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Portada / Publicaciones / Estilo de vida / Reflexiones sobre los Estilos de Vida en el Contexto Escolar

Delimiro Ramón Jaime Pacheco*
Lina Camila Acuña Roncancio**
Nelson Eduardo Otaya Rueda***
Natalia Vargas Otero****
La salud mental es un componente esencial del bienestar humano y, por tanto, debe ocupar un lugar prioritario en el contexto escolar. Reconocer su importancia implica comprender que no solo afecta el rendimiento académico, sino también influye en la construcción de relaciones sanas, el desarrollo emocional y la participación activa en la comunidad educativa (Organización Mundial de la Salud (OMS), 2022).
En este escenario, resulta pertinente reflexionar sobre el impacto y el papel fundamental que desempeñan tanto los docentes como las familias en la promoción de la salud mental y de hábitos de vida saludables. Ambos actores son piezas clave para fortalecer la formación integral, entendida como el desarrollo armónico de las dimensiones cognitivas, emocionales, sociales, éticas y fÃsicas de los estudiantes (Bravo-Sanzana, et al., 2015); SecretarÃa de Educación del Distrito (SED), 2021).
En Colombia, la evolución pedagógica ha situado al estudiante como protagonista de su proceso de aprendizaje, adaptándose a las condiciones polÃticas, sociales y económicas de cada época (RodrÃguez y Ruiz, 2020). Sin embargo, los cambios y reformas educativas no siempre han logrado traducirse en modelos curriculares verdaderamente integrales, lo que ha representado un desafÃo constante para las instituciones educativas (MEN, 2011).
Un enfoque integral de la salud mental no se limita a la identificación o tratamiento de patologÃas, sino que busca la creación de un entorno escolar positivo, seguro y enriquecedor. Este tipo de enfoque, además de prevenir problemáticas emocionales, fomenta el desarrollo de capacidades socioemocionales como la resiliencia, la empatÃa y la autorregulación, pilares indispensables para el aprendizaje y la vida.
Desde una perspectiva de formación integral, la salud mental no puede considerarse una dimensión periférica dentro del currÃculo escolar. La educación del siglo XXI demanda el desarrollo de competencias y habilidades socioemocionales tanto en estudiantes como en adultos, tales como empatÃa, autorregulación, escucha activa, gestión del estrés, regulación emocional y construcción de sentido. Estas capacidades no solo son habilidades para la vida, sino también pilares de la práctica pedagógica contemporánea.
En este sentido, la salud mental trasciende el ámbito clÃnico y se convierte en un indicador estructural del bienestar y la calidad educativa. Los miembros de la comunidad educativa — estudiantes, docentes, familias y lÃderes escolares— son protagonistas fundamentales en la configuración de entornos escolares emocionalmente seguros, resilientes y transformadores.
La formación docente en estas competencias, asà como el acompañamiento continuo a las familias, se han convertido en condiciones esenciales para consolidar escuelas comprometidas con el cuidado integral. Esta visión está respaldada por marcos internacionales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), en especial el Objetivo 3:"Garantizar una vida sana y promover el bienestar de todos a todas las edades", y el Objetivo 4:"Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos" (Naciones Unidas, 2015). Estos objetivos promueven, entre otras metas, el incremento sustancial de la oferta de maestros calificados para el año 2030.
Igualmente, organismos como la OCDE advierten sobre el impacto del malestar docente en la calidad educativa. Su informe El bienestar de los maestros en América Latina (2020) revela que una proporción significativa de maestros experimenta insatisfacción laboral derivada de condiciones precarias, falta de recursos y escaso apoyo institucional. Este malestar afecta no solo la motivación, sino también la calidad de la enseñanza, evidenciando la interdependencia entre bienestar profesional y desempeño educativo.
En lÃnea con este enfoque, la UNESCO subraya la urgencia de generar entornos de aprendizaje seguros, inclusivos y emocionalmente sostenibles. El estudio ERCE 2025, liderado por este organismo, evaluará no solo los aprendizajes fundamentales, sino también las habilidades socioemocionales, incorporando aspectos relacionados con la autoeficacia académica y el trabajo colaborativo. Este esfuerzo contempla cuestionarios dirigidos a estudiantes, docentes, familias y directivos, con el objetivo de generar datos que orienten polÃticas públicas sensibles a los contextos y las dinámicas interculturales.
A nivel regional, América Latina avanza hacia un nuevo paradigma educativo centrado en el bienestar y la salud mental. En Chile, el Ministerio de Salud, en alianza con el Ministerio de Educación, ha fortalecido la presencia de equipos psicosociales en las escuelas y desarrollado estrategias especÃficas de formación docente en salud mental y autocuidado (MINSAL & MINEDUC, 2022).
En México, la Educación Socioemocional forma parte del currÃculo nacional, articulando el trabajo en aula con acciones comunitarias que vinculan a las familias en la promoción del bienestar (SEP, 2022). Por su parte, Argentina impulsa el enfoque de Escuelas Cuidadas, que prioriza los vÃnculos afectivos, la convivencia escolar y la prevención de la violencia desde una mirada integral (Ministerio de Educación Argentina, 2021). A pesar de sus diferencias, estos modelos coinciden en una convicción compartida: sin salud mental no hay educación transformadora ni desarrollo humano sostenible.
Esta convergencia internacional reafirma que la salud mental, entendida en su dimensión integral, es un derecho humano fundamental reconocido por organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2022) y la UNESCO (2021). No se trata simplemente de la ausencia de trastornos, sino de un estado de bienestar emocional, metabólico, cognitivo y social que permite a las personas aprender, construir vÃnculos significativos y participar activamente en sus comunidades. Por ello, los Estados tienen la responsabilidad ética y polÃtica de promoverla mediante polÃticas públicas sostenibles, marcos normativos protectores y estrategias educativas transversales e interseccionales.
En este contexto, la formación integral no puede limitarse a lo académico: debe integrar habilidades socioemocionales, neurodiversas y humanas, desde la primera infancia y a lo largo de toda la vida, con un enfoque basado en derechos, dignidad, corresponsabilidad y cuidado colectivo.
La comunidad educativa emerge, asà como núcleo estratégico para esta transformación. El docente, como cuidador emocional y lÃder pedagógico, necesita condiciones laborales, formativas y emocionales que favorezcan su bienestar. No es posible cuidar sin estar cuidado. A su vez, la familia actúa como el primer entorno de aprendizaje afectivo y cognitivo, siendo un agente clave en la consolidación de una cultura del bienestar. La articulación efectiva entre escuela y familia fortalece el tejido relacional que sostiene la salud mental infantil, juvenil y adulta.
En este entramado, la neuroeducación se presenta como un enfoque transdisciplinar esencial. Al integrar conocimientos del sistema nervioso, las emociones y los procesos metacognitivos, la neuroeducación transforma la forma de enseñar y aprender, permitiendo a los educadores diseñar ambientes seguros, estimulantes y pedagógicamente significativos.
Por último, resulta necesario integrar explÃcitamente la salud mental en los currÃculos escolares. Esto implica no solo enseñar habilidades como la resiliencia, la empatÃa o la autorregulación emocional, sino también establecer procesos sistemáticos de desarrollo profesional docente. Temas como el estrés laboral, el autocuidado, la gestión emocional del aula y el liderazgo empático deben formar parte de las agendas formativas de las instituciones. Solo asà se construirá una capacidad instalada que transforme las escuelas en comunidades del cuidado, coherentes con los marcos internacionales y los retos contemporáneos de la educación (UNESCO, 2023)
En sÃntesis, formar para la salud mental no es una tarea secundaria; es el corazón mismo de la formación integral y el cimiento de una ciudadanÃa emocionalmente consciente, competente, compasiva y comprometida con un mundo más inclusivo y esperanzador.
La formación integral en Colombia se comprende desde dos perspectivas principales. En primer lugar, la Ley General de Educación 115 de 1994, junto con la resolución 2343 de 1996, establece dimensiones especÃficas de formación que comprometen a todas las áreas del currÃculo en su desarrollo. En segundo lugar, respondiendo a las necesidades actuales de niños, niñas y adolescentes, el Ministerio de Educación Nacional (MEN, 2024) define la formación integral como un pilar de la polÃtica educativa que, bajo la premisa de calidad, debe garantizar aprendizajes en diversas dimensiones, el bienestar socioemocional y la convivencia pacÃfica. Además, el MEN (2024) enfatiza que la implementación de la formación integral exige un trabajo intersectorial entre ministerios y la ampliación de la planta docente.
En este sentido, la salud mental en el contexto escolar colombiano no solo ha ganado relevancia como recurso en los últimos años, sino que se configura como una propuesta indispensable para el desarrollo humano integral que garantiza un aprendizaje digno y holÃstico. La escuela se convierte, entonces, en un espacio privilegiado donde niños, niñas y adolescentes pueden desarrollarse plenamente, siempre que exista coherencia entre los procesos pedagógicos implementados en todas las áreas, programas y proyectos; la activa participación de la comunidad educativa; y la disponibilidad de instituciones y recursos necesarios para alcanzar estos fines. En palabras del MEN (2024), la escuela es el epicentro de la transformación social y cultural.
A partir de un marco legal y práctico, se destacan dos implicaciones fundamentales para la escuela en la consecución de la formación integral en favor de la salud mental. La primera corresponde al desarrollo de competencias, definidas por el MEN (2022) como un conjunto integrado de conocimientos, actitudes, disposiciones y habilidades que facilitan el desempeño flexible y significativo en contextos nuevos y desafiantes. Por lo tanto, la competencia implica "conocer, ser y saber hacer". Estas competencias se consideran básicas y fundamentales para el currÃculo y el plan de estudios.
Especial atención merece el desarrollo de las competencias socioemocionales, que según el MEN (2017) incluyen no solo procesos cognitivos, sino también áreas afectivas como la conciencia y gestión emocional, la interacción con otros y la proyección hacia la sociedad. Estas competencias permiten a las personas conocerse mejor, manejar sus emociones, establecer metas y avanzar hacia ellas, construir relaciones saludables, tomar decisiones responsables, disminuir la agresividad y aumentar la satisfacción con la vida.
El fortalecimiento de competencias socioemocionales apunta a formar individuos con salud mental sólida, alineados con los mandatos de organizaciones internacionales, y que permeen el proceso pedagógico para promover aprendizajes integrales.
AsÃ, niños, niñas y adolescentes desarrollan capacidades para afrontar retos vitales, integrarse al mundo laboral y establecer vÃnculos sociales saludables.
En los últimos años, el Congreso de la República ha legislado en favor de la educación socioemocional y la salud mental. La Ley 2383 de 2024 promueve transversalmente la educación socioemocional en los niveles preescolar, primaria, básica y media, concebida como un proceso integral de transformación personal que permite estructurar la identidad y autonomÃa del sujeto. Por su parte, la Ley 2460 de 2025 modifica la Ley 1616 de 2013 y establece medidas para la prevención, atención y promoción en salud mental. Esta norma establece una estrategia intersectorial e interinstitucional destinada a transformar los determinantes sociales de la salud mental, garantizando entornos saludables y facilitando medios para promover la salud individual y colectiva.
La segunda implicación fundamental es la participación activa de la comunidad educativa. En particular, docentes y familias, desde sus roles colaborativos, son actores clave para el desarrollo integral y la salud mental de los estudiantes. La escuela, como institución organizada, propicia espacios donde la participación se valora y promueve. Según el MEN (2022), la función docente implica la realización directa y profesional de los procesos sistemáticos de enseñanza-aprendizaje, incluyendo diagnóstico, planificación, ejecución y evaluación, en el marco del Proyecto Educativo Institucional (PEI). AsÃ, los educadores, conforme al Plan Decenal de Educación 2016-2026, deben fortalecer habilidades disciplinares, pedagógicas y didácticas que potencien competencias para el siglo XXI.
Por su parte, la participación familiar está reconocida en el artÃculo 4 de la Ley 115 de 1994, que señala la corresponsabilidad del Estado, la sociedad y la familia en velar por la calidad y acceso a la educación. Los artÃculos 6 y 7 de esta ley integran a la familia dentro de la comunidad educativa, participando en el diseño, ejecución y evaluación del PEI. La Ley 1098 de 2006, Código de Infancia y Adolescencia, en su artÃculo 10, reafirma la corresponsabilidad de familia, sociedad y Estado en la atención y protección de niños, niñas y adolescentes.
La PolÃtica Nacional de Apoyo y Fortalecimiento a las Familias (2018), desarrollada bajo la Ley 1361 de 2009, reconoce a la familia como sujeto colectivo de derechos. Más recientemente, la Ley 2025 de 2020 estableció lineamientos para la implementación de escuelas para padres, madres y cuidadores en instituciones educativas, fomentando su participación activa en procesos educativos y vinculándolos con el PEI. Complementariamente, el Decreto 459 de 2024 reglamenta esta participación, promoviendo la articulación entre familia y escuela para favorecer la convivencia, la paz y el desarrollo humano integral.
En consecuencia, la participación conjunta de docentes y familias fortalece los procesos de enseñanza-aprendizaje desde una perspectiva integral, promovida y avalada por el marco legal colombiano. Particularmente, la educación socioemocional, según la Ley 2383 de 2024, se implementa en tres etapas y con la participación de toda la comunidad educativa, bajo la estructura del Comité de Convivencia Escolar creado por la Ley 1610 de 2013.
Adicionalmente, el Ministerio de Salud y Protección Social brinda apoyo interinstitucional mediante estrategias para la prevención y atención de factores de riesgo en la salud mental, incluyendo la prevención del suicidio, bullying, consumo de sustancias psicoactivas y trastornos alimenticios, aspectos cruciales para el bienestar de niños, niñas y adolescentes.
A lo largo de este artÃculo se han identificado directrices internacionales y nacionales que evidencian la importancia de la educación emocional como eje fundamental en la formación integral de los estudiantes, integrando la participación activa de maestros y familias.
Ahora bien, resulta pertinente enfocar la atención en el estudio del comportamiento humano y cómo, a través de este, se pueden implementar estrategias clave para la prevención y promoción de la salud mental en el contexto escolar.
El interés por evaluar e identificar conductas de riesgo dentro de la escuela ha constituido un avance significativo en la prevención de problemas como el acoso escolar, el consumo de sustancias psicoactivas, el suicidio, la conducta autolesiva, las conductas sexuales de riesgo, los trastornos alimentarios, problemas emocionales como ansiedad y depresión, y otros comportamientos ligados a adicciones tecnológicas.
Como se mencionó en apartados anteriores, mantener una visión integrativa entre escuela y familia es esencial para reducir las preocupantes estadÃsticas relacionadas con conductas desadaptativas en la población escolar. Según el Ministerio de Educación Nacional (MEN, 2025), entre 2020 y marzo de 2025 se han reportado más de 11.161 casos vinculados con acoso escolar, ciberacoso y agresiones de diversa Ãndole (sexual, psicológica y fÃsica).
En este marco, el rol de la familia en la prevención es fundamental, destacándose como el espacio donde se construyen vÃnculos afectivos sólidos, el diálogo constante y el acompañamiento en la formación emocional. La familia debe rechazar toda forma de violencia y proporcionar seguridad y recursos que prevengan el desarrollo de conductas desadaptativas como las autolesiones, el suicidio y las conductas de alto riesgo.
Retomando la función formativa de la escuela en la prevención y transformación de conductas desadaptativas, es importante destacar que la estructura educativa debe ir más allá de un currÃculo centrado únicamente en la transmisión de conocimientos. Debe promover conductas saludables mediante recursos humanos óptimos, incluyendo equipos con psicólogos y orientadores escolares encargados de evaluar y diagnosticar a estudiantes en riesgo, y de gestionar la derivación a especialistas e instituciones competentes para la atención clÃnica.
Asimismo, el equipo educativo debe priorizar la capacitación continua en temas de prevención y promoción de salud mental en el aula, garantizando el tiempo y los espacios necesarios para este propósito.
Aunque los gobiernos han impulsado esfuerzos para reducir las brechas entre la escuela y la familia como agentes de formación integral de niños, niñas y adolescentes (NNA), y se han registrado avances normativos y programas de promoción de la salud mental en las escuelas, este proceso aún está en desarrollo.
Los espacios de formación dirigidos a padres y madres de familia suelen incluir pautas de crianza coherentes y libres de violencia, validación emocional, comunicación asertiva y acompañamiento constante en el proceso formativo de sus hijos (Guzmán & Bastidas, 2020).
En cuanto a los docentes, el desconocimiento de lineamientos para impartir una educación basada en la socioemocionalidad y la dificultad para gestionar sus propias emociones evidencian la necesidad de un equipo sólido de apoyo psicosocial, asà como de tiempo suficiente para su formación y capacitación.
Finalmente, proyectar un escenario ideal en educación socioemocional y salud mental implica formar individuos con habilidades y competencias cognitivas y socioemocionales que les permitan enfrentar la vida con sentido crÃtico, empatÃa y capacidad conciliadora (Ensuncho & Aguilar, 2023). No basta con centrar el proceso de enseñanza-aprendizaje exclusivamente en fundamentos cognitivos; integrar los aportes de las neurociencias, la psicologÃa y la educación socioemocional es esencial para responder a los desafÃos contemporáneos de la educación.
El desarrollo humano, entendido como la capacidad de las personas para desplegar sus potencialidades y participar activamente en la sociedad, trasciende la mera productividad económica. El filósofo Byung-Chul Han advierte sobre los riesgos de una sociedad que enfatiza el rendimiento y la eficiencia en detrimento de la reflexión profunda, la conexión con uno mismo y con los demás, y la aceptación del sufrimiento como parte esencial del crecimiento personal. En este sentido, la educación integral debe incluir un equilibrio entre la eficiencia y la profundidad emocional, reconociendo que la tecnologÃa, aunque útil, puede tanto facilitar como obstaculizar esta conexión vital.
En la escuela, esta visión se traduce en la creación de ambientes sensibles al trauma y que promuevan el bienestar emocional, donde estudiantes, docentes y familias construyan relaciones de confianza y respeto. La educación emocional, tanto dentro como fuera del aula, aporta beneficios fundamentales: mejora las relaciones familiares, fortalece habilidades sociales y liderazgo, previene conductas de riesgo y desarrolla resiliencia y adaptabilidad. Además, prepara a los estudiantes para el mundo profesional, donde las competencias socioemocionales son tan valoradas como las técnicas.
Entre los beneficios especÃficos de la educación emocional fuera del entorno escolar se destacan:
No obstante, para que esta visión integral se materialice, es imprescindible que las instituciones educativas cuenten con recursos humanos, materiales y formativos adecuados. La capacitación docente, el apoyo psicosocial con psicólogos y orientadores escolares, y materiales didácticos son elementos clave, aún insuficientes en muchos contextos, especialmente rurales. La escuela debe convertirse en un espacio no solo de transmisión de conocimientos, sino en un núcleo preventivo y formativo, capaz de identificar y atender conductas de riesgo como el suicidio, el acoso escolar y la violencia, asegurando intervenciones oportunas y efectivas (MEN, 2025).
El rol de la familia es igualmente central en esta apuesta. La prevención comienza en el hogar, donde se construyen vÃnculos afectivos seguros, se fomenta el diálogo y se rechaza la violencia en todas sus formas. La articulación entre familia y escuela, como red de apoyo, es indispensable para sostener la salud mental y el desarrollo integral de niños, niñas y adolescentes (MEN, 2024).
Finalmente, avanzar hacia una educación que integre la salud mental implica aceptar que el proceso de aprendizaje no puede estar centrado exclusivamente en lo cognitivo. Incorporar las neurociencias, la psicologÃa y la educación socioemocional representa un desafÃo y una oportunidad para transformar las escuelas en espacios de cuidado colectivo, reflexión profunda y formación de ciudadanos crÃticos, empáticos y resilientes. Solo asà se podrá construir una comunidad educativa que responda a los retos contemporáneos y fomente un desarrollo humano auténtico y sostenible (Ensuncho & Aguilar, 2023; Han, 2019).
*Asociación de Colegios Jesuitas de Colombia - ACODESI, Asistente de Investigación, investigacion@acodesi.org.co
**Psicóloga ClÃnica, Terapeuta, lc.acunar@gmail.com
***Psicóloga, Terapeuta, nataliavargaso@gmail.com
****Docente, gestor de Proyecto para el Desarrollo Humano, nelsonotaya@gmail.com
Citación APA:
Jaime Pacheco, D., Acuña Roncancio, L., Otaya Rueda, N., & Vargas Otero, N. (2026). La salud mental y vida saludable: una perspectiva de formación integral que promueve los vÃnculos de participación en la comunidad educativa de la escuela. En De Souza Martins, M., & Posada-Bernal, S. (Coord.), Reflexiones sobre los estilos de vida en el contexto escolar (pp. 175-184). Editora ACODESI. https://acodesi.co/reflexiones-sobre-los-estilos-de-vida-en-el-contexto-escolar

Delimiro Ramón Jaime Pacheco*
Lina Camila Acuña Roncancio**
Nelson Eduardo Otaya Rueda***
Natalia Vargas Otero****
La salud mental es un componente esencial del bienestar humano y, por tanto, debe ocupar un lugar prioritario en el contexto escolar. Reconocer su importancia implica comprender que no solo afecta el rendimiento académico, sino también influye en la construcción de relaciones sanas, el desarrollo emocional y la participación activa en la comunidad educativa (Organización Mundial de la Salud (OMS), 2022).
En este escenario, resulta pertinente reflexionar sobre el impacto y el papel fundamental que desempeñan tanto los docentes como las familias en la promoción de la salud mental y de hábitos de vida saludables. Ambos actores son piezas clave para fortalecer la formación integral, entendida como el desarrollo armónico de las dimensiones cognitivas, emocionales, sociales, éticas y fÃsicas de los estudiantes (Bravo-Sanzana, et al., 2015); SecretarÃa de Educación del Distrito (SED), 2021).
En Colombia, la evolución pedagógica ha situado al estudiante como protagonista de su proceso de aprendizaje, adaptándose a las condiciones polÃticas, sociales y económicas de cada época (RodrÃguez y Ruiz, 2020). Sin embargo, los cambios y reformas educativas no siempre han logrado traducirse en modelos curriculares verdaderamente integrales, lo que ha representado un desafÃo constante para las instituciones educativas (MEN, 2011).
Un enfoque integral de la salud mental no se limita a la identificación o tratamiento de patologÃas, sino que busca la creación de un entorno escolar positivo, seguro y enriquecedor. Este tipo de enfoque, además de prevenir problemáticas emocionales, fomenta el desarrollo de capacidades socioemocionales como la resiliencia, la empatÃa y la autorregulación, pilares indispensables para el aprendizaje y la vida.
Desde una perspectiva de formación integral, la salud mental no puede considerarse una dimensión periférica dentro del currÃculo escolar. La educación del siglo XXI demanda el desarrollo de competencias y habilidades socioemocionales tanto en estudiantes como en adultos, tales como empatÃa, autorregulación, escucha activa, gestión del estrés, regulación emocional y construcción de sentido. Estas capacidades no solo son habilidades para la vida, sino también pilares de la práctica pedagógica contemporánea.
En este sentido, la salud mental trasciende el ámbito clÃnico y se convierte en un indicador estructural del bienestar y la calidad educativa. Los miembros de la comunidad educativa — estudiantes, docentes, familias y lÃderes escolares— son protagonistas fundamentales en la configuración de entornos escolares emocionalmente seguros, resilientes y transformadores.
La formación docente en estas competencias, asà como el acompañamiento continuo a las familias, se han convertido en condiciones esenciales para consolidar escuelas comprometidas con el cuidado integral. Esta visión está respaldada por marcos internacionales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), en especial el Objetivo 3:"Garantizar una vida sana y promover el bienestar de todos a todas las edades", y el Objetivo 4:"Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos" (Naciones Unidas, 2015). Estos objetivos promueven, entre otras metas, el incremento sustancial de la oferta de maestros calificados para el año 2030.
Igualmente, organismos como la OCDE advierten sobre el impacto del malestar docente en la calidad educativa. Su informe El bienestar de los maestros en América Latina (2020) revela que una proporción significativa de maestros experimenta insatisfacción laboral derivada de condiciones precarias, falta de recursos y escaso apoyo institucional. Este malestar afecta no solo la motivación, sino también la calidad de la enseñanza, evidenciando la interdependencia entre bienestar profesional y desempeño educativo.
En lÃnea con este enfoque, la UNESCO subraya la urgencia de generar entornos de aprendizaje seguros, inclusivos y emocionalmente sostenibles. El estudio ERCE 2025, liderado por este organismo, evaluará no solo los aprendizajes fundamentales, sino también las habilidades socioemocionales, incorporando aspectos relacionados con la autoeficacia académica y el trabajo colaborativo. Este esfuerzo contempla cuestionarios dirigidos a estudiantes, docentes, familias y directivos, con el objetivo de generar datos que orienten polÃticas públicas sensibles a los contextos y las dinámicas interculturales.
A nivel regional, América Latina avanza hacia un nuevo paradigma educativo centrado en el bienestar y la salud mental. En Chile, el Ministerio de Salud, en alianza con el Ministerio de Educación, ha fortalecido la presencia de equipos psicosociales en las escuelas y desarrollado estrategias especÃficas de formación docente en salud mental y autocuidado (MINSAL & MINEDUC, 2022).
En México, la Educación Socioemocional forma parte del currÃculo nacional, articulando el trabajo en aula con acciones comunitarias que vinculan a las familias en la promoción del bienestar (SEP, 2022). Por su parte, Argentina impulsa el enfoque de Escuelas Cuidadas, que prioriza los vÃnculos afectivos, la convivencia escolar y la prevención de la violencia desde una mirada integral (Ministerio de Educación Argentina, 2021). A pesar de sus diferencias, estos modelos coinciden en una convicción compartida: sin salud mental no hay educación transformadora ni desarrollo humano sostenible.
Esta convergencia internacional reafirma que la salud mental, entendida en su dimensión integral, es un derecho humano fundamental reconocido por organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2022) y la UNESCO (2021). No se trata simplemente de la ausencia de trastornos, sino de un estado de bienestar emocional, metabólico, cognitivo y social que permite a las personas aprender, construir vÃnculos significativos y participar activamente en sus comunidades. Por ello, los Estados tienen la responsabilidad ética y polÃtica de promoverla mediante polÃticas públicas sostenibles, marcos normativos protectores y estrategias educativas transversales e interseccionales.
En este contexto, la formación integral no puede limitarse a lo académico: debe integrar habilidades socioemocionales, neurodiversas y humanas, desde la primera infancia y a lo largo de toda la vida, con un enfoque basado en derechos, dignidad, corresponsabilidad y cuidado colectivo.
La comunidad educativa emerge, asà como núcleo estratégico para esta transformación. El docente, como cuidador emocional y lÃder pedagógico, necesita condiciones laborales, formativas y emocionales que favorezcan su bienestar. No es posible cuidar sin estar cuidado. A su vez, la familia actúa como el primer entorno de aprendizaje afectivo y cognitivo, siendo un agente clave en la consolidación de una cultura del bienestar. La articulación efectiva entre escuela y familia fortalece el tejido relacional que sostiene la salud mental infantil, juvenil y adulta.
En este entramado, la neuroeducación se presenta como un enfoque transdisciplinar esencial. Al integrar conocimientos del sistema nervioso, las emociones y los procesos metacognitivos, la neuroeducación transforma la forma de enseñar y aprender, permitiendo a los educadores diseñar ambientes seguros, estimulantes y pedagógicamente significativos.
Por último, resulta necesario integrar explÃcitamente la salud mental en los currÃculos escolares. Esto implica no solo enseñar habilidades como la resiliencia, la empatÃa o la autorregulación emocional, sino también establecer procesos sistemáticos de desarrollo profesional docente. Temas como el estrés laboral, el autocuidado, la gestión emocional del aula y el liderazgo empático deben formar parte de las agendas formativas de las instituciones. Solo asà se construirá una capacidad instalada que transforme las escuelas en comunidades del cuidado, coherentes con los marcos internacionales y los retos contemporáneos de la educación (UNESCO, 2023)
En sÃntesis, formar para la salud mental no es una tarea secundaria; es el corazón mismo de la formación integral y el cimiento de una ciudadanÃa emocionalmente consciente, competente, compasiva y comprometida con un mundo más inclusivo y esperanzador.
La formación integral en Colombia se comprende desde dos perspectivas principales. En primer lugar, la Ley General de Educación 115 de 1994, junto con la resolución 2343 de 1996, establece dimensiones especÃficas de formación que comprometen a todas las áreas del currÃculo en su desarrollo. En segundo lugar, respondiendo a las necesidades actuales de niños, niñas y adolescentes, el Ministerio de Educación Nacional (MEN, 2024) define la formación integral como un pilar de la polÃtica educativa que, bajo la premisa de calidad, debe garantizar aprendizajes en diversas dimensiones, el bienestar socioemocional y la convivencia pacÃfica. Además, el MEN (2024) enfatiza que la implementación de la formación integral exige un trabajo intersectorial entre ministerios y la ampliación de la planta docente.
En este sentido, la salud mental en el contexto escolar colombiano no solo ha ganado relevancia como recurso en los últimos años, sino que se configura como una propuesta indispensable para el desarrollo humano integral que garantiza un aprendizaje digno y holÃstico. La escuela se convierte, entonces, en un espacio privilegiado donde niños, niñas y adolescentes pueden desarrollarse plenamente, siempre que exista coherencia entre los procesos pedagógicos implementados en todas las áreas, programas y proyectos; la activa participación de la comunidad educativa; y la disponibilidad de instituciones y recursos necesarios para alcanzar estos fines. En palabras del MEN (2024), la escuela es el epicentro de la transformación social y cultural.
A partir de un marco legal y práctico, se destacan dos implicaciones fundamentales para la escuela en la consecución de la formación integral en favor de la salud mental. La primera corresponde al desarrollo de competencias, definidas por el MEN (2022) como un conjunto integrado de conocimientos, actitudes, disposiciones y habilidades que facilitan el desempeño flexible y significativo en contextos nuevos y desafiantes. Por lo tanto, la competencia implica "conocer, ser y saber hacer". Estas competencias se consideran básicas y fundamentales para el currÃculo y el plan de estudios.
Especial atención merece el desarrollo de las competencias socioemocionales, que según el MEN (2017) incluyen no solo procesos cognitivos, sino también áreas afectivas como la conciencia y gestión emocional, la interacción con otros y la proyección hacia la sociedad. Estas competencias permiten a las personas conocerse mejor, manejar sus emociones, establecer metas y avanzar hacia ellas, construir relaciones saludables, tomar decisiones responsables, disminuir la agresividad y aumentar la satisfacción con la vida.
El fortalecimiento de competencias socioemocionales apunta a formar individuos con salud mental sólida, alineados con los mandatos de organizaciones internacionales, y que permeen el proceso pedagógico para promover aprendizajes integrales.
AsÃ, niños, niñas y adolescentes desarrollan capacidades para afrontar retos vitales, integrarse al mundo laboral y establecer vÃnculos sociales saludables.
En los últimos años, el Congreso de la República ha legislado en favor de la educación socioemocional y la salud mental. La Ley 2383 de 2024 promueve transversalmente la educación socioemocional en los niveles preescolar, primaria, básica y media, concebida como un proceso integral de transformación personal que permite estructurar la identidad y autonomÃa del sujeto. Por su parte, la Ley 2460 de 2025 modifica la Ley 1616 de 2013 y establece medidas para la prevención, atención y promoción en salud mental. Esta norma establece una estrategia intersectorial e interinstitucional destinada a transformar los determinantes sociales de la salud mental, garantizando entornos saludables y facilitando medios para promover la salud individual y colectiva.
La segunda implicación fundamental es la participación activa de la comunidad educativa. En particular, docentes y familias, desde sus roles colaborativos, son actores clave para el desarrollo integral y la salud mental de los estudiantes. La escuela, como institución organizada, propicia espacios donde la participación se valora y promueve. Según el MEN (2022), la función docente implica la realización directa y profesional de los procesos sistemáticos de enseñanza-aprendizaje, incluyendo diagnóstico, planificación, ejecución y evaluación, en el marco del Proyecto Educativo Institucional (PEI). AsÃ, los educadores, conforme al Plan Decenal de Educación 2016-2026, deben fortalecer habilidades disciplinares, pedagógicas y didácticas que potencien competencias para el siglo XXI.
Por su parte, la participación familiar está reconocida en el artÃculo 4 de la Ley 115 de 1994, que señala la corresponsabilidad del Estado, la sociedad y la familia en velar por la calidad y acceso a la educación. Los artÃculos 6 y 7 de esta ley integran a la familia dentro de la comunidad educativa, participando en el diseño, ejecución y evaluación del PEI. La Ley 1098 de 2006, Código de Infancia y Adolescencia, en su artÃculo 10, reafirma la corresponsabilidad de familia, sociedad y Estado en la atención y protección de niños, niñas y adolescentes.
La PolÃtica Nacional de Apoyo y Fortalecimiento a las Familias (2018), desarrollada bajo la Ley 1361 de 2009, reconoce a la familia como sujeto colectivo de derechos. Más recientemente, la Ley 2025 de 2020 estableció lineamientos para la implementación de escuelas para padres, madres y cuidadores en instituciones educativas, fomentando su participación activa en procesos educativos y vinculándolos con el PEI. Complementariamente, el Decreto 459 de 2024 reglamenta esta participación, promoviendo la articulación entre familia y escuela para favorecer la convivencia, la paz y el desarrollo humano integral.
En consecuencia, la participación conjunta de docentes y familias fortalece los procesos de enseñanza-aprendizaje desde una perspectiva integral, promovida y avalada por el marco legal colombiano. Particularmente, la educación socioemocional, según la Ley 2383 de 2024, se implementa en tres etapas y con la participación de toda la comunidad educativa, bajo la estructura del Comité de Convivencia Escolar creado por la Ley 1610 de 2013.
Adicionalmente, el Ministerio de Salud y Protección Social brinda apoyo interinstitucional mediante estrategias para la prevención y atención de factores de riesgo en la salud mental, incluyendo la prevención del suicidio, bullying, consumo de sustancias psicoactivas y trastornos alimenticios, aspectos cruciales para el bienestar de niños, niñas y adolescentes.
A lo largo de este artÃculo se han identificado directrices internacionales y nacionales que evidencian la importancia de la educación emocional como eje fundamental en la formación integral de los estudiantes, integrando la participación activa de maestros y familias.
Ahora bien, resulta pertinente enfocar la atención en el estudio del comportamiento humano y cómo, a través de este, se pueden implementar estrategias clave para la prevención y promoción de la salud mental en el contexto escolar.
El interés por evaluar e identificar conductas de riesgo dentro de la escuela ha constituido un avance significativo en la prevención de problemas como el acoso escolar, el consumo de sustancias psicoactivas, el suicidio, la conducta autolesiva, las conductas sexuales de riesgo, los trastornos alimentarios, problemas emocionales como ansiedad y depresión, y otros comportamientos ligados a adicciones tecnológicas.
Como se mencionó en apartados anteriores, mantener una visión integrativa entre escuela y familia es esencial para reducir las preocupantes estadÃsticas relacionadas con conductas desadaptativas en la población escolar. Según el Ministerio de Educación Nacional (MEN, 2025), entre 2020 y marzo de 2025 se han reportado más de 11.161 casos vinculados con acoso escolar, ciberacoso y agresiones de diversa Ãndole (sexual, psicológica y fÃsica).
En este marco, el rol de la familia en la prevención es fundamental, destacándose como el espacio donde se construyen vÃnculos afectivos sólidos, el diálogo constante y el acompañamiento en la formación emocional. La familia debe rechazar toda forma de violencia y proporcionar seguridad y recursos que prevengan el desarrollo de conductas desadaptativas como las autolesiones, el suicidio y las conductas de alto riesgo.
Retomando la función formativa de la escuela en la prevención y transformación de conductas desadaptativas, es importante destacar que la estructura educativa debe ir más allá de un currÃculo centrado únicamente en la transmisión de conocimientos. Debe promover conductas saludables mediante recursos humanos óptimos, incluyendo equipos con psicólogos y orientadores escolares encargados de evaluar y diagnosticar a estudiantes en riesgo, y de gestionar la derivación a especialistas e instituciones competentes para la atención clÃnica.
Asimismo, el equipo educativo debe priorizar la capacitación continua en temas de prevención y promoción de salud mental en el aula, garantizando el tiempo y los espacios necesarios para este propósito.
Aunque los gobiernos han impulsado esfuerzos para reducir las brechas entre la escuela y la familia como agentes de formación integral de niños, niñas y adolescentes (NNA), y se han registrado avances normativos y programas de promoción de la salud mental en las escuelas, este proceso aún está en desarrollo.
Los espacios de formación dirigidos a padres y madres de familia suelen incluir pautas de crianza coherentes y libres de violencia, validación emocional, comunicación asertiva y acompañamiento constante en el proceso formativo de sus hijos (Guzmán & Bastidas, 2020).
En cuanto a los docentes, el desconocimiento de lineamientos para impartir una educación basada en la socioemocionalidad y la dificultad para gestionar sus propias emociones evidencian la necesidad de un equipo sólido de apoyo psicosocial, asà como de tiempo suficiente para su formación y capacitación.
Finalmente, proyectar un escenario ideal en educación socioemocional y salud mental implica formar individuos con habilidades y competencias cognitivas y socioemocionales que les permitan enfrentar la vida con sentido crÃtico, empatÃa y capacidad conciliadora (Ensuncho & Aguilar, 2023). No basta con centrar el proceso de enseñanza-aprendizaje exclusivamente en fundamentos cognitivos; integrar los aportes de las neurociencias, la psicologÃa y la educación socioemocional es esencial para responder a los desafÃos contemporáneos de la educación.
El desarrollo humano, entendido como la capacidad de las personas para desplegar sus potencialidades y participar activamente en la sociedad, trasciende la mera productividad económica. El filósofo Byung-Chul Han advierte sobre los riesgos de una sociedad que enfatiza el rendimiento y la eficiencia en detrimento de la reflexión profunda, la conexión con uno mismo y con los demás, y la aceptación del sufrimiento como parte esencial del crecimiento personal. En este sentido, la educación integral debe incluir un equilibrio entre la eficiencia y la profundidad emocional, reconociendo que la tecnologÃa, aunque útil, puede tanto facilitar como obstaculizar esta conexión vital.
En la escuela, esta visión se traduce en la creación de ambientes sensibles al trauma y que promuevan el bienestar emocional, donde estudiantes, docentes y familias construyan relaciones de confianza y respeto. La educación emocional, tanto dentro como fuera del aula, aporta beneficios fundamentales: mejora las relaciones familiares, fortalece habilidades sociales y liderazgo, previene conductas de riesgo y desarrolla resiliencia y adaptabilidad. Además, prepara a los estudiantes para el mundo profesional, donde las competencias socioemocionales son tan valoradas como las técnicas.
Entre los beneficios especÃficos de la educación emocional fuera del entorno escolar se destacan:
No obstante, para que esta visión integral se materialice, es imprescindible que las instituciones educativas cuenten con recursos humanos, materiales y formativos adecuados. La capacitación docente, el apoyo psicosocial con psicólogos y orientadores escolares, y materiales didácticos son elementos clave, aún insuficientes en muchos contextos, especialmente rurales. La escuela debe convertirse en un espacio no solo de transmisión de conocimientos, sino en un núcleo preventivo y formativo, capaz de identificar y atender conductas de riesgo como el suicidio, el acoso escolar y la violencia, asegurando intervenciones oportunas y efectivas (MEN, 2025).
El rol de la familia es igualmente central en esta apuesta. La prevención comienza en el hogar, donde se construyen vÃnculos afectivos seguros, se fomenta el diálogo y se rechaza la violencia en todas sus formas. La articulación entre familia y escuela, como red de apoyo, es indispensable para sostener la salud mental y el desarrollo integral de niños, niñas y adolescentes (MEN, 2024).
Finalmente, avanzar hacia una educación que integre la salud mental implica aceptar que el proceso de aprendizaje no puede estar centrado exclusivamente en lo cognitivo. Incorporar las neurociencias, la psicologÃa y la educación socioemocional representa un desafÃo y una oportunidad para transformar las escuelas en espacios de cuidado colectivo, reflexión profunda y formación de ciudadanos crÃticos, empáticos y resilientes. Solo asà se podrá construir una comunidad educativa que responda a los retos contemporáneos y fomente un desarrollo humano auténtico y sostenible (Ensuncho & Aguilar, 2023; Han, 2019).
*Asociación de Colegios Jesuitas de Colombia - ACODESI, Asistente de Investigación, investigacion@acodesi.org.co
**Psicóloga ClÃnica, Terapeuta, lc.acunar@gmail.com
***Psicóloga, Terapeuta, nataliavargaso@gmail.com
****Docente, gestor de Proyecto para el Desarrollo Humano, nelsonotaya@gmail.com
Citación APA:
Jaime Pacheco, D., Acuña Roncancio, L., Otaya Rueda, N., & Vargas Otero, N. (2026). La salud mental y vida saludable: una perspectiva de formación integral que promueve los vÃnculos de participación en la comunidad educativa de la escuela. En De Souza Martins, M., & Posada-Bernal, S. (Coord.), Reflexiones sobre los estilos de vida en el contexto escolar (pp. 175-184). Editora ACODESI. https://acodesi.co/reflexiones-sobre-los-estilos-de-vida-en-el-contexto-escolar