneas.
En definitiva, el horizonte que enfrenta la investigación cualitativa sobre estilos de vida en contextos escolares es complejo y está lleno de retos. Sin embargo, este camino también ofrece oportunidades para repensar y reinventar la manera en que entendemos los hábitos y prácticas en la escuela. La integración de enfoques cualitativos con herramientas tecnológicas y metodologÃas innovadoras abre la posibilidad de construir conocimientos más contextualizados, orientados a impulsar cambios significativos en el bienestar escolar. AsÃ, la investigación deja de ser un ejercicio meramente descriptivo para convertirse en un espacio de transformación que reconoce la diversidad, promueve la equidad y contribuye a la construcción de entornos educativos más humanos y sostenibles.
En sÃntesis, los desafÃos y oportunidades que enfrenta la investigación cualitativa sobre estilos de vida en contextos escolares invitan a reflexionar sobre la necesidad de enfoques integrales, éticos e innovadores. Superar las limitaciones y aprovechar las potencialidades permitirá avanzar hacia una comprensión más profunda del fenómeno y hacia la creación de estrategias que promuevan el bienestar y la equidad en la vida escolar.
La investigación cualitativa sobre los estilos de vida en el contexto escolar se presenta como una vÃa privilegiada para comprender los múltiples factores que configuran la cotidianidad y el desarrollo humano. A lo largo de este apartado se ha evidenciado que los estilos de vida no son realidades estáticas ni universales; son construcciones sociales, culturales y simbólicas que expresan la manera en que las personas organizan su tiempo, se relacionan con otros y toman decisiones sobre su cuerpo, salud, emociones y entorno. Analizarlos implica ir más allá de la observación de conductas o patrones generalizables: supone adentrarse en los significados, narrativas y experiencias que les dan sentido y que se transforman dÃa a dÃa.
Durante décadas, los enfoques cuantitativos han dominado la investigación en este campo, aportando indicadores útiles para la salud y la educación. Sin embargo, estas aproximaciones suelen reducir la complejidad de las experiencias humanas a categorÃas rÃgidas. Frente a ello, el enfoque cualitativo ofrece una mirada más profunda, centrada en los contextos y en las voces de los sujetos, permitiendo reconstruir trayectorias y comprender cómo las personas interpretan sus prácticas cotidianas.
En el escenario actual, marcado por la globalización, el avance tecnológico y la fragmentación cultural, los estilos de vida se ven atravesados por tensiones entre lo local y lo global, entre lo tradicional y lo emergente. Esta pluralidad exige metodologÃas capaces de captar la diversidad y fluidez de los modos de vivir contemporáneos. La investigación cualitativa, al enfocarse en discursos, sÃmbolos y relaciones, se convierte en una herramienta indispensable para comprender cómo se construye sentido en medio de transformaciones aceleradas.
La escuela, como espacio de socialización y formación, ocupa un lugar central en este análisis. Es allà donde se configuran y disputan estilos de vida, especialmente durante la infancia y la adolescencia, etapas decisivas para la adquisición de hábitos saludables y sostenibles. Más allá de transmitir contenidos, la institución educativa puede convertirse en un laboratorio social que promueva el bienestar fÃsico, emocional y cultural, fortaleciendo identidades y fomentando la reflexión crÃtica.
Esta mirada nos conduce a reconocer la naturaleza biopsicosocial de los estilos de vida, entendidos como el resultado de interacciones complejas entre factores biológicos, psicológicos y sociales. Los hábitos no surgen en el vacÃo: se construyen a partir de emociones, relaciones, condiciones materiales y contextos culturales. Esta comprensión abre posibilidades para intervenir pedagógicamente, transformando prácticas dañinas y promoviendo valores orientados al cuidado y la equidad.
No obstante, este enfoque enfrenta desafÃos importantes. La multidimensionalidad del concepto exige flexibilidad metodológica y apertura interdisciplinaria. A ello se suman limitaciones institucionales, escasa financiación y la persistencia de paradigmas positivistas que dificultan la consolidación de investigaciones cualitativas. Además, el rigor ético es un requisito ineludible, pues garantizar la credibilidad y la protección de los participantes es fundamental para la validez del conocimiento generado.
A pesar de estas dificultades, las oportunidades son amplias. La investigación cualitativa permite innovar en técnicas como entrevistas abiertas, relatos de vida, observación participante y análisis narrativo. El desarrollo tecnológico añade nuevas herramientas para documentar y analizar información, favoreciendo la colaboración remota y la creación de conocimiento en entornos digitales. Estas posibilidades acercan la investigación a las realidades contemporáneas y potencian su impacto en la educación.
Por lo anterior, el análisis cualitativo de los estilos de vida no debe entenderse como un ejercicio meramente académico, sino como un compromiso con la transformación social. Comprender cómo las personas organizan su existencia y construyen sus identidades abre caminos para diseñar polÃticas y programas educativos que respondan a las necesidades reales de las comunidades. La escuela, en este horizonte, puede convertirse en un espacio activo donde se cuestionen desigualdades, se fortalezcan vÃnculos y se cultive el pensamiento crÃtico. Escuchar las voces, interpretar las narrativas y visibilizar las experiencias situadas es, sin duda, el primer paso hacia una educación más humana y hacia la construcción de sociedades más justas y sostenibles.
Fortalecer esta lÃnea de investigación (estilos de vida en el contexto escolar) no solo es pertinente, sino urgente. Vivimos en un mundo dinámico, atravesado por fenómenos globales y desafÃos sin precedentes, que exige una ciencia social capaz de ir más allá de la descripción y asumir un compromiso ético con la transformación de la realidad. La investigación cualitativa sobre estilos de vida se presenta como una oportunidad para intervenir en las estructuras que limitan el bienestar, reconocer a cada individuo como protagonista de cambio y construir, desde la educación, futuros más humanos, diversos y equitativos.
Este enfoque invita a repensar la escuela como un espacio activo, no solo para transmitir conocimientos, sino para formar ciudadanos crÃticos, conscientes y capaces de resignificar sus prácticas cotidianas. Comprender cómo se configuran los estilos de vida en la infancia y la adolescencia abre caminos para diseñar estrategias que promuevan el cuidado, la equidad y la convivencia. AsÃ, la investigación deja de ser un ejercicio aislado y se convierte en una herramienta para transformar realidades, orientar polÃticas y fortalecer comunidades.
En definitiva, apostar por esta perspectiva es apostar por una educación que dialogue con la vida, que reconozca la diversidad y que impulse el bienestar colectivo. Es el camino para que las próximas generaciones crezcan en entornos donde la salud, la justicia, la equidad y la sostenibilidad no sean ideales lejanos, sino prácticas cotidianas que den sentido a la existencia.
*Pontificia Universidad Javeriana, Licenciatura en Educación Infantil, ssofia_delgado@javeriana.edu.co
**Pontificia Universidad Javeriana, Licenciatura en Educación FÃsica, ls.morenob@javeriana.edu.co
***Pontificia Universidad Javeriana, Licenciatura en Educación FÃsica, lopez-ca@javeriana.edu.co
****Universidad Santo Tomás, Dirección de Humanidades, sandraposada@usta.edu.co
*****Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Educación, mdesouzamartins@javeriana.edu.co
Citación APA:
Delgado Merchán, S., Moreno Bernal, L., López Franco, C., Posada-Bernal, S., & De Souza Martins, M. (2026). La investigación en los estilos de vida. En De Souza Martins, M., & Posada-Bernal, S. (Coord.), Reflexiones sobre los estilos de vida en el contexto escolar (pp. 18-36). Editora ACODESI. https://acodesi.co/reflexiones-sobre-los-estilos-de-vida-en-el-contexto-escolar

Sara Sofia Delgado Merchan*
Luis Santiago Moreno Bernal**
Cristian Andrés López Franco***
Sandra Posada-Bernal****
Marlucio De Souza Martins*****
Comprender los estilos de vida desde una perspectiva cualitativa en el contexto escolar no solo amplÃa el horizonte de la investigación educativa, sino que también invita a repensar la función de la escuela como espacio de cuidado y bienestar. ¿Cómo integrar estas reflexiones en la práctica pedagógica cotidiana? ¿Qué estrategias pueden favorecer la construcción de hábitos saludables y sostenibles en entornos educativos? Estas preguntas abren el camino hacia una educación que no se limite a transmitir conocimientos, sino que enseñe a vivir con salud, sentido y equilibrio.
Este apartado tiene como propósito presentar un enfoque metodológico cualitativo para el estudio de los estilos de vida en el contexto escolar, ofreciendo una comprensión de este fenómeno. A diferencia de la literatura cuantitativa, que en ocasiones se limita a describir tendencias mediante análisis estadÃsticos, la investigación cualitativa permite explorar las prácticas, experiencias y significados que subyacen a los comportamientos cotidianos, revelando dimensiones que suelen quedar ocultas tras los números.
La propuesta busca demostrar que la investigación cualitativa aporta una mirada contextualizada y rica en matices sobre los estilos de vida en la escuela, al promover narrativas que desvelan realidades complejas y relaciones entre los actores educativos. Este enfoque invita a docentes, investigadores y demás agentes sociales a reflexionar sobre los estilos de vida actuales, comprendiendo que su análisis no debe reducirse a indicadores, sino abrirse a perspectivas que permitan entender cómo se configuran hábitos y comportamientos en la vida escolar.
De este modo, se busca generar nuevas miradas sobre los estilos de vida en el contexto educativo, provocando ideas y diseños que faciliten el análisis de prácticas presentes en la cotidianidad escolar. Este ejercicio no solo contribuye al desarrollo de investigaciones integrales, sino que también orienta la reconfiguración de hábitos y comportamientos hacia el buen vivir, bien común hacia el desarrollo de la calidad de vida futura.
En los últimos años, el concepto de estilo de vida ha adquirido relevancia en los ámbitos educativos, sociales y académicos. Los cambios acelerados de la sociedad contemporánea han transformado patrones culturales y hábitos de consumo, generando prácticas que modifican la manera en que las personas viven y se relacionan. Como señalan Alva y Castillo (2018), los estilos de vida se refieren a un conjunto de comportamientos y hábitos adoptados por las personas, cuyos valores pueden favorecer la salud o deteriorarla, según la forma en que se desarrollen. Por ello, no pueden entenderse de manera aislada, sino como parte integral del individuo, en interacción con factores socioeconómicos, culturales y educativos que configuran la salud, la calidad de vida y las posibilidades de desarrollo.
Investigar sobre estilos de vida responde a un interés global, dado que se trata de un fenómeno complejo que puede incidir en el desarrollo individual y comunitario del ser humano a corto y largo plazo. Esta reflexión se sustenta en la comprensión de que "el ser humano es un ser biopsicosocial, inmerso en interacción constante con su entorno; aprende de acuerdo con sus percepciones individuales" (Galindo, 2017, p. 147). La perspectiva biopsicosocial recuerda que cada hábito está entrelazado con tres dimensiones: biológica, psicológica y social, lo que permite entender la variabilidad de comportamientos en relación con el contexto.
Esta visión establece una conexión entre desarrollo humano, ciclo vital y estilos de vida, vinculada a la salud y la calidad de vida, donde los cambios de comportamiento pueden afectar el bienestar (Harris, 2019). Factores propios de la vida moderna han alterado significativamente los estilos de vida, generando impactos en la salud y en el entorno social.
Por lo anterior, fenómenos como la globalización han promovido la homogeneización de hábitos, impulsando patrones de consumo relacionados con la alimentación y el ocio, que transforman comunidades, donde "la modernización [...] ha llegado a un nuevo nivel de \'posmodernismo\' que se caracteriza por un sinnúmero de mundos, de estilos de vida heterogéneos de gran diversidad y fluidez, pérdida de la legitimidad de meta historias y falta de identidad" (Evers, 2024, p. 4).
A ello se suman procesos recientes como la pandemia por COVID-19, que alteró de manera abrupta rutinas y comportamientos, afectando la alimentación, la actividad fÃsica, el sueño y las interacciones sociales. Según Arroyo-Helguera, Miranda-Contreras y Palma-Jacinto (2023), "la pandemia de COVID-19 modificó significativamente los estilos de vida en la población, de los cuales el más influyente fue la disminución de la actividad fÃsica, la sobre ingesta calórica y el desapego a la dieta" (p. 691).
Ante estos cambios, la escuela adquiere un papel protagónico como espacio de formación integral en el marco del desarrollo del ciclo vital humano. Su influencia en la configuración de hábitos y comportamientos es decisiva, especialmente en las primeras etapas de vida, consideradas crÃticas para la adquisición y consolidación de estilos de vida saludables (Campo-Ternesa et al., 2017). Cuando la escuela se involucra activamente en este proceso, se convierte en un agente transformador que incide el bienestar presente y futuro de los individuos (De Souza Martins & Figueroa-ángel, 2020).
La etapa escolar, particularmente la infancia y la adolescencia, es el momento más propicio para establecer hábitos que perduren en el tiempo. La adolescencia, además, constituye la fase de consolidación de comportamientos adquiridos en la infancia y de incorporación de nuevas formas de vida que se reproducen en distintos espacios de socialización (Campo- Ternesa et al., 2017).
En concordancia con lo anteriormente mencionado, en el contexto escolar, se evidencia la necesidad de abordar el estudio de los estilos de vida desde una perspectiva integral, que no solo permita comprender sus dinámicas, sino también generar posibilidades de intervención. Esta urgencia responde a la complejidad del fenómeno y a su incidencia en la formación humana y comunidades educativas. No obstante, la tendencia predominante en la investigación sobre este tema ha privilegiado enfoques metodológicos de carácter cuantitativo, orientados principalmente al análisis estadÃstico y la verificación de hipótesis. Tal como señalan Vega-Malagón et al. (2014), este enfoque "utiliza el análisis de datos para contestar una o varias preguntas de investigación y probar las hipótesis establecidas previamente" (p. 525).
De acuerdo con los mismos autores, la metodologÃa cuantitativa "confÃa en la medición numérica, el conteo y frecuentemente en el uso de la estadÃstica para establecer con exactitud patrones de comportamiento en una población" (Vega-Malagón et al., 2014, p. 525). Esta aproximación, aunque valiosa para identificar tendencias generales, ofrece una mirada más numérica que contextual, pues se centra en poblaciones representativas y deja en segundo plano las experiencias cotidianas y los significados que configuran la vida escolar.
Frente a ello, este texto propone una aproximación cualitativa al estudio de los estilos de vida, orientada a comprender las dimensiones subjetivas y sociales que intervienen en su construcción. Como lo expresan Vega-Malagón et al. (2014), este enfoque busca "reconstruir la realidad" (p. 256), privilegiando la interpretación del contexto y las interacciones que dan sentido a las prácticas cotidianas. De esta manera, se abre la posibilidad de reflexionar sobre cómo los estilos de vida se configuran en escenarios educativos, no solo como hábitos, sino como expresiones culturales y éticas que inciden en la calidad de vida y en el buen vivir.
De este modo, la intención es ofrecer una mirada amplia y crÃtica sobre el tema, resaltando las potencialidades del enfoque cualitativo para comprender las transformaciones que atraviesan la vida moderna y sus implicaciones en la escuela. En este sentido, se reconoce que el estudio de los estilos de vida debe ser pionero en la interpretación de los cambios sociales y en la resignificación de prácticas que orienten hacia entornos más humanos y sostenibles.
Para lograrlo, este apartado se organiza en varias secciones. En primer lugar, contexto de investigación sobre estilos de vida (estado del arte) presentará un panorama de los estudios recientes, destacando las metodologÃas empleadas y su evolución en el ámbito escolar. Posteriormente, en relevancia de investigar estilos de vida, se argumentará la pertinencia de esta perspectiva para comprender las dinámicas socioculturales y educativas.
Más adelante, en desafÃos y oportunidades se analizarán las limitaciones y posibilidades que ofrece el enfoque cualitativo, proponiendo rutas innovadoras para responder a los retos contemporáneos. Finalmente, se presentará consideraciones orientadas a abrir el debate sobre la necesidad de diversificar las metodologÃas en el estudio de los estilos de vida.
Si bien la investigación educativa ha privilegiado históricamente los métodos cuantitativos por su capacidad para generar análisis estadÃsticos, hoy se reconoce una oportunidad significativa para incorporar miradas cualitativas que permitan comprender la riqueza de las experiencias y prácticas que configuran los estilos de vida. En este sentido, se plantea que la investigación cualitativa no solo aporta profundidad interpretativa, sino que también contribuye a transformar la manera en que concebimos la vida escolar, integrando dimensiones éticas, culturales y sociales que son esenciales para la formación integral.
El análisis de los estilos de vida ha adquirido una relevancia creciente en la comprensión de las transformaciones sociales, culturales y personales que caracterizan la contemporaneidad. Este concepto no puede reducirse a simples elecciones individuales; por el contrario, se configura como una construcción social que expresa maneras particulares de habitar el mundo, establecer vÃnculos, organizar el tiempo y otorgar sentido a la cotidianidad. Se trata de una categorÃa dinámica y contextual que articula dimensiones biológicas, psicológicas y simbólicas, permitiendo comprender cómo factores como la cultura, la clase social, el género, el entorno, la tecnologÃa o la espiritualidad inciden en la forma en que las personas viven.
Desde esta perspectiva, estudiar los estilos de vida implica ir más allá de la descripción de hábitos o comportamientos. Supone interpretar significados y reconocer trayectorias vitales en diálogo con los contextos donde se desarrollan. Esta comprensión resulta fundamental para proponer rutas de transformación coherentes con los desafÃos actuales, especialmente en ámbitos como la educación, la salud, el bienestar y la vida comunitaria.
En efecto, los estilos de vida han pasado de ser entendidos como prácticas individuales a concebirse como construcciones sociales que reflejan modos de vinculación, organización del tiempo y configuración de afectos y deseos. De Souza Martins y Figueroa ángel (2020) sostienen que los estilos de vida son acciones cotidianas que reflejan actitudes y valores de la persona que están relacionados directamente con el desarrollo hacia la calidad de vida. Esta definición permite comprender que las rutinas, decisiones y sentidos que estructuran la vida cotidiana están atravesados por condiciones sociales, económicas y culturales que no solo delimitan posibilidades, sino que también moldean significados. AsÃ, el estilo de vida puede interpretarse como un relato de identidad y una respuesta simbólica a las exigencias del mundo contemporáneo.
En este marco, es necesario reconocer que los estilos de vida no son elecciones aisladas, sino prácticas profundamente mediadas por contextos históricos y culturales. Como afirma Podestá (2006), "la cultura es mayor por su misma naturaleza: la persona nace en una cultura y se inserta en ella por medio de sus padres o familiares más cercanos.
La cultura transmitida por el origen social contiene los valores que la persona llevará durante el resto de su vida" (p. 33). De ahà que comprender los estilos de vida implique considerar el entorno material y simbólico, las trayectorias vitales, los referentes culturales y las condiciones estructurales que determinan el acceso o la restricción a ciertos modos de vivir.
Por ello, el análisis debe integrar aspectos como clase social, género, lugar de residencia, origen étnico y experiencias familiares. Cada persona construye su forma de vivir en un entramado de relaciones y situaciones sociales que influyen en sus decisiones, pero que también le ofrecen oportunidades para resignificar y transformar su cotidianidad. En este sentido, investigar los estilos de vida no es solo una tarea académica, sino también una práctica cultural y ética. Comprender cómo las personas organizan su vida cotidiana, cómo resignifican su cuerpo, sus emociones y sus vÃnculos frente a los cambios contemporáneos, permite imaginar rutas de transformación más coherentes con los retos actuales. Bronfenbrenner (1987) lo expresa claramente al señalar que el desarrollo humano implica una adaptación progresiva y mutua entre el individuo y los entornos que lo rodean.
AsÃ, la investigación sobre estilos de vida no se limita a describir lo que las personas hacen, sino que busca interpretar qué significa para ellas hacerlo en un tiempo y lugar determinados. Este enfoque invita a escuchar las voces de quienes viven esas prácticas, reconociendo sus emociones, pensamientos y aspiraciones. Solo asà es posible proponer estrategias que mejoren la calidad de vida respetando la diversidad y singularidad de cada persona.
En consecuencia, se requiere una aproximación que asuma la complejidad del fenómeno, articulando saberes provenientes de distintas disciplinas. El carácter cambiante de los estilos de vida, influido por procesos como la globalización, la aceleración tecnológica, las crisis ambientales y el debilitamiento de los vÃnculos comunitarios, demanda herramientas que permitan promover estilos de vida saludables y sostenibles, adaptados a cada contexto. Como advierte Budhathoki (2025), "la cultura promueve la autoexpresión y el desarrollo de la identidad, pero también plantea importantes preocupaciones respecto a la sostenibilidad, la equidad y las implicaciones a largo plazo de un estilo de vida impulsado por el consumo" (p. 176). Esto evidencia que no existe un modelo único de vida ideal; cada persona y comunidad debe construir formas de vivir que respondan a sus realidades y aspiraciones.
Este análisis no puede evadir los elementos que configuran la vida contemporánea, como la hiperconectividad y los procesos que tienden a homogeneizar las particularidades culturales y personales. Evers (2024) advierte que las repercusiones sociales y culturales derivadas de la globalización son complejas y difÃciles de comprender, pues generan transformaciones en los significados y en las prácticas cotidianas, al tiempo que emergen procesos de diferenciación. Todo ello se refleja en los estudios sobre consumo y estilos de vida.
En este escenario, los estilos de vida se convierten en un espacio donde conviven formas tradicionales, emergentes, adaptativas y disruptivas de vivir la cotidianidad. 22 Comprender esta diversidad es esencial para interpretar el desarrollo humano en el marco del ciclo vital y los cambios del mundo actual. Las costumbres, tecnologÃas y culturas se entremezclan y transforman, configurando nuevas maneras de ser y estar en el mundo. Por ello, estudiar los estilos de vida no solo ayuda a entender cómo enfrentamos estos cambios, sino también a imaginar estrategias que favorezcan el bienestar y la sostenibilidad en la vida escolar y comunitaria.
Por lo anterior, analizar los estilos de vida en relación con el ciclo vital implica reconocer que cada etapa del desarrollo humano está marcada por variabilidad e individualidad. Como señalan Cotrina y RodrÃguez (2014), es necesario considerar "las diferentes etapas, considerando que la variabilidad e individualidad de cada persona, establecen su propio estilo de vida, el cual está Ãntimamente relacionado con la salud, las relaciones sociales, el trabajo, la vida sexual y otros, influenciados también por los diferentes factores que intervienen en su crecimiento" (p. 20). Esta afirmación nos invita a comprender que el estilo de vida no constituye una categorÃa homogénea ni estática, sino una construcción dinámica que responde a múltiples dimensiones del desarrollo humano. La salud y las relaciones sociales, como elementos articuladores, evidencian su carácter profundamente biopsicosocial y contextual.
Desde la perspectiva biopsicosocial, se entiende que lo biológico, lo psicológico y lo social interactúan de manera inseparable. ElÃo-Calvo (2023) explica que los factores biomédicos, psicológicos y sociales actúan conjuntamente: los psicológicos abarcan emociones, niveles de ansiedad y conductas, mientras que los sociales incluyen relaciones personales y familiares, redes de apoyo, creencias culturales, comunidad, entorno ambiental y situación socioeconómica. Esta interacción muestra que los elementos no operan de forma aislada; por el contrario, se influyen mutuamente. Lo que sentimos, nuestro cuerpo y el lugar donde vivimos están conectados. Un entorno adverso, por ejemplo, puede afectar la manera en que una persona se siente y actúa.
En este sentido, "las experiencias biopsicosociales son vitales para fortalecer los estilos de vida saludables en la comunidad educativa [...] la diversidad de concepciones sobre la salud y el bienestar destaca la importancia de abordar estos temas de manera holÃstica, considerando los contextos culturales y sociales especÃficos" (Barilla, 2024, p. 4123). Cada individuo interpreta la salud y el bienestar desde su cultura, entorno y experiencias, lo que exige que en la escuela se aborden estas cuestiones con una mirada inclusiva y contextualizada. Solo asà es posible construir estilos de vida saludables que respondan a las necesidades reales de cada comunidad educativa.
Por otro lado, aunque gran parte de las investigaciones sobre estilos de vida se han centrado en aspectos como el bienestar fÃsico, la alimentación saludable o la prevención de enfermedades, es necesario ampliar la mirada para incluir dimensiones como la espiritualidad, la sostenibilidad, la salud mental y el cuidado colectivo. Gómez-Acosta (2018) afirma que "la interacción entre las creencias saludables y los factores psicológicos pueden predecir tanto la salud mental positiva como el estilo de vida saludable" (p. 161).
Estas dimensiones emergentes permiten comprender nuevas sensibilidades y aspiraciones que influyen en las decisiones cotidianas. La forma en que vivimos refleja lo que creemos, sentimos y valoramos; por ello, incluir estas perspectivas es clave para entender la complejidad del fenómeno. Estudiar los estilos de vida, entonces, no se limita a describir hábitos, sino que implica analizar las tensiones entre discursos y prácticas, entre individualismo y comunidad. Nahas (2017) advierte que "la percepción del bienestar puede variar entre personas con caracterÃsticas individuales y condiciones de vida similares, lo que sugiere la existencia de un filtro personal en la interpretación de los indicadores de calidad de vida" (p. 16). Esto nos invita a reconocer que cada estilo de vida encierra una ética, una visión del mundo y una propuesta de futuro. Comprenderlos es acercarse a los sueños, valores y esperanzas de cada ser humano.
En definitiva, los estilos de vida son una categorÃa dinámica, influenciada por factores sociales, polÃticos, culturales y por dimensiones biológicas y psicológicas. Ampliar el enfoque es indispensable para comprender cómo configuran formas de existencia que no solo responden a las condiciones actuales, sino que proyectan horizontes de transformación. Desde esta perspectiva integral, su estudio se convierte en una herramienta fundamental para repensar la vida en comunidad, la educación, la salud y la equidad. Analizar los estilos de vida nos ayuda a entender cómo afectan tanto a las personas como a la sociedad en su conjunto. Si logramos interpretarlos con profundidad, podremos diseñar estrategias que favorezcan una educación humana, una salud integral y comunidades más justas y solidarias.
Comprender los estilos de vida implica reconocerlos como expresiones complejas de decisiones, hábitos y significados que las personas construyen en su vida cotidiana. No se trata únicamente de observar conductas aisladas, sino de interpretar cómo estas prácticas se articulan con necesidades, valores, creencias y posibilidades concretas. Desde esta perspectiva, los estilos de vida se convierten en una oportunidad para analizar la manera en que el ser humano otorga sentido a sus acciones. Estudiarlos permite identificar patrones comunes y particularidades que revelan modos diversos de vivir, abriendo caminos para comprender mejor las experiencias humanas y generar propuestas que favorezcan el bienestar integral en diferentes etapas del desarrollo.
Investigar los estilos de vida es una necesidad impostergable en los contextos escolares contemporáneos, no solo por su incidencia en el bienestar fÃsico, emocional y social, sino porque constituye una vÃa para entender cómo las personas organizan su existencia en relación con el entorno, la cultura, la economÃa y las tecnologÃas. Pelayo, Gómez y César (2023) señalan que los estilos de vida no solo forman parte de la construcción de nuestra identidad, sino que también inciden en la salud y en la calidad de nuestras interacciones sociales. Esto evidencia que los estilos de vida no son simples expresiones individuales, son reflejo de estructuras profundas, valores colectivos y posibilidades materiales y simbólicas que se manifiestan en lo cotidiano. Indagar sobre ellos implica cuestionar las formas de habitar el mundo, de construir vÃnculos y de otorgar sentido a la vida misma.
Los estilos de vida están estrechamente relacionados con fenómenos como la salud pública, los contextos sociales, la calidad educativa y la sostenibilidad ambiental. En este sentido, "es importante comprender que estos hábitos, derivados del estilo de vida y practicados con frecuencia, pueden acarrear beneficios o consecuencias para la salud de la persona" (Delgado et al., 2025, p. 51). Por ello, no es posible transformar estos ámbitos sin comprender previamente cómo viven las personas, qué decisiones toman en su dÃa a dÃa y cuáles son las razones que las sustentan. Desde la alimentación hasta el uso del tiempo libre, desde las prácticas digitales hasta los modos de descanso, cada dimensión del estilo de vida se convierte en un indicador de las condiciones de vida, los deseos y las tensiones que atraviesan a los sujetos.
Esta reflexión permite reconocer la importancia de investigar los estilos de vida durante la infancia y la adolescencia, etapas en las que se configuran hábitos que impactan el desarrollo y requieren un enfoque que resalte las interacciones entre diferentes dimensiones para promover el bienestar integral. Indagar sobre ellos posibilita la identificación temprana de alteraciones y la implementación de intervenciones especÃficas que contribuyan al bienestar general en etapas posteriores, considerando las transformaciones que imponen fenómenos como la globalización, el cambio climático, el desarrollo tecnológico y los conflictos sociales.
Explorar los estilos de vida desde una perspectiva integral implica reconocer su vÃnculo con los procesos de desarrollo humano. No se trata simplemente de identificar patrones de conducta, sino de comprender cómo estos se configuran y transforman a lo largo del tiempo. Las decisiones cotidianas no surgen de manera aislada; están mediadas por factores múltiples que interactúan con los contextos en los que se forja el desarrollo. Situar los estilos de vida en diálogo con el curso vital abre la posibilidad de analizar las trayectorias individuales como construcciones relacionales que revelan las estructuras que las atraviesan. Esta mirada permite una comprensión más profunda de las prácticas de vida y ofrece claves fundamentales para orientar procesos educativos y sociales sensibles a las distintas etapas de la existencia.
Comprender los estilos de vida exige reconocer que no son configuraciones permanentes, sino construcciones dinámicas que evolucionan a lo largo del ciclo vital. De Souza Martins y Figueroa ángel (2020) afirman que el ciclo vital desempeña un papel fundamental en la transformación de los comportamientos, dado que constituye un proceso holÃstico que incluye dimensiones biológicas, psicológicas, sociales, fÃsicas y de salud. Este proceso interactúa constantemente con el ambiente, que influye generando modificaciones en las distintas áreas del desarrollo. AsÃ, la manera en que una persona concibe el descanso, la alimentación, el cuidado del cuerpo o el uso del tiempo cambia radicalmente entre la infancia, la adolescencia, la adultez y la vejez. Cada etapa vital implica no solo nuevas prácticas, sino también resignificaciones de lo que se considera un buen estilo de vida.
De este modo, estas transiciones no ocurren de forma aislada, sino que se inscriben en contextos que facilitan u obstaculizan ciertos modos de vida. Nahas (2017) lo expresa: "más que nunca, nuestras decisiones cotidianas -nuestro estilo de vida- han afectado cómo y cuánto vivimos. Esto aplica a todas las edades, es decir, a todas las etapas y transiciones 25 que conforman la vida humana, incluyendo la infancia, la adolescencia, la adultez temprana, la mediana edad, la vejez activa y la vejez dependiente" (p. 289). De esta manera, los estilos de vida se configuran como un entramado de decisiones que se toman dÃa a dÃa y que reflejan tanto la historia personal como las condiciones presentes.
Desde una mirada cualitativa, es posible captar la dimensión emocional de estos procesos, comprendiendo cómo las rutinas y los significados personales se entrelazan con factores sociales y culturales. La importancia del ciclo vital y del estilo de vida radica en que ambos conceptos subrayan que el desarrollo humano es un proceso dinámico, donde las elecciones y experiencias se ven influenciadas por factores biológicos, psicológicos y sociales que interactúan entre sà y con el entorno. Reconocer esta relación es fundamental para entender cómo los estilos de vida evolucionan y moldean modos de existencia que reflejan tanto la historia personal como las condiciones actuales, abriendo asà un espacio para intervenir en ámbitos como la salud, la educación y la transformación social.
Por lo anterior, explorar los estilos de vida exige mucho más que observar prácticas individuales; implica comprenderlas en relación con los contextos sociales donde se originan y cobran sentido. Toda investigación que aspire a explicar cómo se estructuran los modos de vida debe partir de una mirada situada, capaz de reconocer las particularidades de las poblaciones involucradas. Las formas de habitar el mundo, de establecer vÃnculos o de consumir no se desarrollan de manera aislada, sino que están condicionadas por factores que delimitan las posibilidades de acción y decisión de las personas.
Por ello, el análisis de los estilos de vida se enriquece cuando se vincula con un conocimiento de las poblaciones, pues permite descubrir no solo las prácticas visibles, sino también las tensiones y significados que atraviesan las comunidades. En este sentido, el enfoque poblacional no constituye un dato accesorio, sino una herramienta para comprender las dinámicas del bienestar. Como señala López (2004), la población "es el conjunto de personas u objetos de los que se desea conocer algo en una investigación" (p. 69). Este concepto resulta interesante al abordar el estudio de los estilos de vida, ya que conocer en detalle una población y sus patrones cotidianos facilita la comprensión de las razones y factores que los configuran. De esta manera, la identificación de la población objeto de estudio se convierte en un requisito indispensable para contextualizar y analizar integralmente las caracterÃsticas, motivaciones y comportamientos que conforman dichos estilos.
La comprensión de un estilo de vida se torna limitada si se analiza de manera aislada, sin considerar la pertenencia a grupos o comunidades especÃficas. Papalia y Martorell (2017) afirman que "toda persona se desarrolla en múltiples contextos: circunstancias o condiciones definidas en parte por la maduración y en parte por el tiempo y el lugar" (p. 17). Pertenecer a diferentes grupos (étnicos, generacionales, socioeconómicos, territoriales o de género) influye de manera significativa en la forma en que las personas experimentan y organizan su vida cotidiana. AsÃ, los estilos de vida presentan variaciones importantes según el contexto y la población analizada, pues factores estructurales inciden directamente en las oportunidades y limitaciones que enfrentan las personas.
Como señalan Papalia y Martorell (2017), la posición socioeconómica impacta los procesos y resultados del desarrollo a través de la calidad del entorno doméstico y comunitario, la nutrición, el acceso a servicios de salud y la escolarización. Ignorar estas condiciones materiales y simbólicas puede conducir a interpretaciones sesgadas, por lo que un enfoque integral es indispensable para comprender las dinámicas que configuran las prácticas cotidianas y sus implicaciones en salud, bienestar y equidad social.
Por otro lado, desde la perspectiva cualitativa resulta especialmente valiosa para escuchar las voces de las personas, reconstruir historias y comprender cómo, incluso en medio de la adversidad, se generan formas de resistencia, cuidado mutuo y reinvención cotidiana. Desde esta mirada, la investigación sobre estilos de vida se convierte en una herramienta para visibilizar desigualdades y promover horizontes de justicia social.
En este marco, la escuela emerge como un escenario privilegiado para observar cómo los sujetos construyen formas de vida en relación con su entorno. Más allá de su función pedagógica formal, la institución educativa es un espacio donde se expresan valores, se consolidan hábitos y se configuran modos de convivencia que inciden directamente en el desarrollo integral de niñas, niños y adolescentes. El estudio de los estilos de vida en este contexto permite abrir una mirada comprensiva hacia prácticas cotidianas que, aunque muchas veces pasan desapercibidas, son profundamente significativas. Indagar en estas dinámicas posibilita diseñar herramientas pedagógicas que reconozcan las trayectorias de vida de los estudiantes y acompañen procesos orientados al bienestar, la salud y la construcción de sentido.
El contexto escolar no es únicamente un lugar para la transmisión de conocimientos; es también un espacio donde se configuran rutinas, hábitos y modos de estar en el mundo. Campo-Ternesa et al. (2017) destacan que las etapas iniciales de la vida son cruciales para la formación y estabilidad de estilos de vida saludables: durante la niñez se establecen hábitos duraderos, mientras que en la adolescencia se consolidan y se incorporan nuevas prácticas propias de esa etapa social. En este sentido, el entorno escolar se convierte en un espacio donde se evidencian y confrontan diversos estilos de vida, haciendo visibles diferencias de clase, cultura o religión a través de prácticas cotidianas que no siempre son reconocidas ni valoradas.
Lorenzo y DÃaz (2019) afirman que el estilo de vida en el contexto educativo se refiere a las formas particulares de hábitos que las personas integran en su entorno, incluyendo alimentación, higiene personal, ocio, relaciones sociales, sexualidad, vida familiar y mecanismos de afrontamiento social. Por ello, la escuela ofrece oportunidades para la transformación mediante iniciativas como proyectos de vida, educación fÃsica y actividades artÃsticas, que promueven la reflexión colectiva y creativa sobre los estilos de vida. De este modo, el enfoque cualitativo posibilita documentar estas experiencias escolares, evaluar sus efectos y diseñar estrategias de intervención que fortalezcan procesos educativos orientados al bienestar. Investigar los estilos de vida en el contexto escolar permite también identificar mecanismos de inclusión y exclusión presentes en este contexto, abriendo la posibilidad de construir entornos más equitativos.
Por otra parte, hay que considerar que, los estilos de vida son manifestaciones de cómo las se adaptan, reaccionan y construyen sentido frente a los desafÃos de su época. No son meras elecciones individuales, sino construcciones complejas influenciadas por procesos socioculturales que atraviesan la cotidianidad. En la actualidad, estas formas de vivir están marcadas por múltiples interacciones entre lo personal y lo colectivo. Estudiarlas implica adentrarse en las maneras en que las personas configuran su identidad y sus prácticas en medio de cambios estructurales.
Uno de los factores que ha transformado con mayor fuerza los estilos de vida contemporáneos es la globalización cultural y económica. Evers (2024) señala que este fenómeno genera transformaciones en los significados, incrementa la diversidad cultural y la complejidad social, pero también produce procesos de diferenciación. AsÃ, se reproducen productos, imágenes, discursos y formas de vida que tienden a homogeneizar gustos, hábitos y aspiraciones. En este escenario, la expansión del mercado impulsa modelos de vida promovidos como ideales universales, sin considerar su pertinencia cultural, impacto social o sostenibilidad. Esto genera una tensión constante entre lo local y lo global, entre la afirmación de identidades propias y la presión por ajustarse a estándares externos. En este sentido, como menciona Valadez-Figueroa, Vargas-Valadez & Fausto-Guerra (2015) la globalidad se entiende como el conjunto de transformaciones estructurales que modifican las costumbres, patrones de conducta y modos de vida de individuos y grupos sociales dentro de la sociedad.
Por lo anterior, la investigación cualitativa ofrece una oportunidad para explorar las tensiones que emergen entre prácticas tradicionales y aquellas influenciadas por dinámicas globalizadas, asà como para identificar qué estilos de vida se legitiman y cuáles permanecen invisibilizados. Este enfoque concibe el estilo de vida como un espacio de disputa simbólica donde convergen identidades, valores y proyectos de vida. En esta lÃnea, "se hace necesario ampliar los estudios del fenómeno desde la perspectiva del desarrollo humano en el marco del ciclo vital, para comprender cómo los estudiantes se adaptan a este nuevo paradigma y superan los retos y problemas que se presentan a lo largo de la vida cotidiana en este mundo globalizado que vivimos" (De Souza Martins & Figueroa- ángel, 2020, p. 308).
Igualmente, comprender los estilos de vida en contextos especÃficos exige una mirada crÃtica sobre los enfoques y herramientas utilizadas en su estudio. Más allá de registrar hábitos o conductas, investigar los estilos de vida implica aproximaciones que permitan captar el significado que sostienen las acciones individuales y colectivas. Esto demanda reflexionar sobre los métodos de recolección de datos y los marcos interpretativos que orientan la construcción del conocimiento.
En el caso colombiano, es fundamental considerar la adecuación cultural de los instrumentos de evaluación. Aunque cuestionarios como el Fantástico, PAR-Q, IPAQ y el Pentágono del Bienestar son ampliamente utilizados, es necesario ajustarlos al contexto local para que respondan a las caracterÃsticas sociales y culturales de la población (Cano et al., 2016). Solo asà se podrán generar diagnósticos e intervenciones pertinentes que reconozcan la diversidad de realidades y prácticas.
El estilo de vida se configura como una construcción relacional, simbólica y contextual, lo que exige instrumentos que permitan acceder a la lógica de las prácticas y a las experiencias de los sujetos. Como señalan Sánchez-Vega y Espinoza-Ortega (2024), en el estudio de los estilos de vida se emplean tanto técnicas cualitativas como cuantitativas. En temas relacionados con la salud, por ejemplo, los resultados suelen presentarse mediante frecuencias, porcentajes y medidas de tendencia central; sin embargo, algunos estudios incorporan descripciones cualitativas para comprender la distribución de la muestra y las diferencias entre variables.
Las herramientas cualitativas, como entrevistas en profundidad, relatos de vida, observación participante y grupos focales, permiten construir conocimiento desde la voz y la experiencia de quienes viven las realidades estudiadas. Estas técnicas ofrecen acceso a dimensiones que escapan a la cuantificación, posibilitando no solo describir comportamientos, sino también interpretar sentidos e identificar procesos. Tal como lo señala Plata (2007), "la distinción entre investigación cualitativa y cuantitativa se refiere a diferencias en las técnicas usadas para resolver el problema de investigación que se tiene entre manos. Por un lado, aquellas comúnmente entendidas como de un corte narrativo y detallado en la descripción. Y del otro, aquellas que usan herramientas formales - estadÃstica, construcción de modelos, simulación" (p. 217).
Investigar los estilos de vida permite comprender cómo las personas configuran sus prácticas cotidianas en relación con sus contextos, trayectorias y vÃnculos sociales, revelando construcciones dinámicas mediadas por factores culturales y poblacionales. Esto requiere enfoques cualitativos que capten los significados profundos de las acciones, asà como instrumentos contextualizados que reconozcan la diversidad de experiencias. Vincular los estilos de vida con el ciclo vital, las caracterÃsticas de las poblaciones y espacios formativos como la escuela evidencia su valor para interpretar las tensiones del mundo contemporáneo y proponer intervenciones orientadas al buen vivir. De esta manera, estudiar los estilos de vida no solo amplÃa la comprensión del ser humano en sociedad, sino que también ofrece herramientas para transformar y mejorar hábitos que inciden en la salud, la educación y la convivencia.
La investigación cualitativa orientada al estudio de los estilos de vida en contextos escolares se despliega en escenarios diversos, donde conviven desafÃos significativos y oportunidades prometedoras. Entre los principales retos se encuentran la complejidad multidimensional del concepto, las limitaciones estructurales en distintos contextos, la predominancia histórica de los análisis cuantitativos y el alto rigor ético que exige este enfoque. Sin embargo, también emergen oportunidades valiosas, como la posibilidad de profundizar en las experiencias, innovar en la diversidad metodológica y aprovechar el desarrollo de nuevas tecnologÃas. Explorar estas tensiones no solo permitirá reinventar el campo de la investigación sobre estilos de vida, sino que contribuirá a consolidarlo como un pilar para la transformación educativa, generando conciencia sobre las realidades que configuran el buen vivir en el futuro.
El primer desafÃo radica en la naturaleza compleja y multidimensional del concepto. Los estilos de vida no pueden reducirse a hábitos o comportamientos aislados; son construcciones dinámicas que integran factores biológicos, psicológicos y sociales, los cuales interactúan en escenarios especÃficos. Comprender esta confluencia exige aproximaciones que reconozcan cómo los procesos individuales se entrelazan con los entornos, configurando prácticas que se transforman a lo largo del desarrollo. Como señala la OMS (2020), estas interacciones producen cambios en actitudes y comportamientos, lo que evidencia la necesidad de captar la relación entre emociones, condiciones socioeconómicas, vÃnculos sociales y contextos escolares.
Otro desafÃo relevante es la supremacÃa de los análisis cuantitativos en la investigación sobre estilos de vida. Durante décadas, los estudios han privilegiado cuestionarios y escalas que miden la frecuencia de ciertas conductas, como Fantástico, PAR-Q, IPAQ y el Pentágono del Bienestar, sin considerar las particularidades culturales y sociales de los individuos (Cano et al., 2016). Superar esta hegemonÃa implica demostrar que la investigación cualitativa no solo complementa, sino que enriquece la comprensión del fenómeno, aportando perspectivas situadas y significativas. Como afirman De la Roche, Estupiñán y Pulido (2021), este enfoque "permite generar aportes que tienen repercusiones en la transformación de la realidad social actual, trascendiendo suficientemente las restricciones que afrontaba la investigación en el campo de las ciencias sociales, por mucho tiempo supeditado a los resultados cuantitativos, métodos propios de las ciencias naturales" (p. 26).
A ello se suman las limitaciones estructurales e institucionales presentes en América Latina. López-de Parra, Polanco-Perdomo y Correa-Cruz (2017) advierten sobre la escasa cultura investigativa, la falta de promoción para formular proyectos y el insuficiente apoyo de instituciones públicas y privadas. Estas condiciones afectan especialmente a los estudios cualitativos, que requieren recursos para trabajo de campo y estrategias participativas en comunidades escolares. Sin tiempo ni financiamiento, el potencial transformador de este enfoque se ve restringido.
El rigor ético constituye otro desafÃo esencial. Viorato y Reyes (2019) señalan que "la investigación cualitativa necesita procedimientos que permiten evaluar el rigor y la calidad cientÃfica en estudios a través de la credibilidad, auditabilidad, conformabilidad y transferibilidad" (p. 40). Cumplir con estos criterios demanda procesos cuidadosos que garanticen la autenticidad y la protección de los participantes. Como advierten Koepsell y Ruiz De Chávez (2017), la falta de rigor ético puede generar irregularidades que comprometan la credibilidad del investigador y la validez del estudio.
Frente a estos retos, se abren oportunidades que fortalecen la producción de conocimiento. La investigación cualitativa permite profundizar en las experiencias y prácticas mediante métodos que recogen las voces y sentidos que los sujetos otorgan a sus hábitos cotidianos.
Para Mira et al. (2004, p. 162) mencionan que la investigación cualitativa "aborda la realidad desde una perspectiva holÃstica e intenta comprenderla o describirla sin recurrir para ello a formular hipótesis (que luego se contrastarán), establecer medidas objetivas, controlar exhaustivamente todas las variables o realizar una selección azarosa de los sujetos participantes". Esta caracterÃstica ofrece la posibilidad de comprender realidades complejas en un campo tan amplio como los estilos de vida en el contexto educativo.
Asimismo, la diversidad metodológica constituye una oportunidad en expansión. Más allá de las técnicas tradicionales, los investigadores pueden incorporar herramientas innovadoras que integren estrategias pedagógicas y tecnológicas. Cadena-Iñiguez et al. (2017) proponen el uso de historias de vida, análisis de contenido, diarios audiovisuales y otras técnicas que permiten capturar fenómenos contemporáneos como la conectividad y el uso de dispositivos móviles en el aula, elementos que forman parte integral del estilo de vida de los estudiantes. Incorporar estas metodologÃas acerca la investigación a las realidades actuales y favorece la construcción de propuestas educativas más pertinentes.
Un elemento que abre posibilidades innovadoras en la investigación cualitativa sobre estilos de vida es la incorporación de la tecnologÃa como recurso metodológico. El desarrollo de plataformas digitales ha permitido crear herramientas que facilitan el estudio en contextos diversos, ampliando las fronteras del trabajo investigativo. En este sentido, surge la "e-Research" como un avance metodológico que utiliza las tecnologÃas de la información y la comunicación (TIC) para promover la colaboración a distancia, acceder a datos remotos y optimizar la eficiencia de los procesos investigativos, con el propósito de generar nuevo conocimiento (Allan, 2009). Esta tendencia representa una oportunidad para comprender los estilos de vida de los estudiantes mediante instrumentos tecnológicos que enriquecen la mirada del investigador y acercan la investigación a las realidades contemporáneas.
En definitiva, el horizonte que enfrenta la investigación cualitativa sobre estilos de vida en contextos escolares es complejo y está lleno de retos. Sin embargo, este camino también ofrece oportunidades para repensar y reinventar la manera en que entendemos los hábitos y prácticas en la escuela. La integración de enfoques cualitativos con herramientas tecnológicas y metodologÃas innovadoras abre la posibilidad de construir conocimientos más contextualizados, orientados a impulsar cambios significativos en el bienestar escolar. AsÃ, la investigación deja de ser un ejercicio meramente descriptivo para convertirse en un espacio de transformación que reconoce la diversidad, promueve la equidad y contribuye a la construcción de entornos educativos más humanos y sostenibles.
En sÃntesis, los desafÃos y oportunidades que enfrenta la investigación cualitativa sobre estilos de vida en contextos escolares invitan a reflexionar sobre la necesidad de enfoques integrales, éticos e innovadores. Superar las limitaciones y aprovechar las potencialidades permitirá avanzar hacia una comprensión más profunda del fenómeno y hacia la creación de estrategias que promuevan el bienestar y la equidad en la vida escolar.
La investigación cualitativa sobre los estilos de vida en el contexto escolar se presenta como una vÃa privilegiada para comprender los múltiples factores que configuran la cotidianidad y el desarrollo humano. A lo largo de este apartado se ha evidenciado que los estilos de vida no son realidades estáticas ni universales; son construcciones sociales, culturales y simbólicas que expresan la manera en que las personas organizan su tiempo, se relacionan con otros y toman decisiones sobre su cuerpo, salud, emociones y entorno. Analizarlos implica ir más allá de la observación de conductas o patrones generalizables: supone adentrarse en los significados, narrativas y experiencias que les dan sentido y que se transforman dÃa a dÃa.
Durante décadas, los enfoques cuantitativos han dominado la investigación en este campo, aportando indicadores útiles para la salud y la educación. Sin embargo, estas aproximaciones suelen reducir la complejidad de las experiencias humanas a categorÃas rÃgidas. Frente a ello, el enfoque cualitativo ofrece una mirada más profunda, centrada en los contextos y en las voces de los sujetos, permitiendo reconstruir trayectorias y comprender cómo las personas interpretan sus prácticas cotidianas.
En el escenario actual, marcado por la globalización, el avance tecnológico y la fragmentación cultural, los estilos de vida se ven atravesados por tensiones entre lo local y lo global, entre lo tradicional y lo emergente. Esta pluralidad exige metodologÃas capaces de captar la diversidad y fluidez de los modos de vivir contemporáneos. La investigación cualitativa, al enfocarse en discursos, sÃmbolos y relaciones, se convierte en una herramienta indispensable para comprender cómo se construye sentido en medio de transformaciones aceleradas.
La escuela, como espacio de socialización y formación, ocupa un lugar central en este análisis. Es allà donde se configuran y disputan estilos de vida, especialmente durante la infancia y la adolescencia, etapas decisivas para la adquisición de hábitos saludables y sostenibles. Más allá de transmitir contenidos, la institución educativa puede convertirse en un laboratorio social que promueva el bienestar fÃsico, emocional y cultural, fortaleciendo identidades y fomentando la reflexión crÃtica.
Esta mirada nos conduce a reconocer la naturaleza biopsicosocial de los estilos de vida, entendidos como el resultado de interacciones complejas entre factores biológicos, psicológicos y sociales. Los hábitos no surgen en el vacÃo: se construyen a partir de emociones, relaciones, condiciones materiales y contextos culturales. Esta comprensión abre posibilidades para intervenir pedagógicamente, transformando prácticas dañinas y promoviendo valores orientados al cuidado y la equidad.
No obstante, este enfoque enfrenta desafÃos importantes. La multidimensionalidad del concepto exige flexibilidad metodológica y apertura interdisciplinaria. A ello se suman limitaciones institucionales, escasa financiación y la persistencia de paradigmas positivistas que dificultan la consolidación de investigaciones cualitativas. Además, el rigor ético es un requisito ineludible, pues garantizar la credibilidad y la protección de los participantes es fundamental para la validez del conocimiento generado.
A pesar de estas dificultades, las oportunidades son amplias. La investigación cualitativa permite innovar en técnicas como entrevistas abiertas, relatos de vida, observación participante y análisis narrativo. El desarrollo tecnológico añade nuevas herramientas para documentar y analizar información, favoreciendo la colaboración remota y la creación de conocimiento en entornos digitales. Estas posibilidades acercan la investigación a las realidades contemporáneas y potencian su impacto en la educación.
Por lo anterior, el análisis cualitativo de los estilos de vida no debe entenderse como un ejercicio meramente académico, sino como un compromiso con la transformación social. Comprender cómo las personas organizan su existencia y construyen sus identidades abre caminos para diseñar polÃticas y programas educativos que respondan a las necesidades reales de las comunidades. La escuela, en este horizonte, puede convertirse en un espacio activo donde se cuestionen desigualdades, se fortalezcan vÃnculos y se cultive el pensamiento crÃtico. Escuchar las voces, interpretar las narrativas y visibilizar las experiencias situadas es, sin duda, el primer paso hacia una educación más humana y hacia la construcción de sociedades más justas y sostenibles.
Fortalecer esta lÃnea de investigación (estilos de vida en el contexto escolar) no solo es pertinente, sino urgente. Vivimos en un mundo dinámico, atravesado por fenómenos globales y desafÃos sin precedentes, que exige una ciencia social capaz de ir más allá de la descripción y asumir un compromiso ético con la transformación de la realidad. La investigación cualitativa sobre estilos de vida se presenta como una oportunidad para intervenir en las estructuras que limitan el bienestar, reconocer a cada individuo como protagonista de cambio y construir, desde la educación, futuros más humanos, diversos y equitativos.
Este enfoque invita a repensar la escuela como un espacio activo, no solo para transmitir conocimientos, sino para formar ciudadanos crÃticos, conscientes y capaces de resignificar sus prácticas cotidianas. Comprender cómo se configuran los estilos de vida en la infancia y la adolescencia abre caminos para diseñar estrategias que promuevan el cuidado, la equidad y la convivencia. AsÃ, la investigación deja de ser un ejercicio aislado y se convierte en una herramienta para transformar realidades, orientar polÃticas y fortalecer comunidades.
En definitiva, apostar por esta perspectiva es apostar por una educación que dialogue con la vida, que reconozca la diversidad y que impulse el bienestar colectivo. Es el camino para que las próximas generaciones crezcan en entornos donde la salud, la justicia, la equidad y la sostenibilidad no sean ideales lejanos, sino prácticas cotidianas que den sentido a la existencia.
*Pontificia Universidad Javeriana, Licenciatura en Educación Infantil, ssofia_delgado@javeriana.edu.co
**Pontificia Universidad Javeriana, Licenciatura en Educación FÃsica, ls.morenob@javeriana.edu.co
***Pontificia Universidad Javeriana, Licenciatura en Educación FÃsica, lopez-ca@javeriana.edu.co
****Universidad Santo Tomás, Dirección de Humanidades, sandraposada@usta.edu.co
*****Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Educación, mdesouzamartins@javeriana.edu.co
Citación APA:
Delgado Merchán, S., Moreno Bernal, L., López Franco, C., Posada-Bernal, S., & De Souza Martins, M. (2026). La investigación en los estilos de vida. En De Souza Martins, M., & Posada-Bernal, S. (Coord.), Reflexiones sobre los estilos de vida en el contexto escolar (pp. 18-36). Editora ACODESI. https://acodesi.co/reflexiones-sobre-los-estilos-de-vida-en-el-contexto-escolar