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Portada / Publicaciones / Estilo de vida / Reflexiones sobre los Estilos de Vida en el Contexto Escolar

Santiago Andrés Sierra González*
Mary Betty RodrÃguez Moreno**
Wilmar Esteve Roldán Solano***
Angie Tatiana Andrade Quiroz****
En el horizonte de la tradición cristiana este estudio parte de explorar el silencio como un marco fundante en el cual la revelación divina y la autocomprensión humana se hacen posibles. La concepción del silencio que subyace al texto se aleja de interpretaciones funcionalistas y pragmáticas para situarlo en el plano ontológico, como condición previa y esencial de toda experiencia auténticamente espiritual, y en el plano antropológico, como apertura radical al otro. Este posicionamiento teórico resuena con la fenomenologÃa contemporánea y con las aportaciones recientes de la psicologÃa de la espiritualidad, que reconocen al silencio como espacio liminal en el cual el sujeto se desapropia de sà mismo para acoger la presencia del otro.
Como se observará en estas páginas, la reflexión se inscribe en una doble tradición interconectada: por un lado, la herencia de la praxis ignaciana, en la cual el silencio es una actitud receptiva que capacita al sujeto para el discernimiento espiritual y la acción transformadora. De ahà que el texto se articule alrededor de una recuperación del silencio como dimensión estructurante de la pedagogÃa ignaciana, y como clave hermenéutica para una renovación espiritual y educativa contemporánea. Por ello, busca trasladar esta fundamentación al campo pedagógico y pastoral mediante el análisis del silencio en la práctica ignaciana, mostrando su pertinencia concreta en espacios educativos actuales saturados de ruido externo y dispersión interior.
En un contexto cultural marcado por la aceleración, la hiperconectividad y la saturación de estÃmulos (Sierra 2022), el texto propone la recuperación del silencio como una praxis educativa contra-cultural, profundamente liberadora. Proponer espacios de silencio (ya sea en la forma de pausas ignacianas, retiros, momentos de examen personal o acompañamiento espiritual) es un acto pedagógico esencial que permite a los estudiantes recuperar su interioridad, discernir su proyecto vital y abrirse a la presencia trascendente.
Por el otro lado, se inscribe en el magisterio de Francisco quien recupera y actualiza la tradición ignaciana ya que presenta el silencio y el discernimiento como elementos constitutivos de una Iglesia en salida, capaz de escuchar el clamor del mundo y responder desde el Evangelio. El silencio comunitario es visto como espacio eclesial donde el EspÃritu armoniza las diversidades y abre caminos de comunión, misión y diálogo ecuménico. De este modo, el silencio se revela no solo como práctica personal, sino como principio estructurante del caminar sinodal de la Iglesia.
Desde estas dos vertientes, se busca responder a la crisis contemporánea de interioridad y sentido, en un mundo marcado por la distracción y el ruido permanente. Se pretende pues, revalorizar el silencio como acontecimiento fundante de la subjetividad espiritual y como praxis educativa y eclesial transformadora. Al articular reflexión filosófica, teológica y pedagógica, se busca ofrecer una contribución relevante al pensamiento cristiano actual y a las prácticas formativas de las instituciones educativas inspiradas en la espiritualidad ignaciana y en los aportes magisteriales del papa Francisco.
Lo anterior, no pretende limitarse a una exposición teórica, sino que propondrá también lÃneas pedagógicas concretas, aplicables en espacios educativos y pastorales. La integración del silencio como práctica educativa en instituciones ignacianas será presentada como una estrategia que favorece el autoconocimiento, la apertura al otro y la escucha de la voz de Dios. En este sentido buscará ofrecer una contribución significativa no solo al pensamiento teológico y espiritual, sino también a la praxis pastoral y educativa de la Iglesia que reivindica el silencio como acontecimiento trascendental, matriz ontológica y praxis espiritual imprescindible en el camino del creyente y de la comunidad eclesial. En una época que exige con urgencia el silencio como un momento auténtico de escucha y acogida del Otro, éste se revela como puerta al Misterio donde la Palabra es oÃda, discernida y orientada al bien común.
Esto contrasta con la cultura contemporánea la cual interpreta el silencio como vacÃo incómodo o falta de productividad; sin embargo, desde una perspectiva teológica profunda, el silencio constituye el locus donde acontece la revelación de lo divino y la apertura a la alteridad. Este trabajo se propone una relectura del silencio como estructura receptiva fundamental para el discernimiento, la comunión eclesial y la experiencia de la alteridad.
Por ello, el capÃtulo se organiza en dos grandes partes: los aportes de la espiritualidad ignaciana y las contribuciones del papa Francisco. Esta estructura permite articular el tema desde la tradición mÃstica y pedagógica de San Ignacio de Loyola hasta su actualización en el pensamiento eclesial contemporáneo.
El primer bloque discursivo se dedica a los aportes ignacianos, propone al silencio como un fundamento espiritual y pedagógico en el proceso de discernimiento cristiano. Partiendo de su comprensión del silencio explora cómo los Ejercicios Espirituales incorporan la práctica del discernimiento interior, la pausa ignaciana, el examen de conciencia y la cura personalis, mostrando cómo el silencio genera la atmósfera necesaria para la apertura al otro. Por tanto, el discernimiento, se convierte en un proceso de escucha de Dios en el propio corazón y en la realidad, que capacita para una acción más libre y comprometida con los demás.
El segundo bloque recoge los aportes del papa Francisco, quien actualiza la tradición ignaciana al integrar el silencio como elemento central en la vida eclesial contemporánea. Francisco interpreta el discernimiento y el silencio no como ejercicios esporádicos, sino como un verdadero estilo de vida cristiano. En sus discursos y documentos, destaca el silencio como locus privilegiado para la escucha de la voz de Dios y del prójimo, como medio indispensable para el discernimiento personal y comunitario. En particular, el silencio es propuesto como condición fundamental en el camino sinodal, favoreciendo el diálogo fraterno y el discernimiento eclesial frente a los desafÃos del mundo actual. Francisco también subraya el valor del silencio como ámbito donde germina la unidad de los cristianos y la apertura al EspÃritu Santo, especialmente en contextos ecuménicos.
Por último, el argumento principal de este estudio puede sintetizarse en la siguiente pregunta fundamental: ¿cómo el silencio, lejos de ser ausencia de palabra o simple apartamiento, constituye un acontecimiento ontológico y espiritual indispensable para el encuentro con Dios, con el otro y con uno mismo? Este cuestionamiento guiará al lector hacia el descubrimiento del acontecimiento trascendental, donde el otro puede ser acogido y donde la vida espiritual se convierte asà en encuentro y servicio.
El silencio, entendido como apertura ontológica y dinámica receptiva, configura el espacio primordial donde la realidad divina y humana (Sierra 2023) puede revelarse en toda su profundidad. Lejos de ser una negación de la palabra, el silencio se presenta como fundamento de toda experiencia contemplativa auténtica: es la condición que prepara al sujeto para acoger el don de la Palabra, fecundando la actividad espiritual y la conversión interior. Es decir, al frenar la urgencia de la acción, el sujeto entra en un espacio receptivo donde lo real puede mostrarse en su hondura.
El silencio es el acontecimiento de hacer espacio a la escucha de lo que no soy yo. Supone, por ello, romper con el ruido, externo, pero sobre todo interno. Pero el silencio no se hace. No es actividad. Es un no hacer. Supone un freno a las urgencias y a los intereses inmediatos. Es el silencio el ejercicio de vivir aquà y ahora, renunciando a toda intención, para dejar que todo cobre su semblante. Por tanto, el silencio consiste en permanecer en uno mismo, en recuperarse en el interior para no perderse en el exterior (o en el pasado o en el futuro) (Prieto, 2010).
Entendido el silencio como una actitud activa de acogida, se modula el sistema nervioso autónomo al estimular la rama parasimpática y reducir la hiperactivación simpática propia del estrés (Smith y Jones, 2023). No se puede concebir como pasividad, es, por el contrario, un estado de "pasividad activa" que favorece tanto el descanso neuronal como la apertura cognitiva. Frente al activismo incesante, que bloquea la percepción del llamado de la realidad, el silencio permite al sujeto reconocer y acoger los valores auténticos que interpelan su existencia. En esta lÃnea, una revisión sistemática sobre intervenciones orientadas a la búsqueda de sentido evidencia que la práctica intencional del silencio y la reflexión contribuye a mitigar sÃntomas de depresión y ansiedad, al tiempo que fortalece la percepción de propósito vital (Vittorio et al., 2021). El silencio, asÃ, se configura como una condición para el descubrimiento y la asunción responsable de los valores existenciales.
En el ámbito relacional, el sujeto solo accede a una "mirada amorosa" (libre de prejuicios) mediante el vaciamiento de sà mismo (Prieto, 2010, p. 95). Esta disposición se vincula con la exégesis actual del Antiguo Testamento, donde el silencio es la superación de la "niebla interpretativa" que distorsiona la recepción de la palabra divina y humana (Kessler, 2021). Entonces, el silencio se revela como el espacio inaugural del diálogo verdadero: todo encuentro auténtico nace y se despliega en el ámbito abierto por el silenciamiento interior, donde resuena la palabra del otro y de Dios.
El silencio como lugar de la apertura al otro, pues sólo si me vacÃo de mÃ, puedo hacer hueco al otro. El silencio no aÃsla, sino que predispone a acoger al otro. En el silencio puedo acoger el rostro desnudo del otro en vez de cerrarme en la imagen que tengo de él, en las etiquetas con las que le he solidificado. Sólo el silencio permite el contacto y la retirada evitando asà la fusión y la distancia frÃa. El silencio es lo que me permite la mirada amorosa¸ por la que veo el valor y dignidad del otro, sin pretensiones por mi parte. Me permite abrirme a la alteridad de modo acogedor y donativo. El silencio me permite descubrir el misterio del otro. Y el ruido disfraza al otro y a la falta de encuentro con el otro. Y si pretendemos llevar a cabo una logoterapia, hemos de saber que sólo el silencio permite la palabra fecunda, pues la palabra resuena en el silencio. Surge del silencio y resuena en el silencio. El silencio crea receptividad a la palabra y da densidad a la palabra proferida. La palabra es la densidad del pensamiento. Toda palabra fecunda, brota del silencio y conduce al umbral del silencio. La palabra permite entrar en contacto con el otro y participar de la historia. Pero el silencio es lo que permite esta palabra presencial y fecunda."El que ha aprendido a guardar silencio correctamente, también sabe hablar correctamente" (Grün, 2003, p. 54).
Es importante destacar que sin silencio la vida cae en la esclavitud del "hacer" y, sin palabra, cae en la indiferencia pasiva (Prieto, 2010, p. 98). El verdadero equilibrio existencial se alcanza al armonizar la acción con la recepción, en consonancia con el kairós divino (un tiempo oportuno y decisivo). Este balance intencional entre actividad y silencio no solo promueve el bienestar psicológico, sino que estimula la creatividad y fortalece el sentido de comunidad, cimentando proyectos de vida coherentes con la vocación personal (Smith y Jones, 2023).
Al haber situado el silencio como apertura ontológica en su dimensión trascendental, es pertinente detallar los fundamentos que sustentan este modo de ser receptivo. La teorÃa ontológica del silencio expone cómo, sintácticamente, la ausencia de sonido se constituye en espacio para la Revelación; pero es preciso mostrar cómo esta apertura se manifiesta en la dinámica espiritual concreta. A continuación, se explorará cómo la tradición ignaciana traslada dicha "apertura" a prácticas pedagógicas de discernimiento y recogimiento, convirtiendo la teorÃa en un itinerario experiencial que prepara al sujeto para la acción transformadora.
San Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la CompañÃa de Jesús y autor de los Ejercicios Espirituales, sitúa el silencio como fundamento indispensable para la búsqueda de la voluntad de Dios y el crecimiento espiritual.
En su pedagogÃa, el silencio es un espacio intencional de separación del ruido mundano que facilita el discernimiento interior y la escucha de la voz divina. Al proponer retiros y prácticas contemplativas, Ignacio enseña que el silencio cultiva la humildad y el desapego de las seguridades materiales, abriendo la conciencia a la acción edificante del EspÃritu Santo.
Para Ignacio, el silencio es condición necesaria para escuchar a Dios y discernir su voluntad en la vida personal. Los Ejercicios Espirituales recomiendan perÃodos prolongados de silencio para favorecer la reflexión profunda sobre la existencia y la relación con Dios. Al distanciarse de las distracciones y deseos mundanos, el sujeto puede centrarse en lo esencial: la búsqueda de Dios y la vida en su presencia.
Además, el silencio se presenta como espacio para acoger al EspÃritu Santo, quien guÃa e ilumina el proceso de discernimiento. En medio del ruido contemporáneo, San Ignacio invita a encontrar en el silencio un lugar de encuentro con Dios, fuente de paz y sabidurÃa para afrontar los desafÃos existenciales.
Asà pues, los Ejercicios plantean que el silencio posibilita la presencia activa de Dios en el alma. Esta intimidad silenciosa afina la capacidad de escucha y se inserta en un proceso de discernimiento comunitario, donde el silencio personal se transforma en semilla de comunión eclesial y motor de una acción evangelizadora renovada.
En la sociedad actual, donde el silencio suele percibirse como incómodo o amenazante, el papa Francisco recupera y amplÃa esta lógica ignaciana. él sitúa el silencio como eje vertebrador de la sinodalidad y del "caminar juntos", promoviendo un discernimiento comunitario que responda a los retos contemporáneos.
Establecidos los fundamentos fenomenológicos y metafÃsicos del silencio, corresponde mostrar su aplicación en la pedagogÃa ignaciana. Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio sugieren una "pasividad activa": un silencio interior que habilita la acogida intuitiva de la voz divina. Esta praxis de retiro y examen de conciencia traduce la apertura trascendental en una disciplina concreta de escucha y disponibilidad al otro. En un mundo juvenil saturado de ruido (redes sociales, presiones académicas, estÃmulos constantes) el silencio lejos de ser considerado como un privilegio, resulta en cambio una urgencia existencial. Introducirlo en la escuela es una propuesta pedagógica contracultural y humanizadora.
El silencio crea la condición para la introspección, para esa mirada serena hacia adentro. La herramienta ignaciana por excelencia para esta práctica es el Examen de conciencia o, como se prefiere llamarlo, para evitar connotaciones negativas, la "pausa ignaciana".
Nos dice san Ignacio: "Después de acabada la actividad o experiencia por espacio de un cuarto de hora, sentado o paseándome, miraré cómo me ha ido durante el dÃa, repasando cada momento desde la levantada hasta el momento presente. Si me fue mal, miraré la causa de donde procede, y al descubrirla, me arrepentiré para enmendarme en adelante; y si me fue bien, daré gracias a Dios Nuestro Señor y haré otra vez de la misma manera" (EE, n. 77).
El examen es el entrenamiento diario para esto. No es un examen de pecados, más bien aparece como un examen de la presencia de Dios. Es aprender a mirar el dÃa que termina y preguntar: "¿Dónde hubo vida hoy? ¿Dónde me sentà consolado? ¿Por qué puedo dar gracias? ¿Dónde experimenté desolación? ¿Qué aprendo de ello para mañana?".
Cuando hacemos la pausa que san Ignacio nos recomienda al terminar alguna actividad tomamos contacto con algo muy importante: lo que somos y Dios siendo en nosotros, en la historia, en el mundo. De allà que el hábito del examinar nos dé alguna novedad sobre nosotros mismos, o una confirmación de algo que está pasando en nuestra vida, o alguna invitación a crecer. Se trata de un ejercicio de autoconocimiento y, al mismo tiempo, de reconocimiento de Dios. Por eso, para quien está en conflicto con la fe, lo primero es más fácil que lo segundo. Sin embargo, el hábito del examen al buscar el cuidado de la interioridad, de la dimensión espiritual de cada uno, puede convertirse en una acción más de siembra a largo plazo que una constatación directa de la vida de fe. (Sicre 2017).
Proponer esta "pausa" al final de la jornada escolar, aunque sea por cinco minutos, puede transformar el clima de un aula y, más importante, la vida de un estudiante. Le enseña a ser protagonista de su vida y no un espectador arrastrado por las circunstancias. El modelo ignaciano demuestra cómo el retiro contemplativo y la práctica cotidiana de la atención plena pueden convertirse en canales efectivos de encuentro con Dios y de transformación personal para el creyente.
Toda la pedagogÃa ignaciana bebe de una fuente principal: los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Los Ejercicios no son un libro de doctrinas, sino un "manual para aprender a orar con la propia vida". Su punto de partida, que es a la vez el pilar de toda la propuesta educativa ignaciana, es que Dios trata directamente con cada persona (EE, n. 15).
El discernimiento es, por ende, el arte de aprender a escuchar esa voz. Ignacio, como un maestro de la vida interior, se dio cuenta de que nuestro mundo afectivo, nuestros sentimientos y "emociones", son el lenguaje privilegiado de esa comunicación. Por ello, desarrolló sus famosas reglas de discernimiento, que son una "fenomenologÃa del espÃritu". Nos enseñan a distinguir entre la "consolación" y la "desolación". La consolación, explica Ignacio, no es alegrÃa superficial; es todo aquello que nos aumenta la fe, la esperanza y el amor, lo que nos da paz, nos conecta con los demás y nos orienta hacia el servicio, hacia el magis, ese "más" que es el sello de la espiritualidad Ignaciana. La desolación, en cambio, es todo lo que nos apaga, nos aÃsla, nos llena de desconfianza, nos encierra en el egoÃsmo y nos roba la esperanza.
Una clave como experiencia pedagógica serÃa educar en el discernimiento, esto consiste en ofrecer al joven un lenguaje para comprender su mundo interior, ayudándolo a identificar el origen y las consecuencias de sus emociones: ¿lo conducen a la libertad y al amor, o lo encadenan y aÃslan? Esta pedagogÃa, centrada en la cura personalis, reconoce a cada estudiante como un sagrario habitado por Dios.
En el itinerario ignaciano, la cura personalis constituye un principio esencial: una atención integral a la persona que trasciende gestos rituales y se concreta en una presencia cercana y compasiva. En este marco, el acompañamiento se configura como su expresión práctica. No consiste en ofrecer respuestas prefabricadas, sino en crear un espacio de escucha auténtica, donde el otro pueda reconocer la acción de Dios en su propia historia. Escuchar no consiste en centrarse en los problemas, la importancia radica en la persona que los lleva, asÃ, se le ayuda a identificar la presencia divina en su vida.
El acompañante no guÃa mediante indicaciones externas, sino mediante preguntas que permitan discernir: ¿Qué te da más vida? ¿Dónde tus talentos pueden servir mejor? ¿Qué opción te ofrece una paz más profunda? AsÃ, frente a decisiones significativas, no dirige, sino que habilita la búsqueda interior. Le enseña a discernir.
La tesis fundamental que subyace a este modelo de acompañamiento es que la verdadera guÃa espiritual no dirige, sino que habilita al sujeto para formular las preguntas decisivas que orientan su vocación y su servicio al bien común (Sierra 2020). De este modo, se revela que la cura personalis es un método de discernimiento que, a través de la escucha y el diálogo sincero, conduce a un encuentro más profundo con el don de la propia vida y con la voluntad de Dios para la historia personal y comunitaria. De esta forma este ejercicio fortalece la capacidad de la persona de reconocer la importancia de su dignidad como persona humana (Roldán 2024).
En esta sección se propone comprender el discernimiento y el silencio no como prácticas esporádicas, sino como un auténtico estilo de vida cristiana, que pedagógicamente va introduciendo a la persona en el arte del silencio y el discernimiento, según la perspectiva del Papa Francisco. Ambos elementos configuran integralmente la existencia creyente, tanto en su dimensión comunitaria como personal. Francisco presenta el discernimiento como don y como herramienta indispensable para no quedar atrapados en la superficialidad de lo cotidiano. Por su parte, el silencio no se reduce a la ausencia de palabras. Como dice Guardini: "La palabra es una de las formas básicas de la vida humana; la otra es el silencio, y es un misterio igualmente grande" (2002). La palabra es ámbito privilegiado para la escucha atenta de Dios y del prójimo, condición imprescindible para que el discernimiento sea verdadero y fecundo. Desde esta perspectiva, la pausa interior y la reflexión constante se proponen como contrapeso tanto frente a la rigidez moralista como al relativismo práctico, generando una fe dinámica y orientada al servicio eclesial y social.
Como jesuita, Francisco ha situado el discernimiento en el núcleo de su magisterio. En Gaudete et Exsultate (2018), lo define como "un don que tenemos que pedir" y como brújula imprescindible para no ser arrastrados "por las tendencias del momento" (n. 167). El discernimiento, advierte, no debe restringirse a momentos de crisis, sino asumirse como aprendizaje cotidiano de libertad y responsabilidad. Frente a la búsqueda de respuestas automáticas, Francisco subraya la necesidad de formar conciencias capaces de tomar decisiones justas en las zonas grises de la vida.
A continuación, se abordará el discernimiento según las catequesis papales, donde se presenta como un arte esencial para el creyente actual.
Para el papa Francisco, el discernimiento es una práctica esencial para todo creyente, porque "las elecciones son una parte esencial de la vida" (Francisco, Catequesis, 31 de agosto de 2022). No se trata de una opción accesoria, sino de una actitud permanente orientada a vivir conforme al Evangelio. Cada elección, grande o pequeña, exige este ejercicio, que el Papa define como el arte de elegir bien, pues en cada decisión se configura un proyecto de vida y se concreta la relación con Dios y con los demás.
"el discernimiento se presenta como un ejercicio de inteligencia, de habilidad y también de voluntad, para aprovechar el momento favorable: son condiciones para hacer una buena elección. Es necesario inteligencia, habilidad y también voluntad para hacer una buena elección. Y también hay un coste necesario para que el discernimiento sea operativo."
En este sentido, destaca que el discernimiento tiene un coste: supone renuncias, aprendizaje constante y esfuerzo interior. AsÃ, el discernimiento auténtico se revela como una praxis que unifica la mente, la destreza y el corazón en un proceso dinámico y continuo de búsqueda del bien mayor, no como resultado de automatismos, sino como fruto de una elección lúcida y comprometida."El discernimiento es agotador pero indispensable para vivir. Requiere que me conozca a mà mismo, que sepa lo que es bueno para mà aquà y ahora. Sobre todo, requiere una relación filial con Dios. Dios es Padre y no nos deja solos, siempre está dispuesto a aconsejarnos, a animarnos, a acogernos. Pero nunca impone su voluntad." (Francisco, 2022).
El Papa Francisco subraya que el discernimiento es una herramienta esencial para interpretar los acontecimientos inesperados que irrumpen en la vida. AsÃ, la referencia a la experiencia de san Ignacio de Loyola es paradigmática: a primera vista un hecho negativo y sin sentido, se convierte en la oportunidad que Dios utiliza para iniciar un camino de conversión radical. Discernir, entonces, es aprender a leer esas señales ocultas que marcan la presencia de Dios en medio de la incertidumbre y el sufrimiento, puede orientar el camino interior hacia una transformación profunda y definitiva.
El 7 de septiembre señaló que:
El discernimiento es la ayuda para reconocer las señales con las cuales el Señor se hace encontrar en las situaciones imprevistas, incluso desagradables, como fue para Ignacio la herida en la pierna. De estas puede nacer un encuentro que cambia la vida, para siempre, como el caso de san Ignacio. Puede nacer algo que te haga mejorar en el camino o empeorar no lo sé, pero estad atentos y el hilo conductor más bonito es dado por las cosas inesperadas (Francisco, 2022).
Para Francisco el discernimiento auténtico sólo es posible en un clima espiritual impregnado de oración verdadera. Lejos de entender la oración como una simple repetición de fórmulas, el Papa la define como un acto de apertura radical del corazón a la presencia de Cristo. Por ello, discernir no puede ser solo razonar, es dejarse transformar en el encuentro con el Amigo, en un diálogo silencioso donde el corazón aprende a reconocer la voz de Aquel que llama suavemente y guÃa hacia la verdad.
El 28 de septiembre recuerda que:
Estar en oración no significa decir palabras, palabras, no; estar en oración significa abrir el corazón a Jesús, acercarse a Jesús, dejar que Jesús entre en mi corazón y nos haga sentir su presencia. Y ahà podemos discernir cuándo es Jesús y cuándo somos nosotros con nuestros pensamientos, muchas veces lejos de eso que quiere Jesús … Pidamos esta gracia: vivir una relación de amistad con el Señor, como un amigo habla al amigo (cf. S. Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, 53) (Francisco, 2022).
Francisco en su reflexión sobre el discernimiento, subraya el carácter discreto y oculto del bien verdadero. En contraste con el mal, que tiende a exhibirse y buscar el aplauso inmediato, el bien permanece revestido de silencio. Esta pedagogÃa divina, responde al estilo mismo de Dios. El bien exige dedicación y profundidad, una actitud de búsqueda paciente y humilde, propia del corazón que discierne. Esta imagen revela la profundidad de la lógica evangélica: el Reino de Dios crece en lo oculto, en el anonimato fecundo de los gestos discretos, en la fidelidad silenciosa de quienes optan por el amor sin esperar reconocimiento.
En la Catequesis del 19 de octubre afirmó:
El bien está escondido, siempre, porque el bien tiene pudor y se esconde: el bien está scondido; es silencioso, requiere una excavación lenta y continua. Porque el estilo de Dios es discreto: a Dios le gusta ir escondido, con discreción, no se impone; es como el aire que respiramos, no lo vemos nunca, pero nos hace vivir, y nos damos cuenta solo cuando nos falta (Francisco, 2022).
Por último, Francisco señala que la pedagogÃa divina se revela en la discreción y en la humildad de su comunicación. el Papa recurre a una imagen bÃblica que ilumina el modo en que Dios se acerca al ser humano, con libertad, y una humildad que apacienta en corazón.
AsÃ, la voz divina se escucha en medio del silencio que es tanto actitud espiritual como condición necesaria para un discernimiento auténtico.
En la Catequesis del 21 de diciembre concluyó:
la voz de Dios resuena en la calma, en la atención, en el silencio. Pensemos en la experiencia del profeta ElÃas: el Señor le habla no en el viento que rompe las piedras, no en el fuego o en el terremoto, sino que le habla en una brisa suave (cfr. 1Re 19,11?12). Es una imagen muy hermosa que nos hace entender cómo habla Dios. La voz de Dios no se impone, la voz de Dios es discreta, respetuosa, yo me permitirÃa decir que la voz de Dios es humilde, y precisamente por esto es pacificadora (Francisco, 2022).
Ahora es necesario responder a la pregunta: ¿De qué manera el silencio, entendido como espacio de escucha y apertura, se convierte en estructura necesaria para el discernimiento y en estilo de vida cristiano, a la luz de la tradición ignaciana y del magisterio de Francisco? Para ello se abordará desde la breve, pero profunda, reflexión del papa Francisco que recuerda que el silencio, se erige como fundamento ontológico y espiritual de la existencia cristiana. En su Vigilia de Oración en la Plaza de San Pedro el 30 de septiembre de 2023, Francisco insistió en tres niveles donde el silencio resulta indispensable: para la vida del creyente, para la vida de la Iglesia y para el camino de unidad de los cristianos.
Francisco subrayó que el silencio "está al principio y al final de la existencia terrena de Cristo. El Verbo, la Palabra del Padre, se hizo "silencio" en el pesebre y en la cruz". Este silencio no es vacÃo, "sino un momento lleno de espera y de disponibilidad" (Francisco, 2018).
Como se ha expresado antes, en el contexto de una cultura marcada por la saturación de discursos y el exceso de información, el llamado del papa Francisco a redescubrir el valor del silencio adquiere una relevancia teológica y pastoral fundamental. El Papa afirma que la verdad divina se da con esa delicadeza que permite resonar en el interior del ser humano. Solo en el silencio es posible discernir la voz de Dios, en el encuentro auténtico con lo trascendente.
…la verdad no necesita gritos violentos para llegar al corazón de los hombres. A Dios no le gustan las proclamas y los alborotos, las habladurÃas y la confusión; Dios prefiere más bien, como hizo con ElÃas, hablar en el "el rumor de una brisa suave" (1 Re 19,12), en un "hilo sonoro de silencio". Y asà también nosotros, como Abraham, como ElÃas, como MarÃa necesitamos liberarnos de tantos ruidos para escuchar su voz. Porque sólo en nuestro silencio resuena su Palabra (Francisco, 2023).
La fenomenologÃa contemporánea de la escucha teológica subraya que el silencio es condición necesaria para acoger la voz de Dios sin distorsionarla mediante proyecciones subjetivas. Claudia Welz destaca que el silencio orante permite oÃr la respuesta divina, incluso en la aparente ausencia de palabras, constituyéndose en un diálogo sin lenguaje que custodia el misterio de la encarnación (Welz, 2019).
Desde la tradición contemplativa cristiana, rescatada por Merton, Main y Trabold, el silencio corporal y mental es vÃa de acceso a la presencia divina. Trabold lo concibe como práctica regular de recogimiento, facilitando el reconocimiento interior desde el Amor absoluto (Trabold, 2008).
El papa Francisco no limita su reflexión sobre el silencio a la dimensión personal e interior, sino que subraya también su valor comunitario y eclesial. En efecto, recuerda cómo en los Hechos de los Apóstoles narra como"toda la asamblea guardó silencio". Este detalle, aparentemente secundario, es interpretado por Francisco como una clave espiritual: la comunidad cristiana auténtica no solo se define por la palabra compartida, sino por la capacidad de callar juntos, en actitud de escucha y discernimiento. El silencio, en este contexto, es un espacio sagrado donde la Palabra de Dios puede ser acogida sin resistencias ni interferencias humanas. AsÃ, la Iglesia sinodal que el Papa propone se construye también desde el silencio comunitario, como ámbito donde los corazones se unifican y las diferencias encuentran un cauce de comunión (Roldán 2024). El silencio, efectivamente, no resulta como un acto pasivo, es una praxis eclesial activa, necesaria para caminar juntos hacia la verdad.
toda la asamblea hizo silencio" (Hch 15,12), preparándose para recibir el testimonio de Pablo y Bernabé acerca de los signos y prodigios que Dios habÃa realizado entre las naciones. Y esto nos recuerda que el silencio, en la comunidad eclesial, hace posible una comunicación fraterna, en la que el EspÃritu Santo armoniza los puntos de vista porque él es la armonÃa. Ser sinodales quiere decir acogernos asÃ, unos a otros, con la convicción de que todos tenemos algo que testimoniar y aprender, poniéndonos juntos a la escucha del "EspÃritu de la verdad" (Jn 14,17) para conocer lo que él "dice a las Iglesias" (Ap 2,7). Y el silencio permite precisamente el discernimiento, mediante la escucha atenta de los "gemidos inefables" (Rm 8,26) del EspÃritu que resuenan, a menudo ocultos, en el Pueblo de Dios (Francisco, 2023).
Allà el silencio no aÃsla, sino que armoniza posturas diversas y habilita el discernimiento colegiado. La teologÃa comunitaria contemporánea subraya que el silencio eclesial no implica inacción, sino disponibilidad a la inspiración del EspÃritu. En la teologÃa de Edith Stein y Paul Ricoeur -retomada por Petersen- el silencio pensante se entiende como espacio hermenéutico donde se forja la comunión: "silencio y palabra se alternan en el proceso de significado compartido" (Petersen, 2021). La práctica del silencio conjunto crea la "atmósfera" propicia para el diálogo ecuménico, pues permite acoger la diversidad de voces sin imponer visiones hegemónicas. En este sentido, el silencio sinodal es herramienta para la corresponsabilidad y la fraternidad donde el Pueblo de Dios aprende a escuchar "los gemidos inefables" del EspÃritu (Rm 8,26) (Welz, 2019).
En la espiritualidad propuesta por el papa Francisco, el silencio es una verdadera oración que permite acoger el don de la unidad como un regalo y no como un logro humano. En esta perspectiva, el silencio es un acto de apertura a la acción de Dios.
El silencio orante prepara el terreno para la acción del EspÃritu, que une en la diversidad, purifica en la diferencia y fecunda el diálogo ecuménico desde una dimensión radicalmente teologal. AsÃ, el silencio deja de ser solo una actitud personal para convertirse en praxis eclesial al servicio de la comunión.
El silencio hecho oración nos permite acoger el don de la unidad "como Cristo la quiere", "con los medios que él quiere" (cf. P. Couturier, Preghiera per l’unitá), no como fruto autónomo de nuestros propios esfuerzos y según criterios puramente humanos. Cuanto más nos dirigimos juntos al Señor en la oración, más experimentamos que es él quien nos purifica y nos une más allá de las diferencias. La unidad de los cristianos crece en el silencio ante la cruz, como las semillas que recibiremos y que representan los diversos dones concedidos por el EspÃritu Santo a las distintas tradiciones. A nosotros nos corresponde sembrarlas, con la certeza de que sólo Dios hace crecer (cf. 1 Co 3,6). Serán un signo para nosotros, llamados también a morir silenciosamente al egoÃsmo para crecer, por la acción del EspÃritu Santo, en la comunión con Dios y en la fraternidad entre nosotros (Francisco, 2018).
El ecumenismo litúrgico revela que actos como la Vigilia de Taizé, marcados por el silencio compartido, constituyen espacios de mÃstica común donde se experimenta la presencia del Resucitado. Estudios cualitativos muestran que el silencio prolongado favorece la percepción de pertenencia a un solo cuerpo y reduce las tensiones grupales (Smith y Jones, 2023). Este silencio ecuménico emerge como semilla de comunión: exige morir al ruido de las propias certezas identitarias. Francisco subraya que aprender el arte del silencio lejos de ser una simple técnica, es una disposición eclesial que permite escuchar la voz Trinitaria (Francisco, 2023). En esta clave, el SÃnodo es un kairós de purificación interior, donde el silencio permite al EspÃritu liberar a la Iglesia de murmuraciones, ideologÃas y polarizaciones. Solo desde este silencio auténtico es posible reconstruir el Pueblo de Dios como fraternidad reconciliada.
…pidamos en la oración común, aprender a hacer silencio nuevamente, para escuchar la voz del Padre, la llamada de Jesús y el gemido del EspÃritu. Pidamos que el SÃnodo sea kairós de fraternidad, lugar donde el EspÃritu Santo purifique a la Iglesia de las murmuraciones, las ideologÃas y las polarizaciones." (Francisco, 2018).
A partir de las reflexiones del papa Francisco, el silencio emerge como fundamento ontológico, condición previa para la sinodalidad y ámbito propicio para la unidad ecuménica. Lejos de constituir evasión o inactividad, el silencio configura el espacio fecundo donde el discernimiento se vuelve posible: praxis interior que engendra libertad y creatividad. En el pontificado de Francisco, discernimiento y silencio se constituyeron en un estilo de vida, no como práctica eventual, sino como fundamento de una existencia cristiana auténtica. Al señalar que el discernimiento es "un don que tenemos que pedir" (Francisco, 2018, n. 167), el Papa propone un itinerario de escucha interior, diálogo comunitario y apertura al EspÃritu. AsÃ, el silencio deja de ser recurso estratégico y se convierte en ámbito originario donde la Palabra resuena en la conciencia, forjando una libertad responsable capaz de afrontar los matices de la historia desde la corresponsabilidad eclesial y el testimonio público.
La propuesta de integrar el silencio y el discernimiento como eje articulador de la vida espiritual y pedagógica en contextos educativos contemporáneos abre un campo de reflexión extenso, rico en matices y retos. A continuación, se profundiza crÃticamente en los principales desafÃos que se enfrentan al proponer este modelo, asà como en las oportunidades que emergen para la formación de sujetos capaces de "leer" los signos de los tiempos y de responder desde la autenticidad de su fe.
La sociedad actual, especialmente en su juventud, vive inmersa en un entorno mediático que premia lo efÃmero y lo sensacionalista. Las redes sociales han instaurado una lógica de gratificación instantánea que desajusta la capacidad de sostener pausas reflexivas prolongadas. En este escenario, el discernimiento (que requiere escucha pausada, contraste interior y paciencia) se contrapone a la seducción de la reacción impulsiva, del "me gusta" como juicio último. A esto se añade la polarización polÃtica y el fenómeno de la posverdad, donde la emoción prevalece sobre la búsqueda de la verdad. El reto consiste en formar sujetos capaces de permanecer serenos ante la avalancha de estÃmulos, de resistir la presión de la opinión colectiva y de encontrar espacio interior para evaluar con ecuanimidad las diversas perspectivas. En esta lÃnea, el discernimiento se convierte en una oportunidad para revisar crÃticamente la inmediatez de información y sensacionalismo.
En contextos urbanos altamente secularizados, el bagaje cultural cristiano ya no se transmite por una simple tradición familiar o comunitaria. Nuestros estudiantes habitan realidades plurales (agnósticos, evangélicos, creyentes de otras confesiones) e incluso aquellos que se identifican como católicos a menudo desconocen los fundamentos de su propia tradición. En estas condiciones, el discernimiento, si se presenta en términos exclusivamente confesionales, corre el riesgo de ser percibido como un producto excluyente o convencional. El desafÃo teológico-pastoral radica en enmarcar el discernimiento como un itinerario humano universal: la búsqueda de sentido, la autenticidad existencial y la responsabilidad ética ante la realidad, valores que resuenan en cualquier horizonte de fe o no-fe. De esta manera, el lenguaje del discernimiento se desplaza desde lo meramente eclesiástico hacia lo antropológico, facilitando puentes de diálogo interreligioso y con los no creyentes; puesto que el arte del discernimiento abarca todos los espacios de la vida humana, que iluminan las decisiones que se toma cotidianamente.
En el contexto colombiano, la experiencia de conflictos múltiples ha dejado cicatrices profundas (pérdida de familiares, violencia estructural, desplazamientos) que permean el tejido social y la psique individual. El discernimiento que se queda en una dimensión introspectiva corre el peligro de convertirse en un refugio narcisista, ajeno a las urgencias de la sanación comunitaria. El reto es articular un discernimiento, que no huya de la memoria dolorosa, sino que la atraviese para transformarla en compasión activa y justicia restaurativa. Esto exige pedagogÃas que integren dinámicas de memoria histórica, narración de vÃctimas y ejercicio de la misericordia, de modo que el silencio interior alimente un compromiso solidario con la sanación de las heridas sociales; dado que el discernimiento favorece la toma de decisiones que redundan en la sociedad, en la comunidad.
La ubicuidad de dispositivos móviles y la cultura del scroll continuo dificultan la interiorización necesaria para el silencio y el discernimiento. Múltiples estudios señalan que las capacidades atencionales se han reducido dramáticamente en la última década. El silencio, en este ámbito, no solo choca con la falta de hábito, sino con una arquitectura tecnológica diseñada para fragmentar la atención. El desafÃo consiste en crear entornos liberados de "ruido digital" (ya sea mediante retiros cortos, aulas con espacios "libres de pantallas" o liturgias que recuperen el ritmo pausado), de modo que los estudiantes reaprendan a sostener la atención plena y a "habitar" el silencio con naturalidad.
En muchos centros educativos, el énfasis en indicadores de desempeño (pruebas estandarizadas, rankings, publicaciones cuantitativas) deja escaso margen para prácticas formativas cualitativas como el discernimiento. Proponer espacios de silencio y reflexión profunda puede chocar con agendas administrativas que asocian productividad con ocupación constante. Aquà el reto es persuadir a los tomadores de decisión mediante evidencia rigurosa: mostrar cómo la pausa reflexiva mejora el aprendizaje, la creatividad y el bienestar emocional, reduciendo el estrés y la rotación del personal docente. Más aún, elegir y favorecer espacios que fortalezcan el silencio interior en pro de las relaciones humanas, es un aporte pedagógico a la formación personal y social del ser humano que deriva en el bien común.
La misma historia de Colombia convierte el discernimiento en una herramienta privilegiada para la paz. Educar en discernimiento es entrenar en la escucha del otro, en la empatÃa y en la capacidad de distinguir caminos de reconciliación frente a los impulsos de revancha.
Los Ejercicios Espirituales ignacianos, con su énfasis en acompañar la desolación propia y ajena, preparan a los jóvenes para convertirse en "artesanos de paz" en sus familias, barrios e instituciones (Arrupe, 1973). La pedagogÃa del discernimiento permite formular preguntas como: "¿Qué impulsa mi acción: el resentimiento o la compasión?", transformando heridas en semillas de encuentro y perdón.
Para las instituciones católicas y jesuitas, integrar el silencio y el discernimiento como eje pedagógico no como un añadido, sino como la consumación de su identidad fundacional. Convertirse en "escuelas de discernimiento" las posiciona como referentes de innovación educativa basada en principios humanÃsticos y espirituales. Esta oferta formativa atrae a familias y estudiantes en búsqueda de proyectos de vida significativos, más allá de una instrucción técnica. Además, fortalece la cohesión de la comunidad educativa al compartir un lenguaje común de búsqueda y responsabilidad ética.
Los jóvenes de hoy enfrentan incertidumbres económicas, laborales y existenciales. El discernimiento ofrece un itinerario práctico para orientar su vocación personal y profesional en diálogo con los valores del Evangelio. A través de ejercicios de examen de conciencia, acompañamiento espiritual y proyectos de servicio, los estudiantes aprenden a formular su "proyecto de vida como una misión en la construcción del bien común" (Sierra 2020). Este enfoque mitigarÃa la ansiedad vocacional y dotarÃa de coherencia a las decisiones académicas y laborales, con un impacto positivo en la retención y el sentido de pertenencia.
La articulación del silencio y el discernimiento con la psicologÃa de la religión, la neurociencia contemplativa y la teologÃa práctica abre posibilidades para estudios de vanguardia. Por ejemplo, investigar los efectos neurobiológicos del silencio deliberado en entornos escolares, o evaluar con metodologÃas mixtas la incidencia de prácticas de examen ignaciano en el clima escolar. Estos proyectos no solo enriquecen la academia teológica, sino que validan empÃricamente las propuestas pedagógicas, facilitando su adopción por organismos educativos y gubernamentales.
Al presentar el discernimiento como búsqueda de la voluntad de Dios o del bien último, el campo queda abierto para el encuentro con otras tradiciones religiosas. Talleres de silencio y discernimiento pueden diseñarse para incluir meditaciones ignacianas o prácticas con meditación de atención plena. Este enfoque promueve la ciudadanÃa global y el respeto mutuo, formando lÃderes capaces de colaborar en iniciativas sociales y de construcción de paz más allá de sus propias creencias.
La integración del silencio y el discernimiento en la educación contemporánea presenta una tensión fecunda entre los desafÃos digitalización, polarización, secularización y las oportunidades paz, vocación auténtica, innovación educativa. Para avanzar, proponemos:
Aunque el silencio y el discernimiento exija enfrentar resistencias culturales e institucionales, ofrece un camino transformador para la formación de sujetos Ãntegros, capaces de conjugar la profundidad espiritual con la acción ética en el mundo. Adoptar este modelo no solo robustecerá la identidad de las instituciones cristianas, sino que contribuirá de modo significativo al bien común (Sierra 2020), al cultivar en las nuevas generaciones la capacidad de escuchar, analizar y elegir con libertad responsable.
En este capÃtulo se ha explorado con profundidad cómo el silencio y el discernimiento conforman un estilo de vida cristiano capaz de sostener el encuentro auténtico con Dios, con el prójimo y con uno mismo. A lo largo de las secciones desarrolladas, se ha examinado el silencio como acontecimiento ontológico y antropológico, evidenciando su carácter fundante en la apertura receptiva de la realidad divina y humana. Luego, se presentó la pedagogÃa ignaciana y cómo esta se traduce en apertura a itinerarios experienciales de examen y pausa, mostrando como los Ejercicios Espirituales de San Ignacio se institucionalizan en un espacio de "pasividad activa" para el autoconocimiento y la asunción de la presencia de Dios. A continuación, se destacaron algunos aspectos del magisterio del papa Francisco, quien actualiza y despliega el silencio y el discernimiento como elementos constitutivos de la vida comunitaria eclesial y personal, integrándolos con la sinodalidad como un estilo de vida cristiano desde la unidad ecuménica y el arte de leer las señales divinas en la historia.
Se ha subrayado que el silencio es la condición previa para la revelación y la autoescucha. Desde la fenomenologÃa hasta la psicologÃa de la espiritualidad, el silencio emerge como espacio donde el sujeto se desapropia de sà mismo para acoger la alteridad, apaga la hiperactivación del sistema nervioso y favorece el discernimiento de los valores auténticos que definen la vocación personal.
La raÃz ignaciana del capÃtulo ha mostrado cómo la "pausa ignaciana" o examen diario se convierte en disciplina concreta de escucha interior. Las reglas de discernimiento ignaciano distinguen entre consolación y desolación, habilitando al sujeto para reconocer las mociones del EspÃritu. La cura personalis y el acompañamiento espiritual se presentan como expresiones prácticas de esta pedagogÃa, mediante preguntas abiertas y presencia compasiva que conducen al crecimiento personal y comunitario.
Francisco, formado en esa tradición ignaciana, describe el discernimiento como don y tarea cotidiana, insistiendo en su costo y su carácter gradual. Destaca la oración viva como espacio de encuentro con Cristo y la voz discreta de Dios en la brisa suave de la interioridad. Asimismo, propone el silencio como estructura eclesial: un silencio comunitario que armoniza la sinodalidad y ofrece cauces de comunión, diálogo ecuménico y la unidad de los cristianos como un estilo de vida.
También se han analizado los retos culturales (la inmediatez mediática, la polarización, la secularización, la saturación tecnológica y la resistencia institucional) que obstaculizan la incorporación del discernimiento y del silencio en los entornos educativos y pastorales. A la par, se han identificado oportunidades: la formación de artesanos de paz, la renovación de la identidad educativa ignaciana, el acompañamiento vocacional, la investigación interdisciplinar y el diálogo ecuménico e interreligioso.
AsÃ, se presentaron propuestas concretas: el diseño curricular hÃbrido que combine teorÃa y práctica, la capacitación de formadores en metodologÃas de silencio y discernimiento, las alianzas interdisciplinarias para investigación aplicada, y el monitoreo adaptativo de las iniciativas mediante grupos focales. Estas lÃneas buscan traducir la teorÃa y la reflexión crÃtica en proyectos reales que transformen las prácticas formativas. De manera que, al conjugar tradición y actualidad, el estudio muestra que la recuperación del silencio y el discernimiento son una urgencia pastoral y educativa en un mundo saturado de estÃmulos. La propuesta ignaciana-franciscana ofrece un itinerario que, sin renunciar a la exigencia intelectual y comunitaria, hace del silencio un espacio creativo de acción transformadora. En este sentido, el silencio y el discernimiento emergen como ejes articuladores de una Iglesia en salida y de instituciones educativas convertidas en espacios de formación integral.
Se propone en consecuencia que el silencio y el discernimiento deben ser consideradas asignaturas que estén el núcleo vital de toda comunidad cristiana y de todo proyecto educativo que aspire a vivir el reto de la coherencia con su fundamento teológico. Solo allà donde se aprende a hacer silencio juntos es posible caminar juntos, escuchar la voz del EspÃritu y traducir la palabra en obras de paz y reconciliación.
Frente a la urgencia de formar sujetos capaces de escuchar, elegir y actuar con libertad responsable, se propone la creación de estos "espacios de discernimiento": espacios formativos hÃbridos (presenciales y virtuales) donde se integre de manera sistemática el silencio, el acompañamiento personal y la praxis comunitaria. Estos espacios deben ofrecer:
Al implementar estos espacios de silencio y discernimiento, se formarán lÃderes comprometidos con la justicia y la fraternidad, con una prospectiva amplia donde el silencio y el discernimiento que sean motores de renovación eclesial, educativa y social. En un futuro marcado por incertidumbres y complejidades, estas iniciativas permitirán que la Iglesia y las instituciones formativas aporten protagonistas capaces de transformar el mundo desde la escucha profunda y la acción generativa.
El discernimiento es un arte, un arte que se puede aprender y que tiene sus propias reglas. Si se aprende bien, permite vivir la experiencia espiritual de manera cada vez más bella y ordenada. Ante todo, el discernimiento es un don de Dios, que hay que pedir siempre, sin presumir nunca de experto y autosuficiente. Señor, dame la gracia de discernir en los momentos de la vida, qué tengo que hacer, qué tengo que entender. Dame la gracia de discernir, y dame la persona que me ayude a discernir. La voz del Señor siempre se reconoce, tiene un estilo único, es una voz que apacigua, anima y tranquiliza en las dificultades (Francisco, 2023).
*Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de TeologÃa, s.sierra@javeriana.edu.co
**Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de TeologÃa, mary.rodriguez@javeriana.edu.co
***Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de TeologÃa, wroldan@javeriana.edu.co
****Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de TeologÃa, andrade.angie@javeriana.edu.co
Citación APA:
Sierra González, S., Rodróguez Moreno, M., Roldán Solano, W., & Andrade Quiroz, A.. (2026). Silencio y discernimiento como estilo de vida cristiano: enseñanzas de Ignacio y Francisco. En De Souza Martins, M., & Posada-Bernal, S. (Coord.), Reflexiones sobre los estilos de vida en el contexto escolar (pp. 113-132). Editora ACODESI. https://acodesi.co/reflexiones-sobre-los- estilos-de-vida-en-el-contexto-escolar

Santiago Andrés Sierra González*
Mary Betty RodrÃguez Moreno**
Wilmar Esteve Roldán Solano***
Angie Tatiana Andrade Quiroz****
En el horizonte de la tradición cristiana este estudio parte de explorar el silencio como un marco fundante en el cual la revelación divina y la autocomprensión humana se hacen posibles. La concepción del silencio que subyace al texto se aleja de interpretaciones funcionalistas y pragmáticas para situarlo en el plano ontológico, como condición previa y esencial de toda experiencia auténticamente espiritual, y en el plano antropológico, como apertura radical al otro. Este posicionamiento teórico resuena con la fenomenologÃa contemporánea y con las aportaciones recientes de la psicologÃa de la espiritualidad, que reconocen al silencio como espacio liminal en el cual el sujeto se desapropia de sà mismo para acoger la presencia del otro.
Como se observará en estas páginas, la reflexión se inscribe en una doble tradición interconectada: por un lado, la herencia de la praxis ignaciana, en la cual el silencio es una actitud receptiva que capacita al sujeto para el discernimiento espiritual y la acción transformadora. De ahà que el texto se articule alrededor de una recuperación del silencio como dimensión estructurante de la pedagogÃa ignaciana, y como clave hermenéutica para una renovación espiritual y educativa contemporánea. Por ello, busca trasladar esta fundamentación al campo pedagógico y pastoral mediante el análisis del silencio en la práctica ignaciana, mostrando su pertinencia concreta en espacios educativos actuales saturados de ruido externo y dispersión interior.
En un contexto cultural marcado por la aceleración, la hiperconectividad y la saturación de estÃmulos (Sierra 2022), el texto propone la recuperación del silencio como una praxis educativa contra-cultural, profundamente liberadora. Proponer espacios de silencio (ya sea en la forma de pausas ignacianas, retiros, momentos de examen personal o acompañamiento espiritual) es un acto pedagógico esencial que permite a los estudiantes recuperar su interioridad, discernir su proyecto vital y abrirse a la presencia trascendente.
Por el otro lado, se inscribe en el magisterio de Francisco quien recupera y actualiza la tradición ignaciana ya que presenta el silencio y el discernimiento como elementos constitutivos de una Iglesia en salida, capaz de escuchar el clamor del mundo y responder desde el Evangelio. El silencio comunitario es visto como espacio eclesial donde el EspÃritu armoniza las diversidades y abre caminos de comunión, misión y diálogo ecuménico. De este modo, el silencio se revela no solo como práctica personal, sino como principio estructurante del caminar sinodal de la Iglesia.
Desde estas dos vertientes, se busca responder a la crisis contemporánea de interioridad y sentido, en un mundo marcado por la distracción y el ruido permanente. Se pretende pues, revalorizar el silencio como acontecimiento fundante de la subjetividad espiritual y como praxis educativa y eclesial transformadora. Al articular reflexión filosófica, teológica y pedagógica, se busca ofrecer una contribución relevante al pensamiento cristiano actual y a las prácticas formativas de las instituciones educativas inspiradas en la espiritualidad ignaciana y en los aportes magisteriales del papa Francisco.
Lo anterior, no pretende limitarse a una exposición teórica, sino que propondrá también lÃneas pedagógicas concretas, aplicables en espacios educativos y pastorales. La integración del silencio como práctica educativa en instituciones ignacianas será presentada como una estrategia que favorece el autoconocimiento, la apertura al otro y la escucha de la voz de Dios. En este sentido buscará ofrecer una contribución significativa no solo al pensamiento teológico y espiritual, sino también a la praxis pastoral y educativa de la Iglesia que reivindica el silencio como acontecimiento trascendental, matriz ontológica y praxis espiritual imprescindible en el camino del creyente y de la comunidad eclesial. En una época que exige con urgencia el silencio como un momento auténtico de escucha y acogida del Otro, éste se revela como puerta al Misterio donde la Palabra es oÃda, discernida y orientada al bien común.
Esto contrasta con la cultura contemporánea la cual interpreta el silencio como vacÃo incómodo o falta de productividad; sin embargo, desde una perspectiva teológica profunda, el silencio constituye el locus donde acontece la revelación de lo divino y la apertura a la alteridad. Este trabajo se propone una relectura del silencio como estructura receptiva fundamental para el discernimiento, la comunión eclesial y la experiencia de la alteridad.
Por ello, el capÃtulo se organiza en dos grandes partes: los aportes de la espiritualidad ignaciana y las contribuciones del papa Francisco. Esta estructura permite articular el tema desde la tradición mÃstica y pedagógica de San Ignacio de Loyola hasta su actualización en el pensamiento eclesial contemporáneo.
El primer bloque discursivo se dedica a los aportes ignacianos, propone al silencio como un fundamento espiritual y pedagógico en el proceso de discernimiento cristiano. Partiendo de su comprensión del silencio explora cómo los Ejercicios Espirituales incorporan la práctica del discernimiento interior, la pausa ignaciana, el examen de conciencia y la cura personalis, mostrando cómo el silencio genera la atmósfera necesaria para la apertura al otro. Por tanto, el discernimiento, se convierte en un proceso de escucha de Dios en el propio corazón y en la realidad, que capacita para una acción más libre y comprometida con los demás.
El segundo bloque recoge los aportes del papa Francisco, quien actualiza la tradición ignaciana al integrar el silencio como elemento central en la vida eclesial contemporánea. Francisco interpreta el discernimiento y el silencio no como ejercicios esporádicos, sino como un verdadero estilo de vida cristiano. En sus discursos y documentos, destaca el silencio como locus privilegiado para la escucha de la voz de Dios y del prójimo, como medio indispensable para el discernimiento personal y comunitario. En particular, el silencio es propuesto como condición fundamental en el camino sinodal, favoreciendo el diálogo fraterno y el discernimiento eclesial frente a los desafÃos del mundo actual. Francisco también subraya el valor del silencio como ámbito donde germina la unidad de los cristianos y la apertura al EspÃritu Santo, especialmente en contextos ecuménicos.
Por último, el argumento principal de este estudio puede sintetizarse en la siguiente pregunta fundamental: ¿cómo el silencio, lejos de ser ausencia de palabra o simple apartamiento, constituye un acontecimiento ontológico y espiritual indispensable para el encuentro con Dios, con el otro y con uno mismo? Este cuestionamiento guiará al lector hacia el descubrimiento del acontecimiento trascendental, donde el otro puede ser acogido y donde la vida espiritual se convierte asà en encuentro y servicio.
El silencio, entendido como apertura ontológica y dinámica receptiva, configura el espacio primordial donde la realidad divina y humana (Sierra 2023) puede revelarse en toda su profundidad. Lejos de ser una negación de la palabra, el silencio se presenta como fundamento de toda experiencia contemplativa auténtica: es la condición que prepara al sujeto para acoger el don de la Palabra, fecundando la actividad espiritual y la conversión interior. Es decir, al frenar la urgencia de la acción, el sujeto entra en un espacio receptivo donde lo real puede mostrarse en su hondura.
El silencio es el acontecimiento de hacer espacio a la escucha de lo que no soy yo. Supone, por ello, romper con el ruido, externo, pero sobre todo interno. Pero el silencio no se hace. No es actividad. Es un no hacer. Supone un freno a las urgencias y a los intereses inmediatos. Es el silencio el ejercicio de vivir aquà y ahora, renunciando a toda intención, para dejar que todo cobre su semblante. Por tanto, el silencio consiste en permanecer en uno mismo, en recuperarse en el interior para no perderse en el exterior (o en el pasado o en el futuro) (Prieto, 2010).
Entendido el silencio como una actitud activa de acogida, se modula el sistema nervioso autónomo al estimular la rama parasimpática y reducir la hiperactivación simpática propia del estrés (Smith y Jones, 2023). No se puede concebir como pasividad, es, por el contrario, un estado de "pasividad activa" que favorece tanto el descanso neuronal como la apertura cognitiva. Frente al activismo incesante, que bloquea la percepción del llamado de la realidad, el silencio permite al sujeto reconocer y acoger los valores auténticos que interpelan su existencia. En esta lÃnea, una revisión sistemática sobre intervenciones orientadas a la búsqueda de sentido evidencia que la práctica intencional del silencio y la reflexión contribuye a mitigar sÃntomas de depresión y ansiedad, al tiempo que fortalece la percepción de propósito vital (Vittorio et al., 2021). El silencio, asÃ, se configura como una condición para el descubrimiento y la asunción responsable de los valores existenciales.
En el ámbito relacional, el sujeto solo accede a una "mirada amorosa" (libre de prejuicios) mediante el vaciamiento de sà mismo (Prieto, 2010, p. 95). Esta disposición se vincula con la exégesis actual del Antiguo Testamento, donde el silencio es la superación de la "niebla interpretativa" que distorsiona la recepción de la palabra divina y humana (Kessler, 2021). Entonces, el silencio se revela como el espacio inaugural del diálogo verdadero: todo encuentro auténtico nace y se despliega en el ámbito abierto por el silenciamiento interior, donde resuena la palabra del otro y de Dios.
El silencio como lugar de la apertura al otro, pues sólo si me vacÃo de mÃ, puedo hacer hueco al otro. El silencio no aÃsla, sino que predispone a acoger al otro. En el silencio puedo acoger el rostro desnudo del otro en vez de cerrarme en la imagen que tengo de él, en las etiquetas con las que le he solidificado. Sólo el silencio permite el contacto y la retirada evitando asà la fusión y la distancia frÃa. El silencio es lo que me permite la mirada amorosa¸ por la que veo el valor y dignidad del otro, sin pretensiones por mi parte. Me permite abrirme a la alteridad de modo acogedor y donativo. El silencio me permite descubrir el misterio del otro. Y el ruido disfraza al otro y a la falta de encuentro con el otro. Y si pretendemos llevar a cabo una logoterapia, hemos de saber que sólo el silencio permite la palabra fecunda, pues la palabra resuena en el silencio. Surge del silencio y resuena en el silencio. El silencio crea receptividad a la palabra y da densidad a la palabra proferida. La palabra es la densidad del pensamiento. Toda palabra fecunda, brota del silencio y conduce al umbral del silencio. La palabra permite entrar en contacto con el otro y participar de la historia. Pero el silencio es lo que permite esta palabra presencial y fecunda."El que ha aprendido a guardar silencio correctamente, también sabe hablar correctamente" (Grün, 2003, p. 54).
Es importante destacar que sin silencio la vida cae en la esclavitud del "hacer" y, sin palabra, cae en la indiferencia pasiva (Prieto, 2010, p. 98). El verdadero equilibrio existencial se alcanza al armonizar la acción con la recepción, en consonancia con el kairós divino (un tiempo oportuno y decisivo). Este balance intencional entre actividad y silencio no solo promueve el bienestar psicológico, sino que estimula la creatividad y fortalece el sentido de comunidad, cimentando proyectos de vida coherentes con la vocación personal (Smith y Jones, 2023).
Al haber situado el silencio como apertura ontológica en su dimensión trascendental, es pertinente detallar los fundamentos que sustentan este modo de ser receptivo. La teorÃa ontológica del silencio expone cómo, sintácticamente, la ausencia de sonido se constituye en espacio para la Revelación; pero es preciso mostrar cómo esta apertura se manifiesta en la dinámica espiritual concreta. A continuación, se explorará cómo la tradición ignaciana traslada dicha "apertura" a prácticas pedagógicas de discernimiento y recogimiento, convirtiendo la teorÃa en un itinerario experiencial que prepara al sujeto para la acción transformadora.
San Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la CompañÃa de Jesús y autor de los Ejercicios Espirituales, sitúa el silencio como fundamento indispensable para la búsqueda de la voluntad de Dios y el crecimiento espiritual.
En su pedagogÃa, el silencio es un espacio intencional de separación del ruido mundano que facilita el discernimiento interior y la escucha de la voz divina. Al proponer retiros y prácticas contemplativas, Ignacio enseña que el silencio cultiva la humildad y el desapego de las seguridades materiales, abriendo la conciencia a la acción edificante del EspÃritu Santo.
Para Ignacio, el silencio es condición necesaria para escuchar a Dios y discernir su voluntad en la vida personal. Los Ejercicios Espirituales recomiendan perÃodos prolongados de silencio para favorecer la reflexión profunda sobre la existencia y la relación con Dios. Al distanciarse de las distracciones y deseos mundanos, el sujeto puede centrarse en lo esencial: la búsqueda de Dios y la vida en su presencia.
Además, el silencio se presenta como espacio para acoger al EspÃritu Santo, quien guÃa e ilumina el proceso de discernimiento. En medio del ruido contemporáneo, San Ignacio invita a encontrar en el silencio un lugar de encuentro con Dios, fuente de paz y sabidurÃa para afrontar los desafÃos existenciales.
Asà pues, los Ejercicios plantean que el silencio posibilita la presencia activa de Dios en el alma. Esta intimidad silenciosa afina la capacidad de escucha y se inserta en un proceso de discernimiento comunitario, donde el silencio personal se transforma en semilla de comunión eclesial y motor de una acción evangelizadora renovada.
En la sociedad actual, donde el silencio suele percibirse como incómodo o amenazante, el papa Francisco recupera y amplÃa esta lógica ignaciana. él sitúa el silencio como eje vertebrador de la sinodalidad y del "caminar juntos", promoviendo un discernimiento comunitario que responda a los retos contemporáneos.
Establecidos los fundamentos fenomenológicos y metafÃsicos del silencio, corresponde mostrar su aplicación en la pedagogÃa ignaciana. Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio sugieren una "pasividad activa": un silencio interior que habilita la acogida intuitiva de la voz divina. Esta praxis de retiro y examen de conciencia traduce la apertura trascendental en una disciplina concreta de escucha y disponibilidad al otro. En un mundo juvenil saturado de ruido (redes sociales, presiones académicas, estÃmulos constantes) el silencio lejos de ser considerado como un privilegio, resulta en cambio una urgencia existencial. Introducirlo en la escuela es una propuesta pedagógica contracultural y humanizadora.
El silencio crea la condición para la introspección, para esa mirada serena hacia adentro. La herramienta ignaciana por excelencia para esta práctica es el Examen de conciencia o, como se prefiere llamarlo, para evitar connotaciones negativas, la "pausa ignaciana".
Nos dice san Ignacio: "Después de acabada la actividad o experiencia por espacio de un cuarto de hora, sentado o paseándome, miraré cómo me ha ido durante el dÃa, repasando cada momento desde la levantada hasta el momento presente. Si me fue mal, miraré la causa de donde procede, y al descubrirla, me arrepentiré para enmendarme en adelante; y si me fue bien, daré gracias a Dios Nuestro Señor y haré otra vez de la misma manera" (EE, n. 77).
El examen es el entrenamiento diario para esto. No es un examen de pecados, más bien aparece como un examen de la presencia de Dios. Es aprender a mirar el dÃa que termina y preguntar: "¿Dónde hubo vida hoy? ¿Dónde me sentà consolado? ¿Por qué puedo dar gracias? ¿Dónde experimenté desolación? ¿Qué aprendo de ello para mañana?".
Cuando hacemos la pausa que san Ignacio nos recomienda al terminar alguna actividad tomamos contacto con algo muy importante: lo que somos y Dios siendo en nosotros, en la historia, en el mundo. De allà que el hábito del examinar nos dé alguna novedad sobre nosotros mismos, o una confirmación de algo que está pasando en nuestra vida, o alguna invitación a crecer. Se trata de un ejercicio de autoconocimiento y, al mismo tiempo, de reconocimiento de Dios. Por eso, para quien está en conflicto con la fe, lo primero es más fácil que lo segundo. Sin embargo, el hábito del examen al buscar el cuidado de la interioridad, de la dimensión espiritual de cada uno, puede convertirse en una acción más de siembra a largo plazo que una constatación directa de la vida de fe. (Sicre 2017).
Proponer esta "pausa" al final de la jornada escolar, aunque sea por cinco minutos, puede transformar el clima de un aula y, más importante, la vida de un estudiante. Le enseña a ser protagonista de su vida y no un espectador arrastrado por las circunstancias. El modelo ignaciano demuestra cómo el retiro contemplativo y la práctica cotidiana de la atención plena pueden convertirse en canales efectivos de encuentro con Dios y de transformación personal para el creyente.
Toda la pedagogÃa ignaciana bebe de una fuente principal: los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Los Ejercicios no son un libro de doctrinas, sino un "manual para aprender a orar con la propia vida". Su punto de partida, que es a la vez el pilar de toda la propuesta educativa ignaciana, es que Dios trata directamente con cada persona (EE, n. 15).
El discernimiento es, por ende, el arte de aprender a escuchar esa voz. Ignacio, como un maestro de la vida interior, se dio cuenta de que nuestro mundo afectivo, nuestros sentimientos y "emociones", son el lenguaje privilegiado de esa comunicación. Por ello, desarrolló sus famosas reglas de discernimiento, que son una "fenomenologÃa del espÃritu". Nos enseñan a distinguir entre la "consolación" y la "desolación". La consolación, explica Ignacio, no es alegrÃa superficial; es todo aquello que nos aumenta la fe, la esperanza y el amor, lo que nos da paz, nos conecta con los demás y nos orienta hacia el servicio, hacia el magis, ese "más" que es el sello de la espiritualidad Ignaciana. La desolación, en cambio, es todo lo que nos apaga, nos aÃsla, nos llena de desconfianza, nos encierra en el egoÃsmo y nos roba la esperanza.
Una clave como experiencia pedagógica serÃa educar en el discernimiento, esto consiste en ofrecer al joven un lenguaje para comprender su mundo interior, ayudándolo a identificar el origen y las consecuencias de sus emociones: ¿lo conducen a la libertad y al amor, o lo encadenan y aÃslan? Esta pedagogÃa, centrada en la cura personalis, reconoce a cada estudiante como un sagrario habitado por Dios.
En el itinerario ignaciano, la cura personalis constituye un principio esencial: una atención integral a la persona que trasciende gestos rituales y se concreta en una presencia cercana y compasiva. En este marco, el acompañamiento se configura como su expresión práctica. No consiste en ofrecer respuestas prefabricadas, sino en crear un espacio de escucha auténtica, donde el otro pueda reconocer la acción de Dios en su propia historia. Escuchar no consiste en centrarse en los problemas, la importancia radica en la persona que los lleva, asÃ, se le ayuda a identificar la presencia divina en su vida.
El acompañante no guÃa mediante indicaciones externas, sino mediante preguntas que permitan discernir: ¿Qué te da más vida? ¿Dónde tus talentos pueden servir mejor? ¿Qué opción te ofrece una paz más profunda? AsÃ, frente a decisiones significativas, no dirige, sino que habilita la búsqueda interior. Le enseña a discernir.
La tesis fundamental que subyace a este modelo de acompañamiento es que la verdadera guÃa espiritual no dirige, sino que habilita al sujeto para formular las preguntas decisivas que orientan su vocación y su servicio al bien común (Sierra 2020). De este modo, se revela que la cura personalis es un método de discernimiento que, a través de la escucha y el diálogo sincero, conduce a un encuentro más profundo con el don de la propia vida y con la voluntad de Dios para la historia personal y comunitaria. De esta forma este ejercicio fortalece la capacidad de la persona de reconocer la importancia de su dignidad como persona humana (Roldán 2024).
En esta sección se propone comprender el discernimiento y el silencio no como prácticas esporádicas, sino como un auténtico estilo de vida cristiana, que pedagógicamente va introduciendo a la persona en el arte del silencio y el discernimiento, según la perspectiva del Papa Francisco. Ambos elementos configuran integralmente la existencia creyente, tanto en su dimensión comunitaria como personal. Francisco presenta el discernimiento como don y como herramienta indispensable para no quedar atrapados en la superficialidad de lo cotidiano. Por su parte, el silencio no se reduce a la ausencia de palabras. Como dice Guardini: "La palabra es una de las formas básicas de la vida humana; la otra es el silencio, y es un misterio igualmente grande" (2002). La palabra es ámbito privilegiado para la escucha atenta de Dios y del prójimo, condición imprescindible para que el discernimiento sea verdadero y fecundo. Desde esta perspectiva, la pausa interior y la reflexión constante se proponen como contrapeso tanto frente a la rigidez moralista como al relativismo práctico, generando una fe dinámica y orientada al servicio eclesial y social.
Como jesuita, Francisco ha situado el discernimiento en el núcleo de su magisterio. En Gaudete et Exsultate (2018), lo define como "un don que tenemos que pedir" y como brújula imprescindible para no ser arrastrados "por las tendencias del momento" (n. 167). El discernimiento, advierte, no debe restringirse a momentos de crisis, sino asumirse como aprendizaje cotidiano de libertad y responsabilidad. Frente a la búsqueda de respuestas automáticas, Francisco subraya la necesidad de formar conciencias capaces de tomar decisiones justas en las zonas grises de la vida.
A continuación, se abordará el discernimiento según las catequesis papales, donde se presenta como un arte esencial para el creyente actual.
Para el papa Francisco, el discernimiento es una práctica esencial para todo creyente, porque "las elecciones son una parte esencial de la vida" (Francisco, Catequesis, 31 de agosto de 2022). No se trata de una opción accesoria, sino de una actitud permanente orientada a vivir conforme al Evangelio. Cada elección, grande o pequeña, exige este ejercicio, que el Papa define como el arte de elegir bien, pues en cada decisión se configura un proyecto de vida y se concreta la relación con Dios y con los demás.
"el discernimiento se presenta como un ejercicio de inteligencia, de habilidad y también de voluntad, para aprovechar el momento favorable: son condiciones para hacer una buena elección. Es necesario inteligencia, habilidad y también voluntad para hacer una buena elección. Y también hay un coste necesario para que el discernimiento sea operativo."
En este sentido, destaca que el discernimiento tiene un coste: supone renuncias, aprendizaje constante y esfuerzo interior. AsÃ, el discernimiento auténtico se revela como una praxis que unifica la mente, la destreza y el corazón en un proceso dinámico y continuo de búsqueda del bien mayor, no como resultado de automatismos, sino como fruto de una elección lúcida y comprometida."El discernimiento es agotador pero indispensable para vivir. Requiere que me conozca a mà mismo, que sepa lo que es bueno para mà aquà y ahora. Sobre todo, requiere una relación filial con Dios. Dios es Padre y no nos deja solos, siempre está dispuesto a aconsejarnos, a animarnos, a acogernos. Pero nunca impone su voluntad." (Francisco, 2022).
El Papa Francisco subraya que el discernimiento es una herramienta esencial para interpretar los acontecimientos inesperados que irrumpen en la vida. AsÃ, la referencia a la experiencia de san Ignacio de Loyola es paradigmática: a primera vista un hecho negativo y sin sentido, se convierte en la oportunidad que Dios utiliza para iniciar un camino de conversión radical. Discernir, entonces, es aprender a leer esas señales ocultas que marcan la presencia de Dios en medio de la incertidumbre y el sufrimiento, puede orientar el camino interior hacia una transformación profunda y definitiva.
El 7 de septiembre señaló que:
El discernimiento es la ayuda para reconocer las señales con las cuales el Señor se hace encontrar en las situaciones imprevistas, incluso desagradables, como fue para Ignacio la herida en la pierna. De estas puede nacer un encuentro que cambia la vida, para siempre, como el caso de san Ignacio. Puede nacer algo que te haga mejorar en el camino o empeorar no lo sé, pero estad atentos y el hilo conductor más bonito es dado por las cosas inesperadas (Francisco, 2022).
Para Francisco el discernimiento auténtico sólo es posible en un clima espiritual impregnado de oración verdadera. Lejos de entender la oración como una simple repetición de fórmulas, el Papa la define como un acto de apertura radical del corazón a la presencia de Cristo. Por ello, discernir no puede ser solo razonar, es dejarse transformar en el encuentro con el Amigo, en un diálogo silencioso donde el corazón aprende a reconocer la voz de Aquel que llama suavemente y guÃa hacia la verdad.
El 28 de septiembre recuerda que:
Estar en oración no significa decir palabras, palabras, no; estar en oración significa abrir el corazón a Jesús, acercarse a Jesús, dejar que Jesús entre en mi corazón y nos haga sentir su presencia. Y ahà podemos discernir cuándo es Jesús y cuándo somos nosotros con nuestros pensamientos, muchas veces lejos de eso que quiere Jesús … Pidamos esta gracia: vivir una relación de amistad con el Señor, como un amigo habla al amigo (cf. S. Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, 53) (Francisco, 2022).
Francisco en su reflexión sobre el discernimiento, subraya el carácter discreto y oculto del bien verdadero. En contraste con el mal, que tiende a exhibirse y buscar el aplauso inmediato, el bien permanece revestido de silencio. Esta pedagogÃa divina, responde al estilo mismo de Dios. El bien exige dedicación y profundidad, una actitud de búsqueda paciente y humilde, propia del corazón que discierne. Esta imagen revela la profundidad de la lógica evangélica: el Reino de Dios crece en lo oculto, en el anonimato fecundo de los gestos discretos, en la fidelidad silenciosa de quienes optan por el amor sin esperar reconocimiento.
En la Catequesis del 19 de octubre afirmó:
El bien está escondido, siempre, porque el bien tiene pudor y se esconde: el bien está scondido; es silencioso, requiere una excavación lenta y continua. Porque el estilo de Dios es discreto: a Dios le gusta ir escondido, con discreción, no se impone; es como el aire que respiramos, no lo vemos nunca, pero nos hace vivir, y nos damos cuenta solo cuando nos falta (Francisco, 2022).
Por último, Francisco señala que la pedagogÃa divina se revela en la discreción y en la humildad de su comunicación. el Papa recurre a una imagen bÃblica que ilumina el modo en que Dios se acerca al ser humano, con libertad, y una humildad que apacienta en corazón.
AsÃ, la voz divina se escucha en medio del silencio que es tanto actitud espiritual como condición necesaria para un discernimiento auténtico.
En la Catequesis del 21 de diciembre concluyó:
la voz de Dios resuena en la calma, en la atención, en el silencio. Pensemos en la experiencia del profeta ElÃas: el Señor le habla no en el viento que rompe las piedras, no en el fuego o en el terremoto, sino que le habla en una brisa suave (cfr. 1Re 19,11?12). Es una imagen muy hermosa que nos hace entender cómo habla Dios. La voz de Dios no se impone, la voz de Dios es discreta, respetuosa, yo me permitirÃa decir que la voz de Dios es humilde, y precisamente por esto es pacificadora (Francisco, 2022).
Ahora es necesario responder a la pregunta: ¿De qué manera el silencio, entendido como espacio de escucha y apertura, se convierte en estructura necesaria para el discernimiento y en estilo de vida cristiano, a la luz de la tradición ignaciana y del magisterio de Francisco? Para ello se abordará desde la breve, pero profunda, reflexión del papa Francisco que recuerda que el silencio, se erige como fundamento ontológico y espiritual de la existencia cristiana. En su Vigilia de Oración en la Plaza de San Pedro el 30 de septiembre de 2023, Francisco insistió en tres niveles donde el silencio resulta indispensable: para la vida del creyente, para la vida de la Iglesia y para el camino de unidad de los cristianos.
Francisco subrayó que el silencio "está al principio y al final de la existencia terrena de Cristo. El Verbo, la Palabra del Padre, se hizo "silencio" en el pesebre y en la cruz". Este silencio no es vacÃo, "sino un momento lleno de espera y de disponibilidad" (Francisco, 2018).
Como se ha expresado antes, en el contexto de una cultura marcada por la saturación de discursos y el exceso de información, el llamado del papa Francisco a redescubrir el valor del silencio adquiere una relevancia teológica y pastoral fundamental. El Papa afirma que la verdad divina se da con esa delicadeza que permite resonar en el interior del ser humano. Solo en el silencio es posible discernir la voz de Dios, en el encuentro auténtico con lo trascendente.
…la verdad no necesita gritos violentos para llegar al corazón de los hombres. A Dios no le gustan las proclamas y los alborotos, las habladurÃas y la confusión; Dios prefiere más bien, como hizo con ElÃas, hablar en el "el rumor de una brisa suave" (1 Re 19,12), en un "hilo sonoro de silencio". Y asà también nosotros, como Abraham, como ElÃas, como MarÃa necesitamos liberarnos de tantos ruidos para escuchar su voz. Porque sólo en nuestro silencio resuena su Palabra (Francisco, 2023).
La fenomenologÃa contemporánea de la escucha teológica subraya que el silencio es condición necesaria para acoger la voz de Dios sin distorsionarla mediante proyecciones subjetivas. Claudia Welz destaca que el silencio orante permite oÃr la respuesta divina, incluso en la aparente ausencia de palabras, constituyéndose en un diálogo sin lenguaje que custodia el misterio de la encarnación (Welz, 2019).
Desde la tradición contemplativa cristiana, rescatada por Merton, Main y Trabold, el silencio corporal y mental es vÃa de acceso a la presencia divina. Trabold lo concibe como práctica regular de recogimiento, facilitando el reconocimiento interior desde el Amor absoluto (Trabold, 2008).
El papa Francisco no limita su reflexión sobre el silencio a la dimensión personal e interior, sino que subraya también su valor comunitario y eclesial. En efecto, recuerda cómo en los Hechos de los Apóstoles narra como"toda la asamblea guardó silencio". Este detalle, aparentemente secundario, es interpretado por Francisco como una clave espiritual: la comunidad cristiana auténtica no solo se define por la palabra compartida, sino por la capacidad de callar juntos, en actitud de escucha y discernimiento. El silencio, en este contexto, es un espacio sagrado donde la Palabra de Dios puede ser acogida sin resistencias ni interferencias humanas. AsÃ, la Iglesia sinodal que el Papa propone se construye también desde el silencio comunitario, como ámbito donde los corazones se unifican y las diferencias encuentran un cauce de comunión (Roldán 2024). El silencio, efectivamente, no resulta como un acto pasivo, es una praxis eclesial activa, necesaria para caminar juntos hacia la verdad.
toda la asamblea hizo silencio" (Hch 15,12), preparándose para recibir el testimonio de Pablo y Bernabé acerca de los signos y prodigios que Dios habÃa realizado entre las naciones. Y esto nos recuerda que el silencio, en la comunidad eclesial, hace posible una comunicación fraterna, en la que el EspÃritu Santo armoniza los puntos de vista porque él es la armonÃa. Ser sinodales quiere decir acogernos asÃ, unos a otros, con la convicción de que todos tenemos algo que testimoniar y aprender, poniéndonos juntos a la escucha del "EspÃritu de la verdad" (Jn 14,17) para conocer lo que él "dice a las Iglesias" (Ap 2,7). Y el silencio permite precisamente el discernimiento, mediante la escucha atenta de los "gemidos inefables" (Rm 8,26) del EspÃritu que resuenan, a menudo ocultos, en el Pueblo de Dios (Francisco, 2023).
Allà el silencio no aÃsla, sino que armoniza posturas diversas y habilita el discernimiento colegiado. La teologÃa comunitaria contemporánea subraya que el silencio eclesial no implica inacción, sino disponibilidad a la inspiración del EspÃritu. En la teologÃa de Edith Stein y Paul Ricoeur -retomada por Petersen- el silencio pensante se entiende como espacio hermenéutico donde se forja la comunión: "silencio y palabra se alternan en el proceso de significado compartido" (Petersen, 2021). La práctica del silencio conjunto crea la "atmósfera" propicia para el diálogo ecuménico, pues permite acoger la diversidad de voces sin imponer visiones hegemónicas. En este sentido, el silencio sinodal es herramienta para la corresponsabilidad y la fraternidad donde el Pueblo de Dios aprende a escuchar "los gemidos inefables" del EspÃritu (Rm 8,26) (Welz, 2019).
En la espiritualidad propuesta por el papa Francisco, el silencio es una verdadera oración que permite acoger el don de la unidad como un regalo y no como un logro humano. En esta perspectiva, el silencio es un acto de apertura a la acción de Dios.
El silencio orante prepara el terreno para la acción del EspÃritu, que une en la diversidad, purifica en la diferencia y fecunda el diálogo ecuménico desde una dimensión radicalmente teologal. AsÃ, el silencio deja de ser solo una actitud personal para convertirse en praxis eclesial al servicio de la comunión.
El silencio hecho oración nos permite acoger el don de la unidad "como Cristo la quiere", "con los medios que él quiere" (cf. P. Couturier, Preghiera per l’unitá), no como fruto autónomo de nuestros propios esfuerzos y según criterios puramente humanos. Cuanto más nos dirigimos juntos al Señor en la oración, más experimentamos que es él quien nos purifica y nos une más allá de las diferencias. La unidad de los cristianos crece en el silencio ante la cruz, como las semillas que recibiremos y que representan los diversos dones concedidos por el EspÃritu Santo a las distintas tradiciones. A nosotros nos corresponde sembrarlas, con la certeza de que sólo Dios hace crecer (cf. 1 Co 3,6). Serán un signo para nosotros, llamados también a morir silenciosamente al egoÃsmo para crecer, por la acción del EspÃritu Santo, en la comunión con Dios y en la fraternidad entre nosotros (Francisco, 2018).
El ecumenismo litúrgico revela que actos como la Vigilia de Taizé, marcados por el silencio compartido, constituyen espacios de mÃstica común donde se experimenta la presencia del Resucitado. Estudios cualitativos muestran que el silencio prolongado favorece la percepción de pertenencia a un solo cuerpo y reduce las tensiones grupales (Smith y Jones, 2023). Este silencio ecuménico emerge como semilla de comunión: exige morir al ruido de las propias certezas identitarias. Francisco subraya que aprender el arte del silencio lejos de ser una simple técnica, es una disposición eclesial que permite escuchar la voz Trinitaria (Francisco, 2023). En esta clave, el SÃnodo es un kairós de purificación interior, donde el silencio permite al EspÃritu liberar a la Iglesia de murmuraciones, ideologÃas y polarizaciones. Solo desde este silencio auténtico es posible reconstruir el Pueblo de Dios como fraternidad reconciliada.
…pidamos en la oración común, aprender a hacer silencio nuevamente, para escuchar la voz del Padre, la llamada de Jesús y el gemido del EspÃritu. Pidamos que el SÃnodo sea kairós de fraternidad, lugar donde el EspÃritu Santo purifique a la Iglesia de las murmuraciones, las ideologÃas y las polarizaciones." (Francisco, 2018).
A partir de las reflexiones del papa Francisco, el silencio emerge como fundamento ontológico, condición previa para la sinodalidad y ámbito propicio para la unidad ecuménica. Lejos de constituir evasión o inactividad, el silencio configura el espacio fecundo donde el discernimiento se vuelve posible: praxis interior que engendra libertad y creatividad. En el pontificado de Francisco, discernimiento y silencio se constituyeron en un estilo de vida, no como práctica eventual, sino como fundamento de una existencia cristiana auténtica. Al señalar que el discernimiento es "un don que tenemos que pedir" (Francisco, 2018, n. 167), el Papa propone un itinerario de escucha interior, diálogo comunitario y apertura al EspÃritu. AsÃ, el silencio deja de ser recurso estratégico y se convierte en ámbito originario donde la Palabra resuena en la conciencia, forjando una libertad responsable capaz de afrontar los matices de la historia desde la corresponsabilidad eclesial y el testimonio público.
La propuesta de integrar el silencio y el discernimiento como eje articulador de la vida espiritual y pedagógica en contextos educativos contemporáneos abre un campo de reflexión extenso, rico en matices y retos. A continuación, se profundiza crÃticamente en los principales desafÃos que se enfrentan al proponer este modelo, asà como en las oportunidades que emergen para la formación de sujetos capaces de "leer" los signos de los tiempos y de responder desde la autenticidad de su fe.
La sociedad actual, especialmente en su juventud, vive inmersa en un entorno mediático que premia lo efÃmero y lo sensacionalista. Las redes sociales han instaurado una lógica de gratificación instantánea que desajusta la capacidad de sostener pausas reflexivas prolongadas. En este escenario, el discernimiento (que requiere escucha pausada, contraste interior y paciencia) se contrapone a la seducción de la reacción impulsiva, del "me gusta" como juicio último. A esto se añade la polarización polÃtica y el fenómeno de la posverdad, donde la emoción prevalece sobre la búsqueda de la verdad. El reto consiste en formar sujetos capaces de permanecer serenos ante la avalancha de estÃmulos, de resistir la presión de la opinión colectiva y de encontrar espacio interior para evaluar con ecuanimidad las diversas perspectivas. En esta lÃnea, el discernimiento se convierte en una oportunidad para revisar crÃticamente la inmediatez de información y sensacionalismo.
En contextos urbanos altamente secularizados, el bagaje cultural cristiano ya no se transmite por una simple tradición familiar o comunitaria. Nuestros estudiantes habitan realidades plurales (agnósticos, evangélicos, creyentes de otras confesiones) e incluso aquellos que se identifican como católicos a menudo desconocen los fundamentos de su propia tradición. En estas condiciones, el discernimiento, si se presenta en términos exclusivamente confesionales, corre el riesgo de ser percibido como un producto excluyente o convencional. El desafÃo teológico-pastoral radica en enmarcar el discernimiento como un itinerario humano universal: la búsqueda de sentido, la autenticidad existencial y la responsabilidad ética ante la realidad, valores que resuenan en cualquier horizonte de fe o no-fe. De esta manera, el lenguaje del discernimiento se desplaza desde lo meramente eclesiástico hacia lo antropológico, facilitando puentes de diálogo interreligioso y con los no creyentes; puesto que el arte del discernimiento abarca todos los espacios de la vida humana, que iluminan las decisiones que se toma cotidianamente.
En el contexto colombiano, la experiencia de conflictos múltiples ha dejado cicatrices profundas (pérdida de familiares, violencia estructural, desplazamientos) que permean el tejido social y la psique individual. El discernimiento que se queda en una dimensión introspectiva corre el peligro de convertirse en un refugio narcisista, ajeno a las urgencias de la sanación comunitaria. El reto es articular un discernimiento, que no huya de la memoria dolorosa, sino que la atraviese para transformarla en compasión activa y justicia restaurativa. Esto exige pedagogÃas que integren dinámicas de memoria histórica, narración de vÃctimas y ejercicio de la misericordia, de modo que el silencio interior alimente un compromiso solidario con la sanación de las heridas sociales; dado que el discernimiento favorece la toma de decisiones que redundan en la sociedad, en la comunidad.
La ubicuidad de dispositivos móviles y la cultura del scroll continuo dificultan la interiorización necesaria para el silencio y el discernimiento. Múltiples estudios señalan que las capacidades atencionales se han reducido dramáticamente en la última década. El silencio, en este ámbito, no solo choca con la falta de hábito, sino con una arquitectura tecnológica diseñada para fragmentar la atención. El desafÃo consiste en crear entornos liberados de "ruido digital" (ya sea mediante retiros cortos, aulas con espacios "libres de pantallas" o liturgias que recuperen el ritmo pausado), de modo que los estudiantes reaprendan a sostener la atención plena y a "habitar" el silencio con naturalidad.
En muchos centros educativos, el énfasis en indicadores de desempeño (pruebas estandarizadas, rankings, publicaciones cuantitativas) deja escaso margen para prácticas formativas cualitativas como el discernimiento. Proponer espacios de silencio y reflexión profunda puede chocar con agendas administrativas que asocian productividad con ocupación constante. Aquà el reto es persuadir a los tomadores de decisión mediante evidencia rigurosa: mostrar cómo la pausa reflexiva mejora el aprendizaje, la creatividad y el bienestar emocional, reduciendo el estrés y la rotación del personal docente. Más aún, elegir y favorecer espacios que fortalezcan el silencio interior en pro de las relaciones humanas, es un aporte pedagógico a la formación personal y social del ser humano que deriva en el bien común.
La misma historia de Colombia convierte el discernimiento en una herramienta privilegiada para la paz. Educar en discernimiento es entrenar en la escucha del otro, en la empatÃa y en la capacidad de distinguir caminos de reconciliación frente a los impulsos de revancha.
Los Ejercicios Espirituales ignacianos, con su énfasis en acompañar la desolación propia y ajena, preparan a los jóvenes para convertirse en "artesanos de paz" en sus familias, barrios e instituciones (Arrupe, 1973). La pedagogÃa del discernimiento permite formular preguntas como: "¿Qué impulsa mi acción: el resentimiento o la compasión?", transformando heridas en semillas de encuentro y perdón.
Para las instituciones católicas y jesuitas, integrar el silencio y el discernimiento como eje pedagógico no como un añadido, sino como la consumación de su identidad fundacional. Convertirse en "escuelas de discernimiento" las posiciona como referentes de innovación educativa basada en principios humanÃsticos y espirituales. Esta oferta formativa atrae a familias y estudiantes en búsqueda de proyectos de vida significativos, más allá de una instrucción técnica. Además, fortalece la cohesión de la comunidad educativa al compartir un lenguaje común de búsqueda y responsabilidad ética.
Los jóvenes de hoy enfrentan incertidumbres económicas, laborales y existenciales. El discernimiento ofrece un itinerario práctico para orientar su vocación personal y profesional en diálogo con los valores del Evangelio. A través de ejercicios de examen de conciencia, acompañamiento espiritual y proyectos de servicio, los estudiantes aprenden a formular su "proyecto de vida como una misión en la construcción del bien común" (Sierra 2020). Este enfoque mitigarÃa la ansiedad vocacional y dotarÃa de coherencia a las decisiones académicas y laborales, con un impacto positivo en la retención y el sentido de pertenencia.
La articulación del silencio y el discernimiento con la psicologÃa de la religión, la neurociencia contemplativa y la teologÃa práctica abre posibilidades para estudios de vanguardia. Por ejemplo, investigar los efectos neurobiológicos del silencio deliberado en entornos escolares, o evaluar con metodologÃas mixtas la incidencia de prácticas de examen ignaciano en el clima escolar. Estos proyectos no solo enriquecen la academia teológica, sino que validan empÃricamente las propuestas pedagógicas, facilitando su adopción por organismos educativos y gubernamentales.
Al presentar el discernimiento como búsqueda de la voluntad de Dios o del bien último, el campo queda abierto para el encuentro con otras tradiciones religiosas. Talleres de silencio y discernimiento pueden diseñarse para incluir meditaciones ignacianas o prácticas con meditación de atención plena. Este enfoque promueve la ciudadanÃa global y el respeto mutuo, formando lÃderes capaces de colaborar en iniciativas sociales y de construcción de paz más allá de sus propias creencias.
La integración del silencio y el discernimiento en la educación contemporánea presenta una tensión fecunda entre los desafÃos digitalización, polarización, secularización y las oportunidades paz, vocación auténtica, innovación educativa. Para avanzar, proponemos:
Aunque el silencio y el discernimiento exija enfrentar resistencias culturales e institucionales, ofrece un camino transformador para la formación de sujetos Ãntegros, capaces de conjugar la profundidad espiritual con la acción ética en el mundo. Adoptar este modelo no solo robustecerá la identidad de las instituciones cristianas, sino que contribuirá de modo significativo al bien común (Sierra 2020), al cultivar en las nuevas generaciones la capacidad de escuchar, analizar y elegir con libertad responsable.
En este capÃtulo se ha explorado con profundidad cómo el silencio y el discernimiento conforman un estilo de vida cristiano capaz de sostener el encuentro auténtico con Dios, con el prójimo y con uno mismo. A lo largo de las secciones desarrolladas, se ha examinado el silencio como acontecimiento ontológico y antropológico, evidenciando su carácter fundante en la apertura receptiva de la realidad divina y humana. Luego, se presentó la pedagogÃa ignaciana y cómo esta se traduce en apertura a itinerarios experienciales de examen y pausa, mostrando como los Ejercicios Espirituales de San Ignacio se institucionalizan en un espacio de "pasividad activa" para el autoconocimiento y la asunción de la presencia de Dios. A continuación, se destacaron algunos aspectos del magisterio del papa Francisco, quien actualiza y despliega el silencio y el discernimiento como elementos constitutivos de la vida comunitaria eclesial y personal, integrándolos con la sinodalidad como un estilo de vida cristiano desde la unidad ecuménica y el arte de leer las señales divinas en la historia.
Se ha subrayado que el silencio es la condición previa para la revelación y la autoescucha. Desde la fenomenologÃa hasta la psicologÃa de la espiritualidad, el silencio emerge como espacio donde el sujeto se desapropia de sà mismo para acoger la alteridad, apaga la hiperactivación del sistema nervioso y favorece el discernimiento de los valores auténticos que definen la vocación personal.
La raÃz ignaciana del capÃtulo ha mostrado cómo la "pausa ignaciana" o examen diario se convierte en disciplina concreta de escucha interior. Las reglas de discernimiento ignaciano distinguen entre consolación y desolación, habilitando al sujeto para reconocer las mociones del EspÃritu. La cura personalis y el acompañamiento espiritual se presentan como expresiones prácticas de esta pedagogÃa, mediante preguntas abiertas y presencia compasiva que conducen al crecimiento personal y comunitario.
Francisco, formado en esa tradición ignaciana, describe el discernimiento como don y tarea cotidiana, insistiendo en su costo y su carácter gradual. Destaca la oración viva como espacio de encuentro con Cristo y la voz discreta de Dios en la brisa suave de la interioridad. Asimismo, propone el silencio como estructura eclesial: un silencio comunitario que armoniza la sinodalidad y ofrece cauces de comunión, diálogo ecuménico y la unidad de los cristianos como un estilo de vida.
También se han analizado los retos culturales (la inmediatez mediática, la polarización, la secularización, la saturación tecnológica y la resistencia institucional) que obstaculizan la incorporación del discernimiento y del silencio en los entornos educativos y pastorales. A la par, se han identificado oportunidades: la formación de artesanos de paz, la renovación de la identidad educativa ignaciana, el acompañamiento vocacional, la investigación interdisciplinar y el diálogo ecuménico e interreligioso.
AsÃ, se presentaron propuestas concretas: el diseño curricular hÃbrido que combine teorÃa y práctica, la capacitación de formadores en metodologÃas de silencio y discernimiento, las alianzas interdisciplinarias para investigación aplicada, y el monitoreo adaptativo de las iniciativas mediante grupos focales. Estas lÃneas buscan traducir la teorÃa y la reflexión crÃtica en proyectos reales que transformen las prácticas formativas. De manera que, al conjugar tradición y actualidad, el estudio muestra que la recuperación del silencio y el discernimiento son una urgencia pastoral y educativa en un mundo saturado de estÃmulos. La propuesta ignaciana-franciscana ofrece un itinerario que, sin renunciar a la exigencia intelectual y comunitaria, hace del silencio un espacio creativo de acción transformadora. En este sentido, el silencio y el discernimiento emergen como ejes articuladores de una Iglesia en salida y de instituciones educativas convertidas en espacios de formación integral.
Se propone en consecuencia que el silencio y el discernimiento deben ser consideradas asignaturas que estén el núcleo vital de toda comunidad cristiana y de todo proyecto educativo que aspire a vivir el reto de la coherencia con su fundamento teológico. Solo allà donde se aprende a hacer silencio juntos es posible caminar juntos, escuchar la voz del EspÃritu y traducir la palabra en obras de paz y reconciliación.
Frente a la urgencia de formar sujetos capaces de escuchar, elegir y actuar con libertad responsable, se propone la creación de estos "espacios de discernimiento": espacios formativos hÃbridos (presenciales y virtuales) donde se integre de manera sistemática el silencio, el acompañamiento personal y la praxis comunitaria. Estos espacios deben ofrecer:
Al implementar estos espacios de silencio y discernimiento, se formarán lÃderes comprometidos con la justicia y la fraternidad, con una prospectiva amplia donde el silencio y el discernimiento que sean motores de renovación eclesial, educativa y social. En un futuro marcado por incertidumbres y complejidades, estas iniciativas permitirán que la Iglesia y las instituciones formativas aporten protagonistas capaces de transformar el mundo desde la escucha profunda y la acción generativa.
El discernimiento es un arte, un arte que se puede aprender y que tiene sus propias reglas. Si se aprende bien, permite vivir la experiencia espiritual de manera cada vez más bella y ordenada. Ante todo, el discernimiento es un don de Dios, que hay que pedir siempre, sin presumir nunca de experto y autosuficiente. Señor, dame la gracia de discernir en los momentos de la vida, qué tengo que hacer, qué tengo que entender. Dame la gracia de discernir, y dame la persona que me ayude a discernir. La voz del Señor siempre se reconoce, tiene un estilo único, es una voz que apacigua, anima y tranquiliza en las dificultades (Francisco, 2023).
*Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de TeologÃa, s.sierra@javeriana.edu.co
**Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de TeologÃa, mary.rodriguez@javeriana.edu.co
***Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de TeologÃa, wroldan@javeriana.edu.co
****Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de TeologÃa, andrade.angie@javeriana.edu.co
Citación APA:
Sierra González, S., Rodróguez Moreno, M., Roldán Solano, W., & Andrade Quiroz, A.. (2026). Silencio y discernimiento como estilo de vida cristiano: enseñanzas de Ignacio y Francisco. En De Souza Martins, M., & Posada-Bernal, S. (Coord.), Reflexiones sobre los estilos de vida en el contexto escolar (pp. 113-132). Editora ACODESI. https://acodesi.co/reflexiones-sobre-los- estilos-de-vida-en-el-contexto-escolar